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El dolor también vota. Y cuando lo hace, rara vez elige libertad.
Por Javier F. Ferrero
EL AJUSTE COMO RELIGIÓN
Argentina acaba de convertir la austeridad en fe nacional. Con el 40% de los votos, Javier Milei ha transformado el ajuste en dogma y la pobreza en virtud. En la liturgia del ultraliberalismo, la escasez se celebra como purificación y el sufrimiento como destino inevitable. No se promete bienestar, se promete expiación.
El resultado electoral, presentado como un “mandato de cambio”, es en realidad un plebiscito de la desesperanza. Las urnas no hablaron de convicción, hablaron de miedo. La participación —apenas un 67%, una de las más bajas de la historia democrática argentina— no refleja desinterés, sino agotamiento. Cuando se vive en emergencia perpetua, el voto deja de ser una herramienta y se convierte en reflejo.
La Libertad Avanza, que pasa de 8 a 92 escaños, no representa un proyecto político, sino una teología del mercado. En su relato, el Estado es un enemigo que roba, el pobre un error estadístico y el dolor una prueba moral. Se llama libertad, pero significa desamparo.
El mileísmo no gobierna con ideas, sino con símbolos: la motosierra, el dólar, la Biblia del capitalismo salvaje. Ha conseguido que parte de la sociedad confunda la demolición con la reconstrucción. Como si destruir las instituciones fuera el primer paso para salvarlas. Como si el caos pudiera ser una forma de orden.
Pero lo que ha ocurrido en Argentina no es solo un triunfo electoral: es una derrota cultural. Una rendición ante la lógica del sacrificio, donde las y los trabajadores aceptan ser los mártires de una patria que ya no los necesita. La propaganda del “esfuerzo individual” ha sustituido al contrato social. Lo que antes era derecho, ahora se llama privilegio.
LA VIEJA INJERENCIA Y EL NUEVO COLONIALISMO
Hay una mano que aplaude desde el norte. Donald Trump felicitó a Milei por su “aplastante victoria” y por “el excelente trabajo que está haciendo”. Lo hizo una semana después de prometer un rescate financiero de 40.000 millones de dólares, condicionado a su triunfo. La soberanía convertida en hipoteca.
No es nuevo. América Latina lleva un siglo repitiendo este libreto: el capital extranjero se disfraza de salvación y el pueblo paga con su futuro. Antes eran los golpes militares, hoy son los rescates financieros. El colonialismo cambió de uniforme, pero conserva la sonrisa.
Milei ha asumido el papel que le corresponde en ese tablero global. Es la pieza argentina del ajedrez trumpista, un peón disfrazado de rey. Su misión: demostrar que la democracia puede ser un instrumento del autoritarismo económico. Que la gente, si se la convence del miedo suficiente, puede votar su propio empobrecimiento con entusiasmo.
La inflación ha bajado, sí, pero al precio de vaciar los bolsillos y los comedores. El Gobierno llama “recuperación” a una caída menos abrupta. Habla de “eficiencia” mientras los hospitales se desangran y los salarios se evaporan. El mercado sonríe porque el dolor da beneficios.
Axel Kicillof, desde Buenos Aires, lo resumió con claridad: “El presidente se equivoca si festeja este resultado”. Pero el ruido del dólar suena más fuerte que la voz del pueblo. La palabra ha perdido valor frente a la cotización. En esta Argentina, los discursos se devalúan más rápido que la moneda.
LA CULTURA DE LA CRUELDAD
No hay proyecto político que resista el hambre. El neoliberalismo no necesita convencer: basta con agotar. Cansar a las y los trabajadores, disciplinar a las masas por inanición, sustituir la justicia social por el “sálvese quien pueda”. Milei lo entendió y lo aplicó con precisión clínica.
Pero lo que se ha instalado en Argentina va más allá de la economía: es una pedagogía del desprecio. La idea de que quien sufre lo hace por flojo, quien protesta lo hace por vicio y quien muere de hambre lo hace por elección. Es el triunfo moral del verdugo sobre la víctima.
La filósofa Wendy Brown advirtió que el neoliberalismo no solo privatiza lo público, sino también lo humano. La empatía deja de ser un vínculo y se convierte en una carga. Y eso explica por qué tantos votaron por Milei: porque ya no pueden permitirse sentir.
El voto a Milei no fue ideológico, fue biológico: el reflejo del cuerpo que sobrevive a costa de otro. La política como instinto de defensa en una sociedad donde la solidaridad ha sido convertida en delito.
Argentina ha vuelto a creer en el mito de la libertad individual mientras entrega su destino a los mercados. Ha cambiado las promesas de justicia por las de rendimiento. Ha elegido la voz del verdugo como si fuera la suya.
La historia no se repite, se recicla. Pero el final se parece demasiado.
El mercado aplaude. El pueblo tiembla. Y el eco de la pregunta persiste:
¿Pero qué hiciste, Argentina?
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Creo que mucho de lo que dice la nota es parte de la explicación de lo sucedido, en especial la idea de que para disfrutar después hay que sufrir antes. Pero falta toda referencia al papel de la supuesta oposición. Por otra parte, si la lógica descripta realmente ha calado más allá de lo contingente, porqué tendría entonces razón Kicillof con eso de que «el presidente se equivoca si festeja este resultado»