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El genocidio no se blanquea con votos en contra. Se desenmascara con gestos.
LOS QUE LLORAN POR UNA BANDERA PERO CALLAN POR LOS CADÁVERES
El 26 de mayo de 2025, la Organización Mundial de la Salud aprobó que la bandera palestina ondee junto al resto de Estados en su sede de Ginebra. No fue una decisión unánime ni mucho menos cómoda: 95 países votaron a favor, 27 se abstuvieron, y solo 4 —entre ellos Israel y Estados Unidos— se atrevieron a votar en contra. Qué casualidad que los mismos que sostienen el genocidio con armas y cheques sean los que tiemblen ante una bandera.
Una bandera no mata. No impone bloqueos. No bombardea escuelas. Pero molesta. Porque ondear la bandera palestina en un edificio internacional es reconocer, aunque sea tímidamente, que existe un pueblo que resiste mientras lo intentan borrar del mapa a golpe de misil teledirigido. Y eso es algo que ni la propaganda ni la maquinaria diplomática israelí consiguen digerir.
Desde 2023, Palestina tiene el estatus de Estado observador en la OMS. No puede votar. No puede decidir. Pero al menos puede sentarse. Ahora, también podrá levantar su emblema. Y eso, en este contexto, es más de lo que muchos países están dispuestos a permitir. Porque lo simbólico, cuando incomoda, se vuelve político. Y lo político, cuando señala a los asesinos, se convierte en peligroso.
LA CÁSCARA VACÍA DEL OCCIDENTE DEMOCRÁTICO
Los países que promovieron la medida —China, Pakistán, Irán, Nicaragua, Turquía, entre otros— no son santos. Pero tampoco lo son quienes la bloquearon. Estados Unidos lleva décadas vetando cualquier resolución de la ONU que cuestione a Israel, incluso aquellas que condenan asesinatos de civiles. Y lo hace con la bandera de los derechos humanos en una mano y un dron armado en la otra.
Lo obsceno es que Europa, esa Europa que se pavonea de civilización y valores, se escondió bajo la abstención. 27 países incapaces de asumir un gesto que, en cualquier otra causa, habrían celebrado con fuegos artificiales. ¿Dónde estaba Francia? ¿Dónde estaba Alemania? ¿Qué hizo España? Todos ellos callaron. Y el silencio, cuando arden hospitales pediátricos en Gaza, es complicidad.
La bandera palestina ondeará. Pero Palestina sigue sin derecho a decidir ni a defenderse. Es un Estado sin ejército, sin soberanía, sin control sobre sus fronteras, sin derecho a recursos, sin agua, sin tierra, sin aire. Pero con bandera. Y eso molesta más que cualquier misil de Hamás. Porque la bandera no se puede destruir con un ataque selectivo.
La reacción israelí no se ha hecho esperar: gritos de «politización», acusaciones de antisemitismo encubierto, amenazas veladas a la OMS. Los de siempre, repitiendo el guion de siempre. Pero esta vez, el guion ya no cuela. Cuando incluso la Corte Penal Internacional ha pedido la detención de Netanyahu por crímenes contra la humanidad, ya no hay discurso que oculte las ruinas de Rafah.
El mundo empieza a mirar, aunque sea con un ojo abierto y el otro tapado. Y a veces, levantar una bandera donde antes solo había silencio es más subversivo que cualquier discurso. Porque en un planeta donde se legitima el exterminio, izar la bandera de una víctima es un acto de insumisión.
Y eso, al poder, le aterra.
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