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El nacionalismo paranoico se impone al conocimiento y condena proyectos internacionales clave en salud y genética
El 5 de mayo de 2025, Donald Trump firmó otra de sus sentencias contra la razón. El presidente estadounidense ha ordenado la congelación de los pagos a proyectos científicos internacionales financiados por los Institutos Nacionales de Salud (NIH), dejando en el limbo más de 500 millones de dólares anuales destinados a la investigación médica global. Decenas de estudios sobre cáncer, VIH o genética humana —también en centros españoles— están paralizados. No por falta de resultados. No por corrupción. Por ideología.
La Casa Blanca alega falta de «control» y de «seguridad nacional» para justificar el cierre del grifo. Como si investigar el genoma humano o la inmunidad al VIH fuera una amenaza para Estados Unidos. Pero lo que de verdad incomoda a Trump no es la ciencia: es que sea internacional, cooperativa, compartida. Que desborde fronteras. Que escape a su lógica de “América primero”.
Los recortes no son técnicos. Son políticos. Son un castigo a la inteligencia, al conocimiento compartido y al espíritu colaborativo de la ciencia. Lo que se esconde detrás es la voluntad de encerrar a la ciencia en los muros del nacionalismo más reaccionario. Porque si no sirve a la industria armamentística, no interesa.
Entre los afectados están centros punteros como IrsiCaixa, donde el virólogo Javier Martínez-Picado lleva años trabajando en la inmunidad al VIH. También el Centro de Regulación Genómica de Barcelona, que participa en la mayor enciclopedia mundial del genoma humano, Gencode, desde 2003. O el Centro de Supercomputación de Barcelona, que desarrolla la mayor base de datos genéticos pediátricos de Europa.
Todo eso ahora está en riesgo. Porque Trump ha decidido que la ciencia que no sea norteamericana no merece ni un dólar.
RECORTAR LA VIDA PARA FINANCIAR LA GUERRA
El ataque no se limita al NIH. El presupuesto para 2026 presentado por la Casa Blanca propone recortar un 40% de la financiación de esta agencia. Pero hay más: la Fundación Nacional para la Ciencia perdería el 56% de su presupuesto. El Centro para el Control de Enfermedades, clave para detectar futuras pandemias, perdería casi la mitad de su capacidad operativa. La NOAA, agencia climática, sufre un tijeretazo del 25%. Y la Agencia de Protección Ambiental, directamente un 55% menos de fondos.
No es casual. Todo este dinero se redirige a lo que de verdad importa para el trumpismo: el ejército y los muros. El gasto militar se elevará más de un 13%, hasta superar el billón de dólares, y se destinarán 175.000 millones adicionales a protección fronteriza.
Así se construye un futuro distópico: desmantelando la ciencia y armando hasta los dientes al Estado. Mientras se cierran proyectos de salud pública, se abren nuevas líneas de producción de drones y misiles. Mientras se ahoga la investigación genética, se inyecta dinero en vigilancia y deportaciones. Es el sueño húmedo del neoliberalismo autoritario: seguridad sin derechos, patriotismo sin verdad, y guerra sin conocimiento.
Todo esto sucede bajo el mando de figuras como Jay Bhattacharya, el nuevo director del NIH nombrado por Trump, conocido por sus posturas negacionistas durante la pandemia. Y Robert Kennedy Jr., ahora secretario de Salud, que ha sido un referente del movimiento antivacunas en EE.UU. ¿Hace falta decir más?
La ciencia ha sido entregada a quienes la desprecian.
EL EFECTO INTERNACIONAL: CIENTÍFICAS PARALIZADAS, PROYECTOS CONGELADOS
Las consecuencias ya son reales. En España, docenas de investigadores e investigadoras se enfrentan a la parálisis inmediata de proyectos clave. Algunos ya habían pasado todas las fases de evaluación técnica. Otros contaban con equipos contratados gracias a esos fondos. Ahora se enfrentan al abismo.
“La incertidumbre es total. Estamos paralizados”, denuncia Martínez-Picado desde IrsiCaixa. Roderic Guigó, desde el CRG, lo resume con claridad: “Si esto no se resuelve, será un desastre”. Y Marta Melé, que investiga la genética infantil, advierte: “Hay personal contratado con esta financiación que tendrá que marcharse. Es una pérdida de talento brutal.”
No hablamos solo de datos. Hablamos de tratamientos, de prevención, de salud pública. De vidas.
Lo más obsceno es que estas decisiones no se han tomado por motivos científicos. Se han tomado por puro cálculo ideológico, geopolítico y económico. El NIH pone el foco en las colaboraciones pasadas con China, especialmente con el laboratorio de Wuhan, para agitar el espantajo del “virus fabricado”. Y Trump lo utiliza para justificar una purga financiera que solo busca debilitar los vínculos internacionales de la ciencia.
EUROPA DEBE ELEGIR: SUMISIÓN O SOBERANÍA CIENTÍFICA
Ante esta ofensiva, Europa no puede limitarse a lamentar el golpe. Es hora de asumir que no se puede depender de un país que desmantela su aparato científico cada vez que llega un gobierno reaccionario. Como en defensa, como en energía, como en salud: la Unión Europea tiene que dejar de arrodillarse ante Washington.
Necesitamos una soberanía científica europea. Con fondos propios, con consorcios independientes, con redes globales que no pasen por el filtro ideológico del Pentágono. España debe sumarse con decisión a esta transición. Lo que está en juego no es un experimento más. Es la capacidad de hacer ciencia libre frente a la lógica autoritaria y belicista.
Porque si seguimos atados a Estados Unidos, mañana será la genética, pasado la inteligencia artificial y luego la salud mental. Y siempre, siempre, los recortes.
Trump ha elegido: más tanques, menos vacunas. Más muros, menos datos. Más guerra, menos vida.
Europa debe responder. Ya.
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