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Un niño de apenas 18 meses, torturado durante 10 horas en Gaza mientras su padre era interrogado, resume el colapso moral de una guerra que ha dejado más de 72.000 muertos desde octubre de 2023
La escena no pertenece a un pasado oscuro ni a una dictadura olvidada. Ocurre en 2026, con cámaras, informes médicos y testigos. Un bebé. Un año y medio de vida. Quemado con cigarrillos, perforado con un clavo, utilizado como herramienta de presión. No es un exceso. Es un método.
⭕ A 1 year old Palestinian baby was TORTURED by Zionist forces in front of his f
— Syed (@SyedWah85623448) March 22, 2026
⭕ According to eyewitnesses and medical reports, Zionist forces detained a father near Al-Maghazi, forced him to strip, and then abducted his infant son, only to torture the child in front of him. pic.twitter.com/X1egWQu9VK
Según recoge este informe documentado, soldados israelíes torturaron a Karim, un niño de 18 meses, en el campo de refugiados de Al-Maghazi, en Gaza central, para forzar confesiones a su padre, Osama Abu Nassar. Las imágenes difundidas por la televisión palestina muestran marcas de quemaduras y heridas punzantes. Un informe médico lo confirma. No hay ambigüedad posible.
La violencia no fue un daño colateral. Fue una estrategia deliberada.
LA INFANCIA COMO CAMPO DE BATALLA
Karim no estaba en un frente de combate. No sostenía un arma. No representaba amenaza alguna. Sin embargo, fue convertido en objeto de tortura frente a su padre. Un mensaje claro: el dolor no tiene límites cuando se trata de someter a una población.
Los hechos ocurrieron cuando el padre, ya golpeado por la pérdida de su medio de vida, quedó atrapado en un tiroteo cerca de su casa. Soldados israelíes le obligaron a dejar al niño en el suelo, desnudarse y acercarse a un puesto militar. Lo que vino después es difícil de procesar incluso para quienes llevan años documentando crímenes de guerra.
Quemaduras con cigarrillos. Heridas con objetos punzantes. Un clavo incrustado en la pierna. Todo sobre un cuerpo que apenas ha aprendido a caminar.
El niño fue liberado tras aproximadamente 10 horas de detención y entregado a su familia a través del Comité Internacional de la Cruz Roja. Su padre, en cambio, sigue detenido. La familia ha pedido intervención internacional. La respuesta, de momento, es el silencio.
Este caso no es un hecho aislado. Es la consecuencia lógica de una dinámica donde la deshumanización se ha institucionalizado. Cuando un ejército puede torturar a un bebé sin consecuencias inmediatas, no estamos ante una desviación, sino ante un sistema que lo permite.
CIFRAS QUE ESCONDEN VIDAS
Desde el alto el fuego de octubre de 2025, al menos 677 personas palestinas han sido asesinadas y 1.813 han resultado heridas, según el Ministerio de Salud de Gaza. Pero esas cifras solo cuentan una parte del horror.
Desde el inicio de la ofensiva en octubre de 2023, el balance asciende a más de 72.000 personas muertas y 171.000 heridas. Aproximadamente el 90% de la infraestructura civil ha sido destruida. Hospitales, escuelas, viviendas. Todo reducido a escombros.
Detrás de cada cifra hay cuerpos, familias, historias truncadas. Pero también hay decisiones políticas.
Porque esto no ocurre en un vacío. Ocurre con apoyo internacional, con ventas de armas, con cobertura diplomática. Ocurre mientras gobiernos occidentales hablan de “seguridad” y “defensa”, vaciando de contenido palabras que deberían proteger la vida.
El uso de menores como herramienta de presión no es nuevo en los conflictos armados, pero su documentación abierta y su difusión pública marcan un punto de inflexión. No se trata solo de violencia, sino de la normalización de la violencia extrema.
Las y los expertos en derechos humanos han advertido durante años sobre la escalada. Informes de organizaciones como Human Rights Watch o Amnistía Internacional han documentado patrones de abusos sistemáticos. Pero el problema no es la falta de información. Es la falta de consecuencias.
El sistema internacional no está fallando. Está funcionando exactamente como fue diseñado: protegiendo intereses, no vidas.
Mientras tanto, la infancia en Gaza sigue pagando el precio más alto. Niñas y niños huérfanos, mutilados, desplazados. Generaciones enteras marcadas antes de aprender a leer.
Y en medio de todo, un bebé con quemaduras de cigarrillos en la pierna.
Un bebé convertido en instrumento de tortura.
Un bebé que resume, sin palabras, hasta dónde ha llegado la impunidad.
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