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Líderes de la extrema derecha y pragmáticos se disputan el puesto de interlocutor privilegiado con el expresidente estadounidense. La lista de invitados a su toma de posesión dejó claro quiénes son sus favoritos.
La política europea ha encontrado una nueva obsesión: competir por la atención de Donald Trump. Líderes de la derecha radical y pragmáticos han entendido que, en su segundo mandato, el expresidente estadounidense tendrá una agenda impredecible y peligrosa para el continente. Por eso, se apresuran a demostrar su lealtad, aunque eso implique rendirse ante su agenda proteccionista y ultranacionalista.
Giorgia Meloni es, sin duda, la más aventajada. La primera ministra italiana fue la única líder de la UE en asistir a la toma de posesión de Trump el pasado 20 de enero, un privilegio negado a figuras como Macron o Scholz. No solo eso: ya había tenido encuentros privados con Trump en Mar-a-Lago y en París, en un evento organizado por Elon Musk. Tras su última reunión, el expresidente la calificó como una «mujer fantástica», lo que le garantiza, al menos de momento, una posición privilegiada en el nuevo orden trumpista.
Pero Meloni no lo tiene todo asegurado. Sus vínculos con la administración Biden y su falta de entusiasmo por disparar el gasto militar italiano –muy por debajo del 5% del PIB que exige Trump– podrían jugarle en contra si el magnate estadounidense decide buscar alguien más radical.
Ahí es donde entra Viktor Orbán, el autócrata húngaro que lleva años modelando su gobierno como un trampolín para la extrema derecha europea. Trump le ha devuelto el favor elogiándolo públicamente como un “gran hombre” y otorgándole el raro privilegio de dos visitas a Mar-a-Lago en 2024. Además, Budapest mantiene lazos con el círculo MAGA en Washington y ha aportado ideas para el «Proyecto 2025», el plan que diseñará el segundo mandato trumpista.
Sin embargo, Orbán podría haber cometido un error estratégico. Su apoyo a Rusia y China –dos objetivos que podrían estar en el radar de las sanciones trumpistas– podría volverse un problema. Además, su postura obstruccionista dentro de la UE lo convierte en un aliado incómodo para Trump si lo que busca es manipular la política europea sin generar conflictos directos con Bruselas.
LOS ASPIRANTES A INTERMEDIARIOS:
En la segunda línea de esta carrera están los líderes polacos del ultraconservador Partido Ley y Justicia, como Andrzej Duda y Mateusz Morawiecki, quienes han tratado de posicionarse como los mediadores ideales entre Europa y Trump. Morawiecki incluso afirmó que junto con Meloni formaría un «dúo perfecto» para canalizar los intereses europeos ante la Casa Blanca.
El problema es que Trump no los necesita tanto. Si bien Polonia es un aliado estratégico de EE.UU. en términos de defensa, la derrota del PiS en las elecciones parlamentarias y la inminente salida de Duda en mayo debilitan su peso en la geopolítica trumpista. La única esperanza de este sector es que en las elecciones polacas de mayo gane Karol Nawrocki, su candidato a la presidencia, quien podría seguir funcionando como un puente entre Varsovia y Washington.
Por otro lado, Nigel Farage sigue siendo el bufón fiel de Trump en Europa. El líder de Reform UK ha estado en cada gran evento de Trump y no pierde oportunidad de presumir de su relación con él. Sin embargo, Farage no es un jefe de Estado ni de Gobierno, lo que lo relega a un papel de animador en la política internacional. Peor aún, su reciente choque con Elon Musk –quien le retiró su respaldo por defender a un agitador ultraderechista británico– podría costarle influencia en el círculo trumpista.
Finalmente, en la categoría de pragmáticos se encuentra Mark Rutte, el ex primer ministro holandés y actual secretario general de la OTAN. A diferencia de los líderes de la extrema derecha, Rutte no comparte la ideología de Trump, pero ha sabido jugar bien sus cartas. En un encuentro reciente en Mar-a-Lago, el neerlandés le dejó claro a Trump que Europa sí aumentará su gasto en defensa, algo que el magnate busca desesperadamente.
Rutte no será un aliado ideológico, pero sí un negociador clave. Si Trump realmente quiere manejar Europa como un tablero de ajedrez, necesitará más a Rutte que a Farage.
A LA DERIVA
La pregunta clave es: ¿de verdad Trump necesita interlocutores en Europa o simplemente los manipula para imponer su agenda?
Hasta ahora, la relación del expresidente con la UE ha sido la de un depredador con su presa. Trump no busca aliados, sino subordinados. La obsesión de algunos líderes europeos por acercarse a él solo demuestra hasta qué punto el continente ha perdido su capacidad de actuar con autonomía.
Si algo queda claro con este ranking de «Trump-compatibilidad», es que la extrema derecha europea está dispuesta a someterse a cualquier mandato con tal de obtener el visto bueno del magnate. Mientras tanto, los líderes europeos tradicionales intentan sin éxito evitar que Trump termine de dinamitar lo poco que queda de unidad en la UE.
Quizás lo más preocupante no es quién será el “susurrador de Trump” en Europa, sino que haya tantos dispuestos a competir por el puesto.
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