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Dedicamos una carta a Luis del Pino porque no es un opinador cualquiera. Cuando alguien con su influencia y alcance utiliza su plataforma para blanquear crímenes de guerra documentados por la ONU y desacreditar a las víctimas, su mensaje deja de ser una provocación para convertirse en un acto consciente de propaganda al servicio de la barbarie.
Luis, lo suyo no es una opinión: es la voz prestada de un régimen que está siendo investigado en la Corte Internacional de Justicia por genocidio y en la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra. No es un debate de matices: usted niega un genocidio en curso mientras repite, punto por punto, el argumentario oficial de un Estado que ha convertido Gaza en un laboratorio de exterminio a cielo abierto. Y no lo hace en silencio, sino desde un altavoz público, con la arrogancia de quien se cree impermeable a la historia.
Es algo encaja perfectamente en su currículum. No sorprende que alguien que ha hecho carrera al calor de Federico Jiménez Losantos en la COPE, que pasó dos décadas en Libertad Digital y que dirigió durante quince años un programa llamado Sin complejos en esRadio acabe recalando en Intereconomía y El Toro TV. De ahí a un canal de Youtube, para seguir vendiendo el mismo producto: propaganda ideológica disfrazada de información. Tampoco sorprende en quien se hizo conocido por encabezar la plataforma de los Peones Negros, alimentando teorías conspirativas sobre el 11-M que durante años sirvieron para socavar una sentencia judicial firme y blanquear un relato político. Usted ha hecho del negacionismo y de la manipulación su marca personal, y ahora simplemente aplica la misma receta a Gaza: sustituya “atentados” por “genocidio” y el mecanismo es idéntico.
Hay quien vive de contar la verdad, y hay quien, como usted, ha hecho fortuna fabricando mentiras que matan dos veces: primero la vida, luego la memoria.
Porque usted asegura que en Gaza “no hay genocidio” y que todos los crímenes enumerados han sido cometidos por Hamas. Entonces, ¿qué son las decenas de informes de la ONU que documentan bombardeos indiscriminados sobre barrios enteros, la demolición sistemática de hospitales y escuelas, la ejecución extrajudicial de familias completas, la utilización del hambre como arma de guerra? ¿Qué son las decenas de miles de muertos (la mayoría mujeres y menores) que Naciones Unidas y organizaciones como Human Rights Watch y Amnistía Internacional han constatado? ¿Todos son terroristas en su mente? ¿Qué son los soldados israelíes abriendo fuego contra civiles desarmados en las colas del hambre?
Lo suyo no es desconocimiento: es una elección consciente. Elegir negar, tergiversar y culpar siempre a la víctima forma parte de un guion muy viejo. Es el guion que ya ejecutó el franquismo durante cuarenta años, el que se aplicó con el apartheid sudafricano, con las dictaduras latinoamericanas o con el colonialismo más brutal: silenciar la evidencia, desacreditar a los testigos y etiquetar de “propaganda” todo lo que no encaja en el relato oficial. La única novedad es que ahora el escenario se llama Gaza, y la sangre que usted decide ignorar está fresca.
El negacionismo no es una opinión: es la coartada de los verdugos.
Y no está solo. Siempre hay quien sale en defensa de gente como usted. Hay comentaristas, tertulianos, políticos y tuiteros que comparten su negacionismo, que lo aplauden en privado y lo replican en público, convencidos de que alinearse con la potencia ocupante les coloca del lado “correcto” de la geopolítica. No entienden (o no quieren entender) que defender a quien bombardea campos de refugiados no es neutralidad: es complicidad. Y que cada tuit como el suyo no es una opinión más, sino un ladrillo en el muro que pretende aislar la verdad.
Usted se refugia en la acusación de antisemitismo como comodín universal, mezclando a propósito la crítica legítima a un Estado con el odio étnico o religioso. Esa confusión interesada es parte del blindaje de la impunidad: si cualquiera que denuncia el genocidio es tachado de antisemita, el debate se cierra y los crímenes continúan sin obstáculos. Pero la sociedad española no es tan fácil de domesticar como usted cree. Por eso miles salen cada semana a las calles a exigir un embargo de armas, el fin de la ocupación y justicia para las víctimas palestinas.
La historia no recuerda a los negacionistas como valientes, sino como notas al pie en el libro de la infamia.
Dice que, “afortunadamente”, la sociedad española no es como nosotros. Y tiene razón: es mucho mejor que usted. Porque en este país aún hay decenas de miles de personas que saben reconocer el horror cuando lo ven, y que no están dispuestas a callar aunque se les insulte, amenace o intente desacreditar.
Puede seguir ondeando banderas y repitiendo lemas mientras Gaza arde. Puede seguir sintiéndose orgulloso de que algunos le defiendan como si fuera un “valiente” por decir lo que dice. Pero ese orgullo es prestado y frágil: el día que se juzguen estos crímenes, su nombre quedará inscrito en la lista de quienes no solo miraron hacia otro lado, sino que ayudaron a encubrirlos. Y en esa lista, la historia no concede medallas. Concede vergüenza eterna.
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