La mentira racial como estrategia: Trump fabrica víctimas blancas con cadáveres africanos
PROPAGANDA MORTUORIA DESDE EL DESPACHO OVAL
Donald Trump, el presidente que convirtió la política exterior en una sección de InfoWars, ha vuelto a cruzar líneas que solo el supremacismo más descarado osa traspasar. Esta vez, durante una tensa reunión con el presidente sudafricano Cyril Ramaphosa en la Casa Blanca el 21 de mayo de 2025, Trump blandió un artículo impreso con una imagen de bolsas mortuorias. Según él, eran “granjeros blancos asesinados en Sudáfrica”. La verdad es otra: se trataba de cadáveres de víctimas de los combates en la ciudad de Goma, en la República Democrática del Congo, filmados por un reportero de Reuters tras una ofensiva del grupo rebelde M23.
Trump presentó como prueba de un genocidio blanco una imagen de un entierro masivo en el Congo, producto de un conflicto armado ajeno a Sudáfrica.
Ni disculpas, ni rectificación. La Casa Blanca no respondió a las preguntas de Reuters. Andrea Widburg, directora de American Thinker —la web ultraconservadora donde apareció el blog que Trump mostró— se limitó a decir que el magnate “identificó mal la imagen”. Una manera eufemística de describir un uso fraudulento y racista de cadáveres ajenos para alimentar una teoría conspiranoica que lleva años circulando por foros de ultraderecha: el supuesto exterminio de blancos en Sudáfrica.
El autor de la grabación original, el periodista Djaffar Al Katanty, se mostró profundamente conmocionado: “Trump utilizó lo que filmé en la RDC para convencer al mundo de que en Sudáfrica los blancos están siendo asesinados por negros”. Una perversión de la realidad tan brutal como la imagen misma. Y no es solo desinformación. Es necropolítica.
Usar muertos africanos como atrezzo para agitar el odio racial no es un error: es una estrategia.
Reuters verificó que la imagen pertenece a su video del 3 de febrero en Goma, y no tiene absolutamente nada que ver con el contenido del artículo mostrado. Pero el daño está hecho. En plena transmisión televisada, Trump interrumpió a Ramaphosa para mostrar el vídeo y luego pasar hojas con titulares que repetían “death, death, death, horrible death”, como si estuviese en una feria de ultratumbas y no en un encuentro diplomático. De nuevo, el show reemplazando a la política exterior.

EL MITO DEL “GENOCIDIO BLANCO” Y LA ULTRADERECHA GLOBAL
Lo de Trump no es un exabrupto aislado. Es parte de una campaña de agitación racial con ecos globales. El mito del genocidio blanco en Sudáfrica ha sido promovido por Vox en España, por Marine Le Pen en Francia y por partidos ultraconservadores de Estados Unidos, Australia y Europa del Este. No es casualidad. Se trata de una narrativa diseñada para blanquear (nunca mejor dicho) el supremacismo blanco, victimizar al opresor y equiparar la redistribución de tierras o la reparación histórica con “persecución racial”.
La ultraderecha global necesita mártires blancos para justificar su paranoia identitaria. Si no los hay, los fabrica.
Sudáfrica, como muchos países postcoloniales, arrastra una compleja herencia de desigualdad estructural basada en el apartheid. Pero ni las cifras de criminalidad ni los datos del gobierno sudafricano avalan esa fantasía de genocidio. En realidad, según el Instituto de Seguridad de Sudáfrica, los asesinatos de granjeros han disminuido en la última década, y las víctimas son de diversas razas. Pero la verdad no cotiza en las bolsas de la conspiranoia. Y Trump lo sabe.
En esta ocasión, ha ido un paso más allá: ha parasitado el dolor africano, ha robado los cuerpos de un conflicto real para alimentar uno ficticio. Es pornografía del dolor ajeno con fines propagandísticos. Y lo ha hecho ante las cámaras, con la complicidad de medios como American Thinker y la impunidad de quien lleva años normalizando el racismo institucional.
Lo que indigna no es solo la manipulación, sino la obscenidad de que la muerte negra siga siendo utilizada como mercancía política para salvar privilegios blancos.
El silencio posterior de la administración estadounidense no es menos grave. La falta de reacción ante un presidente que fabrica crímenes étnicos es un mensaje: la mentira racista no se desmiente, se tolera.
No hay error. No hay confusión. Hay cálculo. Porque cuando Trump dice “genocidio blanco”, no está describiendo un hecho: está convocando a sus tropas.
Y cuando un líder mundial convierte a las víctimas negras en utilería de su relato supremacista, lo que está haciendo no es política: es necromancia colonial.
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