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En los últimos tiempos, hemos sido testigos de cómo la omnipresente mano invisible del mercado se ha convertido en la excusa perfecta para justificar cualquier desequilibrio, injusticia o desigualdad en nuestra sociedad. «Es el mercado», nos dicen, como si fuera una entidad divina, inmutable e incontestable, ante la cual todos debemos rendirnos y aceptar sus designios.
No puedes comprarte un piso, a pesar de trabajar duro y ahorrar durante años. ¿La razón? «Es el mercado». Los precios de la vivienda se disparan, mientras que los salarios permanecen estancados. Pero, claro, no podemos cuestionar las leyes del mercado, ¿verdad?
El alquiler se come más de la mitad de tu salario. Pero, ¿qué puedes hacer? «Es el mercado». Los propietarios tienen el derecho de fijar el precio que consideren oportuno, y si no puedes pagarlo, pues busca otro lugar. Así de sencillo.
¿Soñabas con unas vacaciones en la playa o en la montaña? Lamentablemente, los precios turísticos están por las nubes. Pero no te preocupes, «es el mercado» el que decide que no mereces un descanso.
Y si pensabas en tener hijos, mejor piénsalo dos veces. Entre guarderías, educación, salud y demás gastos, es probable que no llegues a fin de mes. Pero no te quejes, «es el mercado» el que ha decidido que la paternidad es un lujo que no todos pueden permitirse.
Ay, el comunismo
Sin embargo, cuando se trata de cuestiones laborales, la narrativa cambia. Se ha propuesto una reducción de la jornada laboral media hora al día, una medida que busca mejorar la calidad de vida de las trabajadoras y los trabajadores y adaptarse a las nuevas realidades del siglo XXI. Pero, ¿qué escuchamos de parte de algunos empresarios? Quejas, lamentos y resistencia. Y, curiosamente, ya no es «el mercado» el culpable, sino el comunismo. Así es, cuando se trata de mejorar las condiciones laborales, de repente, el mercado se convierte en un ente frágil, susceptible y en peligro. Y cualquier intento de reforma es tachado de comunista, como si buscar el bienestar de los trabajadores fuera un pecado capital.
«El mercado» emerge como una figura caprichosa, casi mitológica, que se revela y esconde a su antojo, como un dios antiguo que juega con los destinos de los mortales. Cuando las sombras de la desigualdad se alargan y oscurecen los sueños de muchos, se nos susurra con voz meliflua: «es el mercado», como si fuera un mantra que debemos aceptar sin cuestionar. Sin embargo, cuando el clamor por la equidad y la justicia resuena en los corazones de la multitud, de repente, ese mismo mercado se transforma, y en su lugar surge un espectro temido: «el comunismo». Es como si estuviéramos en una danza eterna, donde «el mercado» y «el comunismo» giran en un baile interminable, y nosotros, los espectadores, nos preguntamos cuál será el próximo paso en esta coreografía de poder.
Quizás, en el ocaso de nuestra era de consumismo desenfrenado, deberíamos detenernos a contemplar las sombras que proyecta «el mercado» en las paredes de nuestra conciencia colectiva. Como un titiritero en un teatro de marionetas, parece que este mercado, con sus hilos invisibles, mueve a su antojo las esperanzas y sueños de la mayoría, mientras que solo unos pocos disfrutan del espectáculo desde sus palcos dorados. Pero, ¿qué pasaría si decidiéramos cortar esos hilos y reescribir el guion? ¿Qué pasaría si dejáramos de ser espectadores pasivos y tomáramos el control de nuestra propia narrativa? Porque, al final del día, «el mercado» no es más que una construcción, una fábula que hemos aceptado como verdad. Y tal vez, solo tal vez, es hora de que escribamos un nuevo cuento, donde la equidad, la justicia y el bienestar de todos sean los verdaderos protagonistas. Porque, después de todo, parece que «el mercado» solo es el narrador cuando le conviene a su historia.
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