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Quien presume de pulcritud en la política española debería primero limpiar su propia casa. Y revisar su álbum de fotos.
UN YATE, UNA HERENCIA Y MUCHOS SILENCIOS
Alberto Núñez Feijóo asegura sin rubor que en treinta años “jamás ha habido nadie de mi gobierno ni nadie de mi equipo imputado por corrupción”. Lo repite como un mantra, con la misma obstinación que quienes creen que basta con decirlo muchas veces para que sea verdad. Pero la historia es tenaz, y la hemeroteca no perdona.
En 1995, Feijóo fue fotografiado a bordo del yate de Marcial Dorado, un conocido contrabandista de tabaco que acabaría condenado por narcotráfico. La imagen, lejos de desmentirse, fue reconocida años después por el propio Feijóo, quien se justificó con una frase que hoy sería meme: “No sabía a qué se dedicaba”. Afirmación improbable en una Galicia donde todos sabían quién era Dorado y donde el poder político siempre tuvo buena memoria para lo que le conviene… y amnesia selectiva para el resto.
El caso Dorado no es una anécdota, es un símbolo. El símbolo de una forma de hacer política basada en la opacidad, en la confianza entre poder económico y estructura institucional, y en esa connivencia gallega que mezcla silencios, favores y despachos. El episodio debería haber bastado para retirar del tablero a cualquiera con dignidad democrática. Pero no. La amnesia colectiva siempre favorece a quienes más tienen que ocultar.
EULEN, NEPOTISMO Y HOSPITALES SOBRECOSTEADOS
Micaela Núñez Feijóo, hermana del líder del PP, ha ocupado cargos de alta dirección en Eulen, una de las empresas que más se benefició de contratos públicos sin concurso en Galicia durante el mandato de su hermano. Entre 2018 y 2024, Eulen recibió más de 31 millones de euros en adjudicaciones sin licitación previa. No consta ninguna investigación judicial al respecto. Pero la pregunta es otra: ¿cómo se puede presumir de integridad cuando el dinero público fluye hacia donde se sienta la familia?
La respuesta está también en lo que el propio Feijóo calla. El Consejo de Cuentas de Galicia detectó sobrecostes de más de 470 millones de euros en la construcción del Nuevo Hospital de Vigo (el Álvaro Cunqueiro), promovido bajo su presidencia. Una obra envuelta en polémicas por su modelo de gestión privada y sus múltiples fallos estructurales, que acabó convertida en emblema de una sanidad entregada al capital.
La fórmula se repite: intereses privados, dinero público, responsabilidades difusas.
Y mientras, medios como Xornal Galicia o El Plural han documentado la colocación en altos cargos de familiares y allegados del expresidente gallego: primas, cuñados, exsocios. No hay imputaciones, cierto. Pero sí hay una arquitectura de poder tejida desde el enchufe, el clientelismo y la obediencia ciega. Lo que en cualquier país serio se llamaría corrupción estructural sin necesidad de que intervenga un juez.
UNA ERA RODEADA DE CORRUPCIÓN
Feijóo puede alegar que su nombre no aparece en los sumarios, pero el contexto le delata. Entre 2009 y 2022, los años en los que fue barón intocable del PP, estallaron algunos de los mayores escándalos de corrupción de la democracia:
Gürtel, Papeles de Bárcenas, Púnica, Lezo, Kitchen, Taula, Nóos, Imelsa, Palma Arena, Brugal, Pokémon, Aquamed, Troya, Arena, Over Marketing, Auditorio (Murcia), Púnica-Murcia, Ecomasa, Tragsa-Galicia, Condor…
La lista es tan larga que necesitaría un sumario por sí misma. En muchos de estos casos, el PP se financió ilegalmente, manipuló concursos públicos o estableció tramas de saqueo institucional. Feijóo nunca rompió con esa herencia. Ni denunció, ni depuró, ni se apartó. Solo se apartó de las fotos.
Calló cuando estalló la Gürtel. Calló con los SMS de Rajoy a Bárcenas. Calló cuando se investigaba a Eduardo Zaplana. Calló mientras Esperanza Aguirre rodeaba de corrupción la Comunidad de Madrid. Calló cuando la Policía destruía pruebas en la Kitchen. Calló, siempre. Porque el silencio también es una forma de complicidad.
Quien presume de no tener mácula, debería empezar por dejar de ensuciar la inteligencia colectiva. Y si se mira al espejo, que no se le olvide: hay yates que no se hunden, pero sí embarran para siempre.
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Lleno da merda..
Pero entonces, que nos propones, que no castiguemos con nuestro voto, que hagamos un trágala, que perpetuemos y consintamos la corrupción?
Que tal salir a la calle y luchar. Que no todo es votar, más bien es lo más inútil que puedas hacer.
Desde Cadiz detrás de la barricada, que viva la lucha de la clase obrera!!!
Salud y anarkia