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Mientras la Policía carga tarde, los neonazis ocupan el centro de la capital con odio, fuego y símbolos franquistas.
LA CALLE COMO ESCENARIO DE IMPUNIDAD
El sábado por la noche, unos 700 ultras con estética paramilitar recorrieron el Paseo del Prado hasta el Congreso de los Diputados, gritando consignas racistas y antidemocráticas. Llevaban banderas con símbolos fascistas, uniformes negros, botas militares. Eran los miembros de Núcleo Nacional, el grupo neonazi que se define abiertamente como “fascista, nazi, franquista y falangista”.
Su lema del día era claro: “Europa para los cristianos”. Traducido al lenguaje del odio, eso significa expulsar a las personas migrantes, negar la diversidad, y reescribir la historia como si el fascismo fuera una opción política más.
La Delegación del Gobierno autorizó la manifestación. Y eso es lo más grave. Porque no hablamos de una simple marcha. Hablamos de una organización que ensalza el franquismo y el nazismo, delitos tipificados en el Código Penal. Que incita a la violencia contra minorías. Que se disfraza de movimiento político mientras reivindica abiertamente el genocidio y el terror.
¿Por qué se permite que el odio desfile por el corazón de la capital democrática de un Estado miembro de la Unión Europea?
La respuesta está en la cobardía institucional. Mientras los barrios obreros son reprimidos por defender una vivienda digna o por colgar una bandera palestina, los neonazis cuentan con permisos, escolta policial y espacio mediático. El doble rasero del Estado español se mide en porrazos y silencios.
EL ODIO ORGANIZADO Y LA PASIVIDAD DEL ESTADO
La marcha degeneró pronto en violencia. Contenedores quemados, motos tiradas, cubos reventados. Los agentes antidisturbios cargaron tarde, tras media hora de tensión. Tres detenidos, ningún herido grave.
No es la primera vez que Núcleo Nacional actúa así. Desde su fundación en 2023, ha protagonizado agresiones a manifestantes antifascistas, ataques a locales feministas y campañas de acoso contra periodistas. Su retórica es calcada a la de los movimientos neonazis europeos: Patrioten de Alemania, CasaPound en Italia, Génération Identitaire en Francia. Todos ellos financiados por redes internacionales que mezclan nacionalismo blanco, misoginia y negacionismo histórico.
En España, el grupo tiene como referentes a Isabel Peralta y Iván, su actual portavoz. Ella misma, procesada por enaltecimiento del nazismo, declaró este sábado que “si el PP estuviera en el Gobierno pasaría lo mismo”. Y tiene razón en algo: la extrema derecha crece porque nadie la combate con decisión.
Las instituciones se limitan a “vigilar” sus actos, sin ilegalizarlos ni cortar sus fuentes de financiación. La prensa los trata como folclore marginal. Pero no lo son. Son un proyecto político que aspira a tomar las calles, las redes y las conciencias. Lo saben, y por eso eligen escenarios simbólicos como el Congreso.
El recorrido del odio acabó en el barrio de Las Letras, convertido durante media hora en un campo de persecución. Las terrazas se llenaron de hombres rapados, atléticos, uniformados de negro. Los antidisturbios corrían sin saber quién era quién. El fascismo ya no se esconde: se confunde entre nosotros.
UNA DEMOCRACIA QUE TOLERA LO INTOLERABLE
No es casual que estos actos coincidan con el auge de discursos reaccionarios desde los propios parlamentos y platós. Cuando políticos y periodistas blanquean la xenofobia, otros se sienten legitimados para salir a la calle a practicarla. Cuando los tribunales absuelven a franquistas por “nostalgia”, los neonazis entienden que tienen vía libre.
Y cuando el Gobierno permite que marchas así se autoricen, se lanza un mensaje claro: el fascismo cabe en la democracia.
Pero no cabe. Porque el fascismo no debate, destruye. No opina, señala. No marcha, amenaza.
Y cada contenedor quemado, cada insulto racista, cada símbolo nazi ondeando en Madrid es una derrota colectiva.
Una sociedad que normaliza el odio en nombre de la libertad de expresión está confundiendo el derecho a hablar con el derecho a humillar y a matar.
El fascismo siempre empieza igual: con una marcha. Y si no se le frena ahí, acaba donde ya sabemos.
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