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Una operación sin combates, sin retorno y sin pretextos. Una maquinaria de expulsión planificada a plena luz del día.
EL DESPLAZAMIENTO QUE NO QUIEREN NOMBRAR
Hay cifras que son un puñetazo. Más de 30.000 palestinos y palestinas expulsados de sus hogares desde enero de 2025, en la mayor operación militar israelí en Cisjordania desde 2005. Ocurrió mientras el mundo miraba obsesivamente a Gaza tras un alto el fuego que Israel rompió dos meses después. Bajo esa cortina de humo, helicópteros Apache, bulldozers y vehículos militares arrasaron Nur Shams, Yenín y Tulkarem, tres campamentos de refugiados donde familias enteras llevan diez meses sin poder volver, durmiendo en mezquitas, escuelas, casas prestadas o centros caritativos.
La ONG Human Rights Watch acaba de poner el nombre jurídico a lo que cualquier mirada honesta llevaba meses intuyendo. No son daños colaterales. No es seguridad. Es desplazamiento forzoso sistemático. Es un crimen contra la humanidad.
Su informe de 105 páginas (“Todos mis sueños han sido borrados”) recoge 31 testimonios, coteja imágenes satelitales, revisa órdenes de demolición y analiza vídeos verificados. La conclusión es inequívoca: Israel ha destruido más de 850 edificios en solo tres zonas de destrucción masiva, y la cifra sube a 1.460 estructuras dañadas según análisis de la ONU del mes pasado. En los campamentos, reducidos hoy a esqueletos habitados por silencio y polvo, las excavadoras han abierto dos avenidas en forma de X para que los blindados circulen sin obstáculos. Un urbanismo militar de ocupación.
Lo más revelador es lo que no existe: combates. No los hay desde hace meses. Sin embargo, el ejército mantiene bloqueadas todas las entradas, dispara a quienes intentan regresar y permite, con suerte, que algunas familias recojan unas pocas pertenencias entre los cascotes. Para la investigadora de HRW, Nadia Hardman, la violación de la Cuarta Convención de Ginebra es completa: “No han hecho ni el esfuerzo de inventarse un pretexto”, afirma. Ni seguridad, ni protección de civiles, ni temporalidad. Solo expulsión.
Y aquí está lo más duro: un desplazamiento forzoso no necesita ser irreversible para constituir un crimen contra la humanidad, recuerda HRW. Basta con que sea deliberado, masivo y sin garantías. Aquí lo es.
La operación se llama Muro de Hierro. No es casualidad. Es el concepto acuñado hace un siglo por Zeev Yabotinsky, referente ideológico del actual Likud, que defendía ejercer un poder tan aplastante que los palestinos perdieran toda esperanza de resistencia. Es la columna vertebral del proyecto de Netanyahu.
Y cuando miras las ruinas de Nur Shams, entiendes que el muro del que hablaba Yabotinsky no era de piedra. Era psicológico.
EL MÉTODO: DE GAZA A CISJORDANIA, SIN DISIMULO
Israel lleva décadas exportando su doctrina militar entre territorios ocupados. Lo que ensayó en Gaza, lo replica ahora en Cisjordania, donde la ocupación se impone a través de tres herramientas: destrucción material, castigo colectivo y un mensaje político que no necesita traducción.
HRW recoge declaraciones de altos cargos que descartan cualquier duda sobre la intencionalidad. Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas y pilar del gobierno, habló sin rubor de convertir los campamentos en “ruinas inhabitables” y forzar a sus habitantes a “buscar una nueva vida en otros países”. Lo llamó emigración voluntaria, la neolengua de la limpieza étnica.
Israel Katz, ministro de Defensa, definió la ofensiva como la “primera lección del método”. Un método que empieza por expulsar a miles y sigue por rediseñar el territorio para hacerlo irrecuperable. Así se borran barrios enteros, historias, raíces.
Mientras, las y los desplazados de Nur Shams observan su campamento tras una valla metálica y un fusil apuntando. Las imágenes de EFE son casi insoportables: ancianos apoyados en muletas, menores llorando, familias enteras suplicando a soldados que no escuchan. Una población a la que no dejan volver a casa no es una población desplazada. Es una población secuestrada.
Human Rights Watch pide que el Tribunal Penal Internacional amplíe sus investigaciones y sume a este desplazamiento forzoso las órdenes de arresto contra Netanyahu y sus socios. Que investigue también a Katz, a Smotrich y a los mandos militares que ejecutaron la operación.
Lo previsible, dados los precedentes, es que Israel ignore. Pero ignorar no borra las huellas. Ni los escombros. Ni los abusos documentados. Ni las palabras registradas. Ni las coordenadas satelitales.
El silencio internacional es la coartada perfecta de los perpetradores. El satélite es la memoria perfecta de las víctimas.
Aquí, el mundo ya no puede fingir que no ha visto nada.
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