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El líder del PP intenta volver a hablar de economía mientras su partido se desangra entre Vox y la falta de rumbo.
EL MIEDO A VOX Y LA PÉRDIDA DE RUMBO
Alberto Núñez Feijóo está atrapado entre la ultraderecha y su propio desconcierto. Tras semanas centrado en los casos de corrupción del PSOE, el líder del PP intenta cambiar de tema para recuperar el control. Su nueva apuesta es volver a hablar de economía, concretamente de las cuotas de autónomos, con la esperanza de reconectar con unas clases medias que ya no creen ni en las promesas fiscales ni en los discursos del miedo.
En el Congreso, Feijóo quiso presentarse como el defensor de quienes “trabajan para vivir”, acusando al Gobierno de “crujir a los españoles”. Pero lo hizo en el peor momento: mientras el Fondo Monetario Internacional situaba a España como la economía avanzada que más crece por segundo año consecutivo, el PP trataba de convencer de que el país está al borde del colapso. Un giro desesperado disfrazado de estrategia.
Dentro del partido cunde el nerviosismo. Génova reconoce su impotencia para contener el ascenso de Vox, y los barones territoriales presionan para “volver a hablar de gestión”. Lo que antes era una maquinaria electoral perfectamente engrasada hoy parece un coche sin volante: ni consigue desmarcarse del discurso ultra ni encuentra un tono propio. Feijóo ha pasado de querer ser alternativa a limitarse a ser eco.
LA ECONOMÍA COMO ÚLTIMA TABLA DE SALVACIÓN
El PP prepara una ofensiva por la subida de las cuotas a los autónomos, pese a que fue el propio partido quien votó a favor del nuevo sistema de cotización en 2022. Ahora lo llama “sablazo fiscal” y lo presenta como la gran traición de Sánchez a las clases medias. En realidad, lo que busca Feijóo es un relato que no huela a derrota. Porque el terreno económico, aunque resbaladizo, al menos no lo comparte con los ultras.
Los estrategas de Génova lo tienen claro: en el barro de la inmigración o el populismo punitivo, gana Vox. Feijóo intenta así reconquistar el discurso económico clásico del PP, el de las rebajas fiscales y la meritocracia que nunca se cumple. Un discurso que ya no emociona ni a su propio electorado, cada vez más radicalizado o desmovilizado.
El plan consiste en presentarse como el defensor de las “clases medias exprimidas”, aquellas que ganan entre 35.000 y 40.000 euros al año y sienten que su esfuerzo no se traduce en bienestar. Pero el diagnóstico es el de siempre: culpar al Estado, nunca a las grandes fortunas ni a las empresas que han duplicado beneficios desde 2019 mientras los salarios apenas subían un 6%.
Feijóo promete “acabar con el saqueo”, aunque omite quién saquea realmente. Las patronales que presionan para mantener los sueldos bajos. Las eléctricas que multiplican beneficios. Las constructoras que inflan precios de vivienda. Los bancos que suben hipotecas mientras cierran oficinas. El PP nunca ha combatido ese saqueo: lo ha institucionalizado.
Su discurso se agota porque no tiene enemigos nuevos ni soluciones viejas que funcionen. Cada palabra contra Sánchez es un reflejo de su propia impotencia. Cada guiño a los autónomos suena a desesperación. Cada intento de parecer gestor sensato se desvanece ante el ruido ultra.
Feijóo no lidera la oposición. La sigue. Y cuando un político solo reacciona, deja de existir políticamente.
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