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La trama que unió a bancos, multimillonarios y poder político para proteger a un depredador con pasaporte diplomático del capitalismo global
UNA RED DE ÉLITES QUE SE PROTEGÍA MIENTRAS LAS VÍCTIMAS DESAPARECÍAN
Hay que decirlo con claridad. Jeffrey Epstein no fue un monstruo aislado sino el síntoma más visible de un sistema donde las élites financieras, políticas y tecnológicas construyen impunidad alrededor de sus crímenes. Su figura se convirtió en un nodo útil para unir dinero, chantaje, vigilancia y tráfico sexual. La justicia estadounidense lo sabía desde sus primeras denuncias en los años 2000, pero hubo una amnistía informal, selectiva y profundamente masculina, que protegió a banqueros, magnates y políticos que se beneficiaron de su red o, al menos, convivieron con ella.
Las memorias de Virginia Giuffre, una de las víctimas más conocidas, lo dejan claro. “Me estranguló repetidamente hasta que perdí el conocimiento”, escribe al describir un episodio con un exprimer ministro extranjero. Los indicios que señalan a Ehud Barak nunca fueron judicialmente perseguidos, aunque su relación con Epstein está documentada en decenas de correos, negocios compartidos y encuentros financiados con dinero que fluía desde Southern Trust, la firma que Epstein registró en las Islas Vírgenes para mover millones sin supervisión.
Ese vínculo no era solo social. Barak participó en Carbyne, una start-up israelí de ciberseguridad fundada por personal de la Unidad 8200. Epstein inyectó 1 millón de dólares en el fondo SUM (EB) y otros 500.000 dólares llegaron a través de Nicole Junkermann. El dinero servía para expandir tecnologías de vigilancia hacia países como México, Colombia o Costa de Marfil. Un negocio perfecto: espionaje, poder y millones circulando en secreto.
Los correos filtrados por Dropsite News muestran incluso cómo Epstein mediaba entre Barak y otros gobiernos. Israel, Rusia, Mongolia. Estado, empresa y crimen se daban la mano. No era prostitución. Era geopolítica envuelta en violencia sexual.
BANCOS, TECNOLOGÍA Y CHANTAJE: EL SISTEMA QUE MANTUVO VIVO A EPSTEIN
En 2008 Epstein fue condenado en Florida. Todo parecía terminado. Pero no. JP Morgan decidió mantenerlo como cliente otros cinco años. La explicación interna era sencilla. Tenía 200 millones de dólares en activos y había cerrado operaciones “valiosas” para el banco. Su historial criminal no importó. Sus retiros sospechosos tampoco. De hecho, uno de sus retiros en 2003, por valor de 175.000 dólares, coincide exactamente con pagos identificados a mujeres ese año, según documentos judiciales.
La dirección del banco, encabezada por Jamie Dimon, decidió mirar hacia otro lado. Quince años mantuvieron sus cuentas abiertas. Quince años de dinero circulando entre retiros en efectivo, pagos a cómplices, transferencias a víctimas y honorarios a ejecutivos. Cuando llegó la presión judicial, JP Morgan pagó 290 millones de dólares a víctimas para cerrar demandas. No fue una condena. Fue el precio de seguir funcionando.
En el centro de esa maquinaria estaba Jess Staley, uno de los hombres fuertes del banco. Los correos desclasificados incluyen frases que hoy deberían escandalizar cualquier democracia. “Eso fue divertido. Saluda a Blancanieves”, escribe Staley tras una visita a la mansión de Epstein. Los investigadores creen que los nombres de princesas eran código para referirse a mujeres jóvenes. En otras comunicaciones, Epstein enviaba fotos de chicas en poses sexuales. Staley agradecía. La red tenía vida propia.
La lista de multimillonarios que confiaron en Epstein para gestionar dinero, abrir puertas políticas o facilitar contactos es larga. Y significativa. Bill Gates aparece entre los nombres más repetidos. El fundador de Microsoft se reunió con Epstein varias veces entre 2011 y 2013, acompañado por Lawrence Summers, Boris Nikolic y otros hombres del círculo filantrópico global. Gates declaró luego que solo buscaba apoyo para proyectos humanitarios. Pero los mensajes desclasificados en 2024 muestran otra cosa. Epstein intentó “convencer” a Melinda Gates para limpiar su imagen. Incluso sugirió que podía conseguirle a Gates el Premio Nobel de la Paz, y llegaron a reunirse en Estrasburgo con Thorbjørn Jagland, entonces presidente del comité del Nobel.
Cuando Gates dejó de responder, Epstein lo presionó utilizando su relación con Mila Antonova, jugadora rusa a la que había financiado cursos de programación y proyectos online. Un método de chantaje clásico.
Otros, como Leon Black, fundador de Apollo Global Management, pagaron cantidades desorbitadas por supuestos servicios fiscales. Entre 2012 y 2017, Black transfirió al menos 170 millones de dólares a Epstein. El Comité de Finanzas del Senado sospecha que Black estaba siendo extorsionado. En paralelo, acumulaba acusaciones por agresiones sexuales, como la denuncia de Cheri Pierson, que relató una violación brutal en 2002 en la mansión de Epstein.
Las élites financieras resolvieron la mayoría de estos casos de la misma forma: acuerdos económicos. Black pagó 62,5 millones de dólares a las Islas Vírgenes para evitar una investigación criminal. Sus negocios siguen intactos.
El caso Epstein no es una historia de un depredador. Es el mapa de una estructura donde el dinero compra silencio, la violencia se privatiza y la justicia se arrodilla ante los poderosos.
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