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Mientras Gaza arde, Berlín calla. Alemania justifica con memoria lo que hoy es complicidad.
ENTRE LAS RUINAS Y EL AUTOENGAÑO
En el Museo Bode de Berlín, un pequeño cuadro de 1920 concentró durante semanas más verdad que todos los discursos del Bundestag. «Angelus Novus», el ángel de Paul Klee que Walter Benjamin describió como empujado de espaldas hacia el futuro mientras contempla una catástrofe que crece ante sus ojos, se convirtió sin saberlo en la metáfora de una nación entera: Alemania no camina hacia el porvenir, sino que es arrastrada por su culpa mal digerida, sin mirar la devastación actual que colabora en provocar.
Mientras la franja de Gaza ya no era una franja: era un cementerio. Más de 18.500 niños asesinados en 22 meses. Más de 200 periodistas. Más de 1.400 trabajadores y trabajadoras sanitarias. Familias enteras borradas. Y Alemania, en silencio o peor: enviando armas, bloqueando condenas, recibiendo con honores a criminales de guerra.
La política alemana no solo ha perdido la brújula moral. La ha intercambiado por un cinismo estructural, una diplomacia que se enreda entre la «Staatsräson» (esa doctrina no escrita que convierte la defensa de Israel en un principio de Estado) y una realidad que la supera: el Estado israelí no se defiende, extermina.
Lo dijo sin rodeos Friedrich Merz, canciller desde abril, cuando justificó los ataques israelíes contra Irán con una frase que define la podredumbre de fondo: “Hacen el trabajo sucio por todos nosotros”. ¿Quiénes somos «nosotros»? Europa, la OTAN, el bloque occidental. Es decir: el mundo que predica democracia mientras subcontrata el horror.
LA CULPA COMO COARTADA PARA LA BARBARIE
Alemania es el segundo mayor proveedor de armas a Israel. No son solo fusiles o drones. Es la legitimación internacional, la impunidad diplomática, el blindaje ante cualquier consecuencia. Y todo esto se hace en nombre del Holocausto, como si la memoria de los seis millones de judíos exterminados pudiera justificar la complicidad con un nuevo genocidio.
Cuando Sudáfrica denunció a Israel por genocidio ante la Corte Internacional de Justicia, Alemania se posicionó en contra antes siquiera de escuchar los argumentos. Su ministra de Exteriores dijo que “no se ve intención genocida”. ¿Por qué entonces en el caso de los rohingyas en Birmania, Alemania sí intervino a favor de una interpretación menos exigente de esa «intención»? Porque los crímenes, cuando no los cometen aliados, se llaman por su nombre.
El colmo de la hipocresía llegó cuando Alemania se comprometió a detener a Putin si pisaba su territorio, pero recibió en marzo a Netanyahu con la alfombra roja, pese a la orden de arresto dictada por el Tribunal Penal Internacional. Dos criminales, dos varas de medir. Porque hay verdugos tolerables y otros que no lo son, y la diferencia no la marcan los crímenes sino los intereses.
Mientras tanto, dentro del propio país, la represión se intensifica. Las protestas propalestinas son criminalizadas, y las y los jóvenes de origen árabe o musulmán son los primeros en ser silenciados. Se invoca el pasado para justificar la censura del presente. Se apela al «Nunca Más» mientras se impide nombrar el genocidio.
Y, sin embargo, algo se mueve. Un estudio de la Fundación Bertelsmann ha mostrado que el apoyo popular a Israel ha caído a solo el 36%, diez puntos menos que en 2021. La mayoría de la sociedad alemana ya no compra el relato oficial. La diversidad creciente del país, con un 25% de su población con raíces migrantes —muchas de ellas del mundo árabe— está desbordando los márgenes del discurso establecido. Ya no es minoritaria la voz que dice: si la memoria sirve para justificar crímenes, no es memoria, es arma.
La imagen de las ruinas de Dresde, tan utilizada en los manuales escolares para ilustrar la barbarie de la guerra, encuentra hoy su reflejo en Gaza. Pero esa asociación está prohibida en Alemania. No por respeto a las víctimas, sino por conveniencia de los verdugos.
El ángel de Benjamin sigue mirando hacia atrás, contemplando la pila creciente de escombros. Alemania, con él, continúa caminando de espaldas hacia el futuro. Pero ya no por culpa. Por elección.
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