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Cuando se ataca el voto sin pruebas, no se busca justicia. Se busca poder.
NO ES UNA PREGUNTA, ES UN ATAQUE
Borja Sémper ha comparecido con su habitual pose moderada, su traje ajustado y su discurso de tertulia amable. Pero tras ese envoltorio de sensatez se esconde una estrategia peligrosa. El Partido Popular ha citado a comparecer en el Senado a Leire Díez, exdirectiva de Correos y militante socialista, alegando que «no se acusa, se pregunta». Una frase que, bajo su aparente inocencia, lanza una granada retórica: la insinuación de fraude sin aportar ni una sola prueba.
Lo que ha dicho Sémper hoy no lo ha dicho Vox. Lo ha dicho el Partido Popular. El mismo que gobierna varias autonomías, preside parlamentos y aspira a la Moncloa. No es un agitador de redes: es un partido de Estado cuestionando el sistema desde dentro.
La narrativa no es nueva. Se han empezado a escuchar las voces de su ala más ultra desde hace meses, esas que ven irregularidades en cada esquina si los resultados no les favorecen. Que insinúan que 2,5 millones de votos por correo son demasiados, que una trabajadora de Correos con carné del PSOE podría haber inclinado la balanza. Que no acusan, pero algo huele mal.
Así empezó Trump. Insinuando. No con pruebas, sino con ruido.
CUANDO PERDER NO ES UNA OPCIÓN, SE INVENTA UN RELATO
No necesitan demostrar nada. Solo necesitan que tú lo dudes. Esa es la estrategia: sembrar sospechas, dejar titulares en el aire, agitar redes sociales con preguntas malintencionadas. El PP no ha denunciado un caso concreto de fraude. Ha hecho algo más sibilino: ha sugerido que podría haberlo. Y eso basta para encender la mecha.
El trumpismo no entra con gorra roja. En España entra con corbata azul marino, y lo empuja un partido que se dice constitucionalista mientras cuestiona el fundamento básico de toda democracia: el voto libre.
Donald Trump también empezó así. Con declaraciones vagas, con acusaciones ambiguas, con teorías que ningún tribunal avaló. Y acabó con el asalto al Capitolio. Porque los relatos que deslegitiman el sistema, cuando calan, se transforman en acción directa. Y no siempre pacífica.
Hoy Sémper ha hecho lo mismo, pero con acento institucional y sonrisa de márketing político.
No es casual. El PP ve cómo Vox le disputa espacio, relato y músculo electoral. Sabe que el “sentimiento de agravio” moviliza más que cualquier plan de gobierno. Y no puede permitirse parecer débil ante sus votantes más radicalizados. Por eso escoge el terreno más fácil de ensuciar: el voto por correo. Un sistema técnico, opaco para el gran público, y perfecto para sembrar dudas sin consecuencias legales inmediatas.
No se trata de 2023. Se trata de preparar el terreno para las siguientes derrotas. De tener una excusa en la recámara. De poder decir, si pierden: “el sistema está amañado”. De crear un relato en el que si el PP no gana, es porque alguien ha manipulado las urnas.
EL TRUCO NO ES NUEVO: EL ECO SÍ LO ES
Ya no se compite solo con propuestas. Se compite con relatos virales. Y en ese juego, el PP ha decidido jugar sucio. No porque tenga pruebas, sino porque tiene altavoces. Porque sabe que lo importante no es demostrar nada, sino que la sombra de la duda se propague. Que los titulares hablen de “investigación”, aunque no haya delito. Que las redes se llenen de teorías, aunque no haya hechos.
Así se destroza la confianza pública. Así se normaliza la idea de que el adversario no gana porque convence más, sino porque hace trampas. Así se dinamita la democracia sin disparar un solo tiro.
Lo que hoy ha hecho el PP no va de Correos. Ni de una exmilitante del PSOE. Va de eso que los demócratas no deberíamos permitir nunca: utilizar la sospecha como herramienta electoral. Convertir una herramienta básica como el voto por correo en un arma arrojadiza. Y hacerlo desde las instituciones, con total impunidad.
El verdadero fraude no está en las urnas. Está en quien las desacredita sin pruebas para no asumir que perdió.
Porque cuando lo único que queda es el ruido, ya no hay democracia que resista.
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