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La nueva guerra comercial con China deja a millones de agricultores a la deriva, mientras la agroindustria brasileña se enriquece a su costa
LA GUERRA DE LOS ARANCELES: AJEDREZ PARA RICOS, RUINA PARA QUIENES SIEMBRAN
Mientras Donald Trump se dedica a encender mechas en su enésima guerra comercial contra China, quienes pagan el precio real no son los fabricantes de automóviles ni las tecnológicas del Nasdaq, sino los agricultores y agricultoras que cultivan el maíz, la soja y el futuro de una parte importante del país. La nueva escalada arancelaria anunciada el pasado miércoles ha vuelto a colocar al sector agrario estadounidense en la cuerda floja, con la soja, principal exportación agrícola del país, como rehén geopolítico.
China, que en 2024 compró casi 12.000 millones de dólares en soja estadounidense, ha dado un portazo a las nuevas compras y redirige sus pedidos a Brasil, según reporta Bloomberg. En solo dos días, los precios en el puerto brasileño de Paranaguá se dispararon un 50 %, impulsando el negocio de traders globales como Archer-Daniels-Midland o Bunge Global SA.
El campo estadounidense, sin embargo, se enfrenta al colapso: los precios del bushel de soja han caído por debajo de los 9,70 dólares, y podrían llegar a 7, como teme el agricultor Josh Yoder, que cultiva 1.600 acres en Ohio. Su historia, recogida también por Bloomberg, refleja una paradoja desesperante: sigue apoyando a Trump, pero teme que la estrategia del presidente los empuje a la ruina.
No es la primera vez. En su anterior mandato, Trump ya llevó a cabo una guerra comercial similar, que dejó los silos de Estados Unidos rebosantes de soja sin comprador y obligó al gobierno a lanzar un rescate de emergencia de 28.000 millones de dólares. Una cifra que supera ampliamente el rescate de la industria automovilística de 2008, y que sirve para maquillar, pero no resolver, una crisis estructural provocada por decisiones políticas arbitrarias al servicio de un nacionalismo económico de cartón piedra.
El sector agrario no quiere limosnas. Lo ha repetido una y otra vez: “Trade, not aid”, comercio, no ayuda. Lo que exigen las y los agricultores es poder trabajar sin que sus cultivos se conviertan en moneda de cambio electoral o en proyectiles de una guerra que no han declarado.
BRASIL SE COME EL PASTEL MIENTRAS WASHINGTON SE DERRITE EN SU EGOLATRÍA
La pérdida de China como cliente no es un susto temporal. Es una fractura estratégica. Mientras Trump juega a salvador del obrero estadounidense y finge estar combatiendo el “robo chino”, Brasil lleva una década invirtiendo en infraestructuras logísticas, silos, rutas ferroviarias y puertos especializados para exportar a Asia.
El resultado: en 2024, Brasil superó con claridad a EE.UU. como primer exportador de soja a China, según datos de la Asociación Nacional de Exportadores de Cereales (ANEC). Esta misma semana, empresas chinas compraron al menos 40 cargamentos de soja brasileña, dejando apenas 400.000 toneladas pendientes de importación desde EE.UU., una caída brutal frente a los 22 millones de toneladas compradas a comienzos de temporada.
Pero el crecimiento de Brasil como potencia exportadora tiene un precio que no aparece en los balances de las multinacionales: la devastación ambiental que está acelerando la destrucción del Amazonas. Según el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil (INPE), 2024 fue el segundo año con mayor número de incendios en la región amazónica desde que se tienen registros, muchos de ellos provocados por la expansión de la frontera agrícola para el cultivo intensivo de soja. La deforestación, incentivada por un modelo extractivista al servicio del agronegocio, ha puesto en peligro a cientos de comunidades indígenas, ha reducido la biodiversidad y ha convertido al llamado “pulmón del planeta” en una bomba de carbono. El coste ecológico de reemplazar la soja estadounidense no lo paga Pekín, lo paga la humanidad.
China ya no necesita a Estados Unidos como proveedor agrícola principal. Ha diversificado sus fuentes, reforzado la producción interna y creado lazos comerciales con países que no disparan aranceles cada año electoral. De los 109 millones de toneladas que necesita anualmente, el grueso saldrá este año de Brasil, Argentina y otros mercados más estables.
Este desvío no solo afecta a quienes siembran. Golpea a toda la cadena agroindustrial: fabricantes de fertilizantes, distribuidores de semillas, empresas de maquinaria agrícola y transportistas. Mientras tanto, el déficit comercial agrícola de EE.UU. alcanzará este año un récord de 49.000 millones de dólares, según el propio Departamento de Agricultura de EE.UU. (USDA).
En paralelo, el Ag Economy Barometer de Purdue University y CME Group ha registrado su peor dato desde que se consulta la perspectiva exportadora a cinco años: una caída de 12 puntos solo en marzo. Es un desplome de confianza que refleja que no se trata de un mal año, sino de un hundimiento de expectativas.
Estados como Iowa o Illinois, que solían celebrar ceremonias públicas de firma de contratos con China, no ven un barco asiático desde 2017. Y aunque las exportaciones se retomaron tímidamente en 2023, la confianza ya no se reconstruye con fotos ni promesas, y mucho menos con discursos incendiarios desde la Casa Blanca.
El único alivio para el campo viene de México, que ha quedado fuera del nuevo paquete arancelario y sigue comprando maíz a EE.UU. Pero es un parche mínimo ante un sangrado que no deja de crecer. Según la Universidad de Illinois, las rentabilidades previstas para soja y maíz están ya en números rojos, lo que está provocando una migración forzada de cultivos y una reducción masiva de insumos como fertilizantes o pesticidas, con efectos en cadena sobre la productividad futura.
“Lo peor que nos puede pasar es no poder planificar nada”, resume Andy Riffe, gerente de una cooperativa en Texas. Una frase que lo dice todo sobre un modelo que sacrifica certidumbre, sostenibilidad y bienestar en nombre de una política comercial basada en la testosterona y el cortoplacismo.
El ajedrez que juega Trump no es estratégico. Es una ruleta rusa en la que quienes mueren no son los millonarios del petróleo ni los banqueros del oro, sino quienes siembran la tierra.
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