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El trumpismo se cuela en España por la frontera del odio.
No es una propuesta nueva. Es una copia. Un calco mal disimulado del trumpismo más salvaje. Vox ha dejado de fingir. Lo que promueve no es una política de inmigración: es la importación literal del odio. Del modelo estadounidense de supremacía blanca, de paranoia racial, de exclusión cultural. Lo que llega no son ideas, sino manuales de guerra social. Manual para identificar enemigos internos, despojarles de legitimidad, y reescribir el “nosotros” nacional como una frontera biológica.
Rocío de Meer no habla desde la preocupación. Habla desde la estrategia. Desde la traducción directa de los discursos de Steve Bannon, de Tucker Carlson, de los congresistas MAGA que convierten a los hijos de inmigrantes en objetivo militar del relato nacionalista. Lo llaman “gran reemplazo”, lo adornan con cifras demográficas y miedos sexuales, pero es lo mismo: una teoría conspirativa para justificar la limpieza cultural.
Trump no necesita ganar en España. Ya tiene a Vox importando su ideario. Ya tiene sus ideas diseminadas en ruedas de prensa. Ya hay diputadas que adaptan los delirios supremacistas al castellano con la misma firmeza que un fanático traduce los salmos de su dios. La diferencia es que aquí no hay frontera con México, ni caravanas, ni muro. Lo que hay es otra cosa más sutil: la voluntad de excluir al vecino, al compañero de clase, al trabajador del ambulatorio, al que nació aquí pero no encaja en la postal nacional-católica.
No se importan solo palabras: se importan enemigos. Se importan chivos expiatorios. Se importan guerras inventadas.
UNA INFANCIA BAJO SOSPECHA
El resultado no es ideológico, es vital. Niñas y niños de diez años escuchan ahora que su país contempla “devolverlos”. Que su ciudadanía podría ser “revisada”. Que su pertenencia está sujeta a una evaluación que no depende de leyes, sino de apellidos. De color de piel. De lugares de nacimiento de sus padres. ¿Qué significa eso para una generación que ya vive aquí, estudia aquí, ama aquí?
La respuesta es clara: significa miedo. Significa crecer bajo sospecha. Significa vivir con la certeza de que hay partidos, medios y votantes que te miran como un error. Como una anomalía que debe corregirse. Significa que tu mera existencia puede ser presentada como una amenaza nacional.
Esa idea no nace en España. Se cultiva fuera. Se financia fuera. Se ensaya en otros parlamentos. Y cuando funciona, se importa. Como si el odio fuera una franquicia, como si la xenofobia tuviera royalties. El “reemigrar” de Vox no es más que el “deport them all” de Trump. El mismo veneno con otro acento. El mismo desprecio vestido de estadística. La misma violencia que empieza en una sala de prensa y acaba en una ley.
Aquí no se discute el futuro de la inmigración. Aquí se negocia el derecho de millones a existir sin miedo.
Quienes agitan estas ideas no quieren gestionar la convivencia. Quieren segmentarla, parcelarla, colonizarla. Quieren que “español” vuelva a significar blanco, católico, obediente, nostálgico. Quieren hacernos creer que lo peligroso es el hijo de inmigrantes, y no el político que amenaza con despojarle de su país.
No hay nada más importado que esa idea. No hay nada menos español que ese racismo manufacturado. No hay mayor derrota nacional que permitir que un proyecto ajeno, supremacista, imperial, convertido en moda política, dicte quién puede y quién no puede vivir entre nosotros.
No están protegiendo España. Están replicando América. Y no la de Whitman o Chomsky. La de las celdas, las armas y el Ku Klux Klan.
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3 Comments
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Éste partido y sus socios en según que comunidades,son el cancer del país.
Me parece bien, que echen a la gente que vienen a cobrar y y no trabajar,si quieren trabajar pues papeles, que no a su querida casa,y si no,todos que quieren inmigrantes sin papeles que los lleven a su casa y los mantengan, así estoy de acuerdo, pero sin pedir ayudas al estado
No sé si lo más grave pero lo más preocupante es que esto parece el prólogo de otra Noche de los Cristales Rotos. De estos polvos no sabemos que lodos pueden salir pero huelen a ponzoña. Y la preocupación se agrava porque no sabemos cómo atajarlo. La democracia tiene un gran agujero por el que se cuelan las ratas antisistema, los santiago y cierra España, los valedores del pensamiento único, los autoritarismos. Ahí deberíamos poner el énfasis, en curar esa democrática herida, no sólo en hacer crítica de las fechorías de la ultraderecha. Pero ¿cómo? Ese debate deberíamos haberlo empezado hace tiempo, aunque hay una cosa clara.: o los que nos sentimos y llamamos demócratas, progresistas, de izquierdas o como se le quiera llamar,, actuamos a una.; o este reino de taifas que es históricamente la izquierda sucumbirá de nuevo bajo la bota del neofascismo