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Mientras tres mujeres relatan la violencia sufrida por Alessandro Lequio, Telecinco lo premia con un sillón en su plató.
EL ESCÁNDALO QUE LA TELEVISIÓN NORMALIZA
Telecinco vuelve a demostrar que su negocio no es la información ni la ética, sino el espectáculo del silencio. Este lunes, Alessandro Lequio ha aparecido como colaborador en el programa ‘Vamos a ver’, apenas 24 horas después de que Antonia Dell’Atte denunciara en El País los malos tratos que sufrió durante su relación con él. Dell’Atte relató que “la primera patada que me dio Lequio, estando embarazada, fue a la vuelta de la luna de miel”, una frase que debería haber bastado para apartar de inmediato al colaborador de cualquier plató.
Pero no. Ni Mediaset ni la productora de Ana Rosa Quintana, Unicorn Content, consideraron oportuno suspender su participación. Todo lo contrario: lo sentaron de nuevo, lo enfocaron, lo legitimaron. Patricia Pardo, conductora del programa, le preguntó si quería responder a las acusaciones. Él se limitó a decir que había remitido el asunto a sus abogados. Caso cerrado. Sin repreguntas. Sin contexto. Sin responsabilidad.
Telecinco, una vez más, decidió proteger a su colaborador antes que a las víctimas.
El mensaje es nítido: la violencia machista se perdona si el agresor da audiencia.
Mientras los medios de comunicación progresan en el reconocimiento de las violencias de género, el canal de Fuencarral sigue atrapado en el paradigma del entretenimiento patriarcal, donde los abusadores se reciclan como “personajes polémicos” y las víctimas son tachadas de “resentidas” o “despechadas”.
TRES TESTIMONIOS QUE EL PLATÓ PREFIERE IGNORAR
Antonia Dell’Atte no es la única. En pocas semanas, tres mujeres han acusado a Lequio de comportamientos violentos, manipuladores y vejatorios.
A los relatos de Dell’Atte se suman los de Mar Flores y Sonia Moldes, ambas con nombres y apellidos, ambas con historias que apuntan a un mismo patrón: control, agresividad y utilización mediática.
Mar Flores explicó en Y ahora Sonsoles que Lequio vendió sin su consentimiento las fotografías íntimas que protagonizaron una portada de Interviú. En su libro Mar en calma, recuerda el engaño y la manipulación emocional: “Me dejé llevar porque estaba enamorada. Jamás pude sospechar su doble juego”.
Por su parte, Sonia Moldes fue aún más lejos. En De Viernes, declaró que Lequio habría llegado a grabar a mujeres con las que mantenía relaciones sexuales sin su consentimiento, utilizando una cámara instalada en el techo. “Con ese material algo bueno no pensaba hacer”, dijo. La frase hiela la sangre. Y sin embargo, Telecinco no se da por aludida.
El relato de Dell’Atte, archivado judicialmente en los noventa tras reconocerse las pruebas de los malos tratos, fue ridiculizado durante décadas por la prensa rosa. “Loca”, “mala madre”, “despechada”. Palabras que hoy suenan a las mismas estrategias de descrédito que se aplican a toda mujer que denuncia el poder masculino.
Dell’Atte resistió el linchamiento mediático y ahora exige a Telecinco que lo aparte. La respuesta ha sido un silencio televisado.
LA TELEVISIÓN COMO MÁQUINA DE IMPUNIDAD
Telecinco ha convertido la indiferencia en un formato rentable. Y Ana Rosa Quintana, lejos de desmarcarse, ha optado por la defensa paternalista del acusado.
Preguntada por las críticas, respondió: “Tiene edad suficiente para hacer lo que le parezca”.
Una frase que suena a indiferencia, pero que en realidad es complicidad.
Mientras tanto, la propia Dell’Atte le lanzaba un mensaje directo: “Tenéis pruebas suficientes para apartarlo del programa”. Pero en el ecosistema mediático de Ana Rosa, los maltratadores no son apartados, son invitados a opinar sobre la actualidad.
Se sientan en el plató, cobran su caché y siguen alimentando una cultura que premia el cinismo y castiga la memoria.
Telecinco ya tiene antecedentes: de Jorge Javier Vázquez defendiendo a Antonio David Flores, a la cobertura indulgente de los abusos y manipulaciones de figuras con poder mediático. Cada caso confirma lo mismo: el machismo no solo se tolera, se monetiza.
La violencia se recicla en audiencia, el trauma se convierte en contenido y las cadenas justifican la barbarie con el argumento de la “libertad de expresión”.
El feminismo lleva años denunciando que la televisión privada en España sigue operando bajo una lógica de impunidad masculina, donde las agresiones se negocian como contratos publicitarios. Las víctimas, por su parte, se enfrentan al doble castigo: el del agresor y el del plató.
Mientras tres mujeres relatan la violencia que sufrieron, un hombre acusado de maltrato sigue siendo tertuliano.
Esa es la imagen que Mediaset ha decidido proyectar al país.
Y ahí radica la verdadera obscenidad: no en las portadas de Interviú, sino en la indiferencia que Telecinco convierte en horario de máxima audiencia.
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