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Cuando la derecha tradicional decide parecerse a la ultraderecha, la gente no duda y vota a la ultraderecha.
Por Javier F. Ferrero
El 8 de febrero, Aragón dejó una lección política que el Partido Popular se empeña en no aprender. El PP ganó las elecciones autonómicas, sí, pero perdió dos escaños, retrocedió en porcentaje de voto y regaló a Vox su mejor resultado histórico en la comunidad, con un 17,8 % de los votos y el doble de representación parlamentaria. La estrategia de radicalización no solo fracasó. Funcionó exactamente al revés de lo prometido.
El adelanto electoral fue una decisión calculada por Jorge Azcón, bendecida por Alberto Núñez Feijóo, con un objetivo claro: acercarse a la mayoría absoluta, disciplinar a Vox y exhibir fuerza frente a Pedro Sánchez. El resultado fue otro: más dependencia de Vox, más legitimación de su discurso y más poder para imponer agenda. Un déjà vu de Extremadura con acento aragonés.
En el tramo final de campaña, el PP decidió cruzar una frontera que llevaba tiempo difuminando. Invitó al agitador ultra Vito Quiles a su mitin de cierre y blanqueó su presencia llamándole “valiente”. Compartió escenario con Los Meconios, un grupo conocido por convertir el insulto político y la fantasía violenta en espectáculo musical. No fue un error logístico ni una anécdota cultural. Fue una decisión política consciente.
Vito Quiles no es un periodista incómodo ni un espontáneo de redes sociales. Es un agitador profesional del ecosistema mediático de la ultraderecha, vinculado durante años a plataformas como Estado de Alarma TV, el canal impulsado por Javier Negre, convertido en altavoz del discurso reaccionario y financiado mediante donaciones ideológicas, campañas de micromecenazgo militante y apoyo de empresarios alineados con la derecha radical. Quiles ha hecho del señalamiento, el acoso y la provocación sistemática su principal método de intervención pública.
Su actividad es conocida: hostigamiento a periodistas, especialmente mujeres; acusaciones sin pruebas a cargos públicos de izquierda; uso constante de marcos conspirativos y normalización de la violencia verbal. En el mitin del PP en Aragón, Quiles no se limitó a lanzar consignas genéricas. Dijo que la gente joven quería ver a Pedro Sánchez “colgado de un pino”, una expresión que remite directamente a la iconografía del linchamiento. No es una metáfora inocente ni una licencia retórica. Es violencia simbólica explícita.
Que ese discurso se pronunciara desde un escenario oficial del PP, con aplausos y elogios posteriores por parte de su dirección, no es un desliz comunicativo. Es una validación política del lenguaje del odio. El mensaje es inequívoco: lo que antes era marginal ahora es tolerable. Y lo que es tolerable hoy, mañana se convierte en norma.
La presencia de Los Meconios refuerza esa misma lógica. No se trata de una banda satírica ni de música de protesta. Su repertorio se basa en la burla deshumanizante y en letras que fantasean con el castigo, la humillación o la desaparición del adversario político, especialmente de dirigentes de la izquierda. No interpelan al poder desde la crítica, sino que construyen identidad política a partir del desprecio compartido. Su público natural no son los espacios culturales plurales, sino los entornos donde el odio se presenta como rebeldía.
Al incorporarlos a un mitin electoral, el PP normaliza ese marco y lo integra en su estrategia de movilización. El mensaje implícito es claro: la agresión verbal ya no es un problema, es una herramienta.
LA RADICALIZACIÓN COMO ESTRATEGIA FALLIDA
El PP lleva meses elevando el tono, señalando enemigos internos, hablando de “islamización de Europa”, denunciando conspiraciones y colocando la política en un estado de alarma permanente. La campaña aragonesa fue la culminación de esa deriva. Cuando las encuestas internas no daban la mayoría absoluta, la respuesta no fue moderar ni ofrecer proyecto. Fue radicalizar.
El mensaje fue claro: Sánchez como amenaza, el Gobierno como peligro, la izquierda como bloqueo. Una narrativa calcada a la de Vox, pero sin su crudeza original. Y aquí aparece la regla básica de la política contemporánea: cuando hay copia y original, la gente vota al original.
Los datos lo confirman. En 2023, Vox tenía 7 escaños en Aragón. En 2026, pasa a 14. El PP, lejos de absorber ese voto, retrocede. La radicalización no moviliza al electorado propio. Lo empuja hacia posiciones más extremas. El PP no frena a Vox. Le despeja el camino.
Mientras tanto, el PSOE se desploma hasta 18 escaños, igualando su peor resultado histórico en la comunidad, con una candidata, Pilar Alegría, elegida directamente por Pedro Sánchez. La izquierda alternativa sigue fragmentada y debilitada. El tablero se desplaza hacia la derecha dura sin resistencia estructural. El escenario perfecto para la ultraderecha.
NORMALIZAR EL ODIO, MULTIPLICAR EL DAÑO
Invitar a Vito Quiles y a Los Meconios no es un hecho aislado. Es la expresión más descarnada de una estrategia equivocada: competir con Vox en su propio terreno discursivo. El PP cree que puede apropiarse del lenguaje del enfado sin pagar costes, que puede tensar el discurso sin tensar el resultado, que puede jugar a Vox sin fortalecer a Vox.
La experiencia demuestra lo contrario. Cada gesto de normalización es un empujón electoral para la extrema derecha. Cada guiño legitima su marco. Cada copia refuerza al original.
La gente que quiere ruido, rabia y confrontación no vota a quien imita.
Vota a quien no tiene complejos en llevar ese discurso hasta el final.
Y ahí, una vez más, gana Vox.
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