Cuando el escándalo amenaza a la Casa Blanca, la maquinaria bélica arranca como cortina de humo.
LA GUERRA COMO NEGOCIO Y COMO DISTRACCIÓN
Donald Trump lleva 43 días jugando a piloto automático con la mayor potencia militar del planeta mientras Washington lidia con el cierre de la Administración más largo de su historia. Y justo cuando el país empieza a levantar la persiana, aparece un viejo fantasma que nunca se fue: Jeffrey Epstein, el millonario pedófilo cuya sombra sigue persiguiendo al presidente desde su muerte en 2019.
Los nuevos documentos, correos y memorandos internos que han salido a la luz en el Congreso muestran algo que trastoca la versión oficial del trumpismo. Trump sabía. Trump estaba. Trump estuvo horas en la casa de Epstein con una de las víctimas, según los mails difundidos por los demócratas. Los detalles no son solo incómodos. Son potencialmente devastadores para un presidente que basa su poder en la ficción de la inocencia personal y la impunidad estructural.
Ante ese escenario, la Casa Blanca ha activado su vieja táctica: ruido, pólvora y urgencia patriótica. Cuando el escándalo crece, Trump busca otra guerra. Esta vez es Venezuela, México, el Caribe o cualquier punto donde pueda inflar el pecho y vender seguridad nacional mientras los titulares corren detrás de los misiles en vez de detrás de los correos de Epstein.
En menos de 24 horas, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, anunció la Operación Lanza del Sur, una ofensiva militar “contra el narcoterrorismo” en el Hemisferio Occidental. La maniobra llegó después del vigésimo ataque estadounidense a una narcolancha, con cuatro muertos y un discurso perfectamente diseñado para que los noticiarios reduzcan el caso Epstein a un susurro de fondo. El Pentágono habla de amenazas externas. Trump habla de enemigos. Y nadie habla de los 20.000 correos que apuntan a sus reuniones privadas con Epstein.
La correlación no es casual. Es estructural. El capitalismo imperial lleva décadas usando la guerra como mecanismo de limpieza mediática. Cada vez que un presidente cae en desgracia, aparece una excusa bélica para recomponer autoridad, inflar el mercado armamentístico y recoser el relato patriótico. Lo que ahora ocurre con Trump es la versión amplificada de ese guion clásico, aplicada por un líder cuya biografía política es puro narcisismo defensivo.
En la Cámara de Representantes, varias y varios congresistas han señalado cómo el ritmo de filtraciones sobre Epstein coincide quirúrgicamente con el ritmo de anuncios militares. No es azar. Es método. Es disciplinado. Es peligroso. El poder más armado del mundo no puede ser la coartada de un hombre que teme la verdad.
“Sabía de las chicas”, “sé lo sucio que es Donald”, escribía Epstein en uno de los correos. Esas frases deberían ocupar portadas. Pero las portadas, ahora, están hablando de fragatas, drones y “amenazas hemisféricas”.
Es el manual de siempre.
Pero más burdo.
Pero más obsceno.
Pero más letal.
LOS ARCHIVOS QUE PUEDEN HUNDIR UNA PRESIDENCIA
Los nuevos “papeles de Epstein” muestran algo que destruye la narrativa del presidente. Durante años, Trump vendió distancia, ignorancia y desmemoria. Mintió. Mintió sin que le temblara el pulso. Mintió con la frialdad de quien sabe que los medios están demasiado ocupados para leer un sumario judicial. Pero ahora la evidencia escrita contradice su relato.
Los 20.000 correos desclasificados por el Congreso incluyen itinerarios, invitaciones, mensajes personales y referencias directas a encuentros entre Trump y Epstein mucho después de lo que la Casa Blanca aseguraba. No era un conocido. No era un ex amigo. Era una presencia constante.
La pregunta es inevitable: ¿qué teme Trump?
La respuesta es obvia: todo.
Teme que su historia se derrumbe. Teme que su aparato mediático deje de ser suficiente. Teme que el país, incluso su país, vea lo que siempre estuvo a la vista: no se puede dirigir el mundo libre mientras se ocultan relaciones con un depredador sexual que traficaba con menores.
Por eso necesita otra narrativa. Por eso necesita otra urgencia. Por eso necesita otra guerra.
Las y los republicanos que aún conservan algo de pudor institucional han empezado a desmarcarse. Otros, en cambio, han asumido el papel de escuderos dispuestos a repetir cualquier consigna con tal de salvar al jefe. Pero en los pasillos del Capitolio cunde una idea común: los papeles de Epstein son una bomba de tiempo.
Mientras tanto, Trump aprieta el botón sociopolítico que mejor conoce: el miedo. La operación militar sirve para imponer agenda, disciplinar titulares y vestir de épica lo que en realidad es pánico.
Pánico por los correos.
Pánico por los testimonios.
Pánico por los nombres que aún no han salido.
Pánico por la verdad.
El presidente que presume de fuerza solo teme una cosa: que la historia deje de obedecerle.
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