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Una mirada crítica sobre el poder, el silencio y la continuidad del franquismo en la España actual
Javier F. Ferrero
LA TRANSICIÓN COMO TRAMPA
La caída del régimen de Francisco Franco en 1975 abrió una fisura en el sistema político español, pero no supuso una ruptura real con sus estructuras de poder. Bajo la fachada del consenso, se estableció un pacto de supervivencia entre las élites franquistas recicladas y una oposición que aceptó el silencio sobre los crímenes del pasado a cambio de acceder al poder. Esa decisión estratégica —que fue más concesión que victoria— condicionó la vida democrática que vino después.
En lugar de afrontar una limpieza institucional, se optó por la amnesia. El resultado es que buena parte del aparato judicial, militar, policial y mediático siguió operando con la lógica del régimen precedente, aunque bajo otra apariencia. Las nomenclaturas cambiaron; la mentalidad, apenas. La derecha española no ha sido la heredera del franquismo que lo superó, sino la que lo domesticó para gestionarlo.
La impostura del “fin de la historia” en 1978 ocultó que muchas de las figuras que sustentaron la dictadura permanecieron intactas en su posición de influencia. El poder cambió de guion, pero no de reparto ni de escenario. Así, aquel modelo autoritario se convirtió en una “democracia vigilada”, donde el pluralismo existe como retórica, pero no como práctica comprometida.

EL PP Y LA NORMALIZACIÓN DEL SISTEMA
La Partido Popular (PP) representa el epítome de esa continuidad. Desde sus orígenes hasta la actualidad, ha sido el vehículo político que mejor ha sabido integrar el legado franquista en la democracia de mercado sin hacer del pasado un problema decisivo. Las figuras de su génesis, los estilos de gestión y la obsesión por el poder estable —por encima del conflicto social o de la redistribución— muestran que el PP no es el advenimiento de una derecha liberal moderna, sino la prolongación de la derecha tradicional autoritaria adaptada.
El ascenso de Alberto Núñez Feijóo al liderazgo nacional del PP en 2022 marca una etapa de consolidación de ese paradigma. Nacido en Galicia, civilizado en la forma pero férreo en el fondo, Feijóo llega a la arena política con el discurso del “gestor tranquilo”, de la moderación aparente, mientras mantiene intacta la matriz centralista y conservadora del partido.
Su gestión en la autonomía gallega, junto a su perfil técnico, le permitieron crear la ilusión de una derecha “seria”, olvidadiza del pasado y orientada al futuro. Pero ese barniz no oculta que su política —y la del PP en general— encaja con la lógica del poder autoritario: jerárquico, impermeable al cambio profundo, temeroso de la movilización obrera y social, y al servicio del gran capital.

LA MEMORIA, EL OLVIDO Y LA IMPUNIDAD
La impunidad es el otro nombre del olvido consentido. Mientras en otros países europeos se establecieron comisiones de verdad, tribunales específicos o procesos de revisión histórica, en España la narrativa oficial invitó a “no remover” el pasado para asegurar la estabilidad. Esa negociación con lo que quedó sin sancionar provocó que las víctimas quedaran desprotegidas y las estructuras siguieran funcionando.
La ley de memoria histórica, sus modificaciones y vacíos evidencian este problema estructural. Y el PP, con la aquiescencia de sus dirigentes, ha contribuido a ese borrado o relativización del franquismo. La reforma de la llamada “ley de concordia” en varias comunidades autónomas es ejemplo de ello: se presenta como reconocimiento de “todas las víctimas”, pero en realidad es una maniobra para diluir la responsabilidad del franquismo como régimen dictatorial.
Feijóo y su partido han evitado una condena plena al franquismo. Más aún: han transformado su forma de actuar para que el control social sea menos visible pero igualmente efectivo. Ya no se necesitan tanques ni censores, basta con la precariedad, con la ley mordaza digital, con la privatización de lo público. “Autoritarismo neoliberal” se podría llamar a esta forma: mezcla de capitalismo salvaje con disciplina social.

LA OBEDIENCIA, LA UNIDAD Y EL PODER ¿LIBERAL?
La derecha española ha centrado buena parte de su discurso en la idea de que la libertad reside en el mercado, no en la democracia plural. Esa libertad —la del capital— se impone a la del ciudadano. Los sindicatos, el feminismo, el movimiento vecinal se convierten en molestias. La obediencia reemplaza al debate. La unidad de la patria se coloca por encima de la justicia social.
La cultura del orden, tan típica del franquismo, vuelve a ser central. Feijóo habla de “seguridad”, “empleo”, “gestión”, y elige el tono del moderado. Pero su política refuerza el poder de los poderosos. Los recortes en sanidad, el avance de la privatización, el debilitamiento de las libertades… todo ello forma parte del guion. Uno de los análisis señala que en Galicia la sanidad pública sufrió recortes del 8,6 % en sus primeros años de mandato del PP de Feijóo.
El poder autoritario del siglo XXI no necesita exhibirse. Bastan las puertas giratorias, las empresas amigas, los contratos públicos opacos, la influencia mediática. Así se mantiene “el sistema”. Y cuando alguna voz se alza, se le responde con campañas, judicialización o marginación; las armas del franquismo se han vuelto más sutiles, pero siguen operando.

POR QUÉ IMPORTA ESTE ANÁLISIS
No se trata de demonizar a la derecha por la derecha: es cuestionar una continuidad histórica que define las líneas rojas de lo posible en España. Mientras la derecha siga defendiendo una versión de la democracia que excluye a la clase trabajadora, que identifica el disenso con el desorden y que confunde autoridad con dictadura leve, no estaremos ante una democracia plena.
Feijóo es el síntoma, no la causa. Es la forma que adopta un sistema que ha preferido conservar su germen más autoritario en vez de transformarse. Y mientras esa semilla siga activa, el proyecto democrático se queda cojo: con libertades formales, pero sin redistribución real; con banderas, pero sin justicia social; con himnos, pero sin memoria.
La derecha nunca soltó el legado autoritario del franquismo. Lo adaptó. Lo invisibilizó. Y lo ha convertido en un fantasma que domina desde el silenciamiento más que desde el exterminio.
No basta con cambiar de rostro. Es necesario cambiar de régimen.
Fuentes
Preston, Paul. El gran manipulador: la mentira cotidiana de Franco. Debate, 2008.
Juliá, Santos. Transición. Historia de una política española (1937-2017). Galaxia Gutenberg, 2017.
Tusell, Javier. La Transición española. Taurus, 1996.
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Concordaba moito no ton e no contido da análise.
Até que petei contra a perla ideolóxica
«Nacido en Galicia, civilizado en la forma pero férreo en el fondo»
Isto é, que neste autor máis de Spanish que de Revolution.
Why not rather Ferrero’s Fodechinchal Revolution?