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Lo presenta como una victoria histórica, pero solo esconde el retroceso forzado por su propia torpeza
Donald Trump ha vuelto a hacer lo que mejor se le da: incendiar la casa, salir corriendo con una manguera y exigir una medalla por haber salvado a los que no murieron. Así ha sido el acuerdo “histórico” alcanzado en mayo de 2025 entre Estados Unidos y China para suspender temporalmente una guerra comercial que el propio presidente estadounidense desató de forma unilateral el 2 de abril. Lo firmó en Ginebra tras semanas de caos bursátil, presión interna, enfado corporativo y un repunte del coste de vida que empezaba a erosionar incluso a su propio electorado.
Con la firma de esta tregua de 90 días, Trump no ha alcanzado ningún avance estructural. Simplemente ha dado marcha atrás tras imponer aranceles del 145% a los productos chinos, sumándolos al 20% que ya existía. China respondió con un 125% a las importaciones estadounidenses. La economía global entró en tensión, los mercados reaccionaron con pánico y el dólar se tambaleó. Ahora, tras “negociar” lo que no es más que una rebaja hasta el 30%, el presidente se proclama salvador de un orden económico que él mismo puso al borde del colapso.

Trump vende esta concesión como una obra maestra de su talento negociador. Pero lo cierto es que se trata de una claudicación calculada tras semanas de alarma. El conflicto no solo asustó a los mercados. También provocó la ira del sector empresarial, que no entiende cómo un presidente que dice defender los intereses nacionales puede dinamitar las cadenas de suministro globales y arriesgar millones de empleos por puro capricho electoral.
El presidente llegó a justificar los aranceles con el argumento de combatir el tráfico de fentanilo —una excusa delirante en términos comerciales— y no dudó en usar su red social, Truth, para lanzar amenazas, filtrar globos sonda o desdecirse horas después. El resultado: confusión internacional, inflación importada y desconfianza entre antiguos socios.
UN SHOW MÁS QUE UNA ESTRATEGIA
Lo más revelador del episodio es que la reunión en Ginebra fue impulsada por EE.UU., no por China. Trump trató de presentarla como una respuesta a la supuesta voluntad de diálogo del gigante asiático, pero según múltiples medios, fue su equipo quien suplicó el encuentro, con el objetivo de tener algo que mostrar en su primer viaje internacional de este segundo mandato, que le ha llevado a Arabia Saudí, Qatar y Emiratos Árabes Unidos. Un tour económico que intenta recomponer la narrativa tras semanas de caos.
Los beneficios reales del acuerdo son mínimos. China no ha hecho concesiones estratégicas. Solo ha logrado evitar nuevas sanciones y mantener el comercio fluyendo, sobre todo en productos electrónicos y bienes de consumo. Por su parte, EE.UU. ha quedado sin garantías de reciprocidad ni de apertura del mercado chino. Trump, sin embargo, volvió a sacar pecho y aseguró en rueda de prensa que “hemos abierto completamente el mercado chino”. Ni su propio equipo económico se lo cree.
Tampoco ayuda que las promesas de otros acuerdos con países como India, Japón o Corea del Sur estén paralizadas. A pesar de haber ofrecido a varios socios 90 días para renegociar sus tratados bajo amenaza arancelaria, a fecha del 13 de mayo solo se ha anunciado un acuerdo parcial con el Reino Unido. Keir Starmer lo celebró con entusiasmo desmedido, llegando a compararlo con el anuncio de Churchill del fin de la Segunda Guerra Mundial. La exageración histórica es el disfraz de la mediocridad diplomática.
La realidad es que el método Trump no ha cambiado. Eleva el tono hasta lo insostenible, genera una crisis, luego recula y lo presenta como victoria. Así lo hizo con Corea del Norte, con la OTAN, con México y ahora con China. Es el “arte de la negociación” que ya no engaña a nadie: una performance peligrosa en la que los daños reales los sufren las y los trabajadores, las familias que ven subir los precios y los sectores productivos que operan en un entorno de incertidumbre constante.
Este estilo destructivo ha sido bautizado por The New York Times como “el ciclo Trump”: crear una crisis artificial, exprimir su potencial mediático, improvisar una solución a medias y proclamar el éxito. Como ya advirtió en su momento el economista Paul Krugman, no hay estrategia, solo reflejo populista y narcisismo mercantil.
En esta ocasión, el protagonista del retroceso ha sido Scott Bessent, jefe de la delegación en Ginebra y nuevo favorito de Trump en el tablero comercial. Su perfil más pragmático lo ha situado por delante de extremistas como Peter Navarro, apodado “el asesor comercial que odia el comercio”. Aun así, ni siquiera Bessent ha podido evitar que el acuerdo sea percibido por buena parte de los analistas como lo que es: una retirada encubierta para calmar el pánico generado por la propia Casa Blanca.
En resumen, no hay nada “histórico” en firmar una tregua a una guerra que uno mismo ha declarado sin motivo. No hay grandeza en bajar un arancel que nunca debió subir. No hay genialidad en fingir que el caos era parte del plan. Lo que sí hay es un patrón: el uso de la política exterior como cortina de humo para tapar los fracasos económicos internos, las divisiones partidistas y la creciente impopularidad de un presidente que necesita titulares para sobrevivir.
En 2025, como en 2018, el “America First” se traduce en “Trump primero, todo lo demás después”. Y cuando el mercado grita, hasta el autócrata se arrodilla.
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