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Mucho ruido sobre liderazgos y muy poca estrategia común mientras la extrema derecha avanza
El 11 de febrero, Gabriel Rufián compareció como quien parece dispuesto a romper el tablero y terminó moviendo apenas una ficha. Tras días de especulaciones sobre un posible salto a la política estatal como referente de una nueva izquierda amplia, el portavoz de ERC aclaró que no aspira a liderar el espacio estatal ni a romper con su partido. Se queda en casa. Se queda en el territorio. Y desde ahí, dice, quiere tejer alianzas.
La frase que resume la escena es suya: “Quizá tengo un 0% de apoyo político, pero creo que tengo apoyo popular”. Es una declaración que suena a desafío, pero también a reconocimiento de límites. Porque cuando alguien admite que tiene “0% de apoyo político” está reconociendo algo más profundo: que las estructuras, los aparatos y las siglas no están por la labor.
UN PASO ATRÁS QUE DESACTIVA LA EXPECTATIVA
Durante días, una parte del electorado progresista fantaseó con una sacudida. La ronda de contactos con fuerzas como Más Madrid o EH Bildu alimentó la idea de que podía surgir un liderazgo alternativo al de Yolanda Díaz, o incluso una reorganización del espacio a escala estatal. No ocurrió.
Rufián descartó convertirse en líder de la izquierda estatal “al estilo” de Yolanda Díaz o de Pablo Iglesias. Aseguró que no quiere “liderar nada” y que seguirá representando a ERC. El foco, insiste, está en los territorios. En concreto, en Catalunya. Su propuesta pasa por una lista única de las izquierdas catalanas a la izquierda del PSC para las próximas elecciones generales. Un “frente común democrático” que agrupe a soberanistas, independentistas y progresistas.
El problema es que, según se ha conocido, ni los Comuns ni la propia dirección de ERC han respaldado el plan. La gran apuesta estratégica nace sin apoyos formales. Y eso convierte el movimiento en gesto.
El propio Rufián lo planteó en términos dramáticos desde la tribuna del Congreso: “O hablamos entre nosotras y nosotros o nos vamos al carajo”. La frase retrata el momento. Pero hablar no es organizar. Y organizar no es solo convocar actos en la sala Galileo.
LA IZQUIERDA ENTRE ACTOS Y SUSCEPTIBILIDADES
La vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, optó por un tono conciliador. Animó a acudir tanto al acto del 18 como al del 21 de febrero. “Todo lo que sirva para ensanchar la esperanza, bienvenido sea”, afirmó. También recordó que “no se gana un país desde una esquina”. El mensaje es claro: menos peleas por marcas y más mayoría social.
Pero las tensiones existen. En el espacio que todavía orbita en torno a Sumar, las declaraciones de Rufián han generado recelos. No tanto por lo que dice ahora, sino por lo que parecía insinuar antes. En política, las expectativas no gestionadas son dinamita.
El debate interno se ha desplazado hacia los liderazgos. Antonio Maíllo habló de “actualizar” figuras. Se abrió la conversación sobre si Yolanda Díaz repetirá como candidata. Y mientras tanto, la extrema derecha sigue creciendo sin necesidad de actualizar nada: solo necesita repetir su mensaje.
El propio Rufián lanzó una crítica que apunta al centro del problema: no quiere que el espacio se lidere “desde un despacho de una universidad de Madrid o desde un plató de Madrid”. Reivindica un liderazgo desde lo territorial, desde quienes han sostenido mayorías parlamentarias en los últimos seis años. Pero esa apelación choca con una realidad: sin coordinación estatal, las alianzas territoriales no construyen alternativa de país.
Aquí está la clave. El paso atrás de Rufián no es solo personal. Es sintomático. Muestra los límites de una izquierda fragmentada que sabe que necesita unidad pero no consigue acordar cómo construirla. Cada fuerza protege su parcela. Cada aparato mide riesgos. Cada dirigente calibra su desgaste.
Mientras tanto, el debate público vuelve a centrarse en nombres propios en lugar de en programa. En quién lidera en vez de qué se propone. En si habrá primarias o no, en si tal acto resta o suma. Y el electorado progresista, ese al que se invoca constantemente como sujeto político, sigue esperando una hoja de ruta clara frente a la precariedad, la vivienda o el auge reaccionario.
La escena final es reveladora: un dirigente que reconoce tener apoyo popular pero no apoyo político. Una vicepresidenta que llama a la esperanza mientras su espacio debate liderazgos. Y un calendario electoral que no se detiene.
La izquierda intentó abrir una ventana y terminó ajustando la persiana.
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