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Más de 50.000 muertos, más de 50 niños fallecidos por hambre, millones al borde de la inanición. Naciones Unidas acusa: la ayuda está siendo utilizada como arma militar.
LA DESNUTRICIÓN COMO MÉTODO: CUANDO EL HAMBRE SE PLANIFICA DESDE UN DESPACHO
Gaza no muere. La están matando. Con meticulosidad, con frialdad, con cálculo militar. No bajo el caos de una guerra, sino bajo un plan sistemático de estrangulamiento.
“La ayuda humanitaria se está convirtiendo en un arma al servicio de objetivos políticos y militares”, ha denunciado Philippe Lazzarini, máximo responsable de la UNRWA. Y no es una metáfora. Es literal. Lo que debía alimentar a niñas y niños se está utilizando como chantaje estratégico. Lo que debía curar, educar, sostener, se acumula a pocos kilómetros del horror, esperando permisos que no llegan nunca.
Según la ONU, más de 130.000 toneladas de alimentos están varadas en pasos fronterizos. Y cada camión bloqueado es una sentencia de muerte silenciosa. Un saco de harina cuesta ya 500 dólares. Los precios se han disparado más de un 4000%. Mientras tanto, UNICEF advierte que sus reservas alimentarias “casi se han agotado”.
¿El resultado? Más de 50 niñas y niños muertos por hambre. Y 71.000 menores de cinco años al borde de la desnutrición aguda. Lo ha confirmado el Comité de los Derechos del Niño de la ONU, que ha acusado a Israel de “obstrucción sistemática” y ha exigido que se permita el paso inmediato de suministros básicos. Porque impedir el acceso a alimentos es una violación directa del derecho internacional humanitario, un crimen al que están asistiendo sin parpadear gobiernos europeos, medios de comunicación y organismos que se dicen defensores de los derechos humanos.
No se trata de un exceso. Se trata de una política.
UN RÉGIMEN DE OCUPACIÓN QUE DISPARA A DIPLOMÁTICOS Y BOMBARDEA ESCUELAS
El lunes y el martes pasados, el ejército israelí volvió a demoler viviendas en Beit Sahur, Shu’fat y Nahhalin. Desde enero, los colonos han destruido más de 60 veces infraestructuras hidráulicas en Cisjordania, según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA). La guerra no es sólo Gaza. Es todo el territorio palestino ocupado. Es cada pueblo cercado, cada escuela derrumbada, cada comunidad pastora sin agua.
Y por si alguien dudaba del uso de la fuerza como norma, esta semana lo han vuelto a dejar claro: las fuerzas israelíes dispararon contra una delegación diplomática en las inmediaciones del campo de refugiados de Jenin. Lo denunció Roland Friedrich, director de UNRWA en Cisjordania, que alertó del uso sistemático de fuerza excesiva incluso contra civiles desarmados. Esto ya no es una “excepción”. Es una práctica.
En lo que va de 2025, han muerto 137 palestinos en Cisjordania sin que haya una guerra declarada. Una rutina de ocupación y exterminio a cámara lenta. Mientras Gaza se vacía de comida, Cisjordania se vacía de palestinos.
Y aún hay quienes hablan de “conflicto”. Como si las partes fueran equivalentes. Como si Gaza tuviera control sobre sus fronteras, sus puertos, su agua, su cielo. Como si no fuera el mayor campo de concentración a cielo abierto del siglo XXI, como denunció hace años el relator de la ONU Richard Falk. Hoy, la misma ONU dice que uno de cada cinco habitantes de Gaza se enfrenta a la inanición.
UNA MASACRE INFANTIL TELEVISADA EN SILENCIO: 50.000 MUERTOS Y LA COMUNIDAD INTERNACIONAL MIRA HACIA OTRO LADO
Más de 50.000 personas asesinadas desde octubre de 2023. La mayoría, mujeres y menores. Decenas de miles de heridos. Dos millones de personas encerradas sin agua, sin medicinas, sin comida. Y ahora también, sin voz.
A tres horas en camión de Rafah, esperan alimentos para 200.000 personas, medicinas para 1,6 millones y material básico para sobrevivir. Pero no entran. Porque Israel no lo permite. Porque nadie se atreve a presionar. Porque la vida de una niña palestina vale menos que un contrato de armas.
Y mientras tanto, en Israel, Netanyahu reconoce haber financiado a Hamás desde Catar para dividir la resistencia palestina. Lo dijo él mismo. Lo justificó como estrategia. Nadie le exigió explicaciones. Nadie detuvo el envío de armas. Nadie cortó relaciones.
Se llama genocidio. Y tiene patrocinadores.
El Comité de los Derechos del Niño ha sido explícito: no hay justificación posible. Ni jurídica ni moral. Los Estados tienen la obligación de actuar para detener lo que ya es una violación masiva y continuada de la Convención sobre los Derechos del Niño y de la Convención para la Prevención del Genocidio.
Y sin embargo, España sigue sin aplicar un embargo integral de armas. Lo ha pedido la relatora de la ONU, Francesca Albanese. Lo ha exigido Amnistía Internacional. Pero en Moncloa prefieren mirar a otro lado.
Porque no es sólo Gaza. Es el espejo en el que se refleja la deshumanización global. Si podemos permitir esto, si podemos tolerar que el hambre se use como castigo colectivo, ¿qué nos queda de civilización?
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