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«Negar la aportación de las personas trans a la liberación del movimiento LGTB y su búsqueda de derechos es negar nuestra propia historia como comunidad«
Junio, mes del orgullo.
Orgullo por la diversidad, por la identidad de género, por la orientación sexual. Orgullo de ser y de amar. Pero por desgracia, no podemos ser y amar libremente. Todavía no. El colectivo lleva siendo perseguido por la sociedad desde que el mundo es mundo. Aún ahora hay países que ejecutan a las personas homosexuales, en uno de cada tres es ilegal y castiga con pena de cárcel a gays, lesbianas, trans y bisexuales, y en sólo 30 países hasta diciembre de 2020 se ha legalizado el matrimonio igualitario… la mayoría de ellos en Europa.
Y ahora, también es en Europa donde más se está extendiendo una política extremista de odio hacia las personas LGTB.
Lo empezamos a notar a finales de 2019 cuando Polonia decidió crear “zonas libres de ideología LGTB”. Las alarmas saltaron cuando un tercio del país declaró sus pueblos y regiones zonas libres de LGTB. Llegaron a repartir incluso 70 mil pegatinas con la bandera arcoiris y una cruz negra encima, declarando que Polonia amaba la libertad. Tomasz Sakiewicz, editor de revista polaco, sostiene que la comunidad LGTB amenaza a la familia heterosexual tradicional.
Pero las malas noticias no acaban ahí, y tenemos un caso mucho más reciente en el que apoyarnos.

Viktor Orbán, presidente del partido ultraderechista húngaro Fidesz- Unión Cívica Húngara, y actual primer ministro de Hungría, llevó a cabo hace unos días una ley anti-LGTBI que ha escandalizado a la comunidad internacional. Esta ley, entre otras cosas, prohíbe a los docentes responsables de educación sexual que hagan propaganda de la homosexualidad o el cambio de sexo, prohíbe publicar en espacios a los que los menores tengan acceso contenidos sobre homosexualidad o cambio de sexo, la elaboración de listas de organizaciones que serán las únicas que puedan impartir charlas de sexualidad, y el veto de contenido multimedia que pueda promover la ideología LGTB, como las películas de Harry Potter.
El presidente del Parlamento, Lazlo Kover, llegó a comparar a las parejas homosexuales que quieren adoptar con pedófilos, por lo que también hay un apartado de endurecimiento de las penas por delitos contra menores, aunque no se ha aclarado contra quienes va esta medida. Esta problemática se ha visto multiplicada por la celebración, también en junio, de la
Eurocopa 2021, retrasada debido a la pandemia del coronavirus. El capitán de la selección alemana, Manuel Neuer, decidió llevar en su brazalete la bandera arcoiris como protesta ante las nuevas leyes homófobas húngaras y como apoyo a la comunidad durante el mes del orgullo, durante los partidos contra Portugal y Francia. La UEFA decidió abrir una investigación por sostener que la bandera tenía un mensaje político, aunque finalmente no penalizó al jugador porque promovía la diversidad.
Sin embargo, la historia no acaba aquí: hace cinco días se celebró el encuentro entre Alemania y Hungría en la ciudad de Munich, y su alcalde, Dieter Reiter, propuso iluminar el Allianz Arena con la bandera arcoiris. La UEFA se negó, defendiendo el respeto a los húngaros, y el gobierno alemán montó en cólera. Como protesta, iluminaron todos los estadios y monumentos destacados del país durante el partido, y entregaron a los asistentes 11 mil banderas del orgullo. Un espontáneo con la camiseta de la federación de fútbol alemana incluso llegó a interrumpir en el campo durante el himno de Hungría agitando la bandera del colectivo. Fue reducido por dos guardias pero arrastrado fuera entre los aplausos de la afición germana.
España, sin embargo, no se libra de la discriminación, incluso dentro del propio colectivo. Como cada año, se reabre un debate por el cual ciertos sectores niegan la identidad de género del colectivo trans y se oponen a aceptarlo dentro del movimiento del orgullo. Este año, el conflicto ha sido más patente debido a la nueva propuesta de Ley de protección integral Trans llevada a cabo por la ministra de Igualdad Irene Montero. Estos colectivos “feministas” protestan porque se están promoviendo leyes contra las mujeres, defendiendo que ser mujer es “una realidad material, y no un sentimiento” y negando la existencia de la infancia trans, en un discurso que se asemeja al de la organización de ultraderecha HazteOir.
Se han producido manifestaciones en diferentes puntos de España, y ha habido enfrentamientos entre los grupos TERF (trans exclusionary radical feminist, feministas radicales transexcluyentes) y los que defienden la identidad de las mujeres trans y su derecho a pertenecer al feminismo y al colectivo LGTB.
Incluso, en redes sociales, se está intentando borrar la participación y liderazgo de grandes representantes trans del colectivo en disturbios históricos del movimiento como fue el de Stonewall. Niegan la presencia de Marsha Johnson en las manifestaciones y rechazan que Sylvia Rivera encabezara las movilizaciones. Nunca se ha afirmado que fueran las dos únicas en promover el movimiento, ni se ha negado que fuera una mujer negra lesbiana la que hiciera estallar los disturbios o “riots” contra la policía. Pero fueron mujeres trans, drag queens y prostitutas las que encabezaron durante días y semanas las movilizaciones posteriores al encarnizado encuentro de Stonewall, las que crearon asociaciones de ayuda a minorías como STAR, las que fundaron el Gay Liberation Front y la Gay Activists Alliance, o las fueron miembros de ACT UP, asociación que promovía la investigación científica y la asistencia sanitaria pública con la pandemia del SIDA.
Negar la aportación de las personas trans a la liberación del movimiento LGTB y su búsqueda de derechos es negar nuestra propia historia como comunidad, y es atacar a una minoría ya muy dañada por la sociedad.
Las personas trans andaron para que el resto pudiésemos correr. Trans rights are human rights.
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