13 Jul 2026

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Vallejo-Nájera: el Mengele español que la democracia siguió condecorando
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Vallejo-Nájera: el Mengele español que la democracia siguió condecorando 

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El Estado mantuvo hasta 2026 una de sus máximas distinciones sanitarias al psiquiatra franquista que convirtió a personas presas en cobayas y disfrazó la represión de ciencia.

Antonio Vallejo-Nájera murió el 25 de febrero de 1960, pero el Estado español continuó premiándolo durante décadas. La dictadura le había concedido la Gran Cruz de la Orden Civil de Sanidad, una de las mayores distinciones públicas del ámbito sanitario. La democracia heredó aquel homenaje, lo conservó y necesitó más de medio siglo para plantearse retirarlo.

El 3 de julio de 2026, Pedro Sánchez anunció que el Consejo de Ministros tramitaría la retirada de la condecoración. El gesto es necesario. También llega tarde. No estamos ante un vestigio escondido en un archivo, sino ante un reconocimiento oficial mantenido durante 51 años de democracia.

Vallejo-Nájera no fue un médico que cometió algunos excesos al calor de una guerra. Fue jefe de los Servicios Psiquiátricos del ejército franquista, coronel, ideólogo del régimen y responsable de investigaciones concebidas para demostrar una conclusión política decidida de antemano: que las personas marxistas, republicanas y defensoras de la igualdad eran mentalmente inferiores.

La psiquiatría no fue para él una herramienta de cuidado. Fue un uniforme más.

LA PSEUDOCIENCIA AL SERVICIO DEL EXTERMINIO POLÍTICO

El 10 de agosto de 1938, Vallejo-Nájera pidió autorización a Franco para crear el Gabinete de Investigaciones Psicológicas de la Inspección de Campos de Concentración de Prisioneros de Guerra. La aprobación llegó el 23 de agosto, apenas 13 días después. Su misión oficial consistía en investigar las supuestas “raíces biopsíquicas del marxismo”.

La expresión ya contenía la condena. El marxismo dejaba de ser una posición política para convertirse en una anomalía biológica. La militancia republicana pasaba a presentarse como síntoma de degeneración. El adversario ya no era alguien con derechos e ideas diferentes, sino un organismo enfermo que debía ser aislado, corregido o eliminado.

Para fabricar pruebas, el equipo dirigido por Vallejo-Nájera utilizó como sujetos de estudio a 297 integrantes de las Brigadas Internacionales encarcelados en el campo de concentración de San Pedro de Cardeña, en Burgos. Personas derrotadas, recluidas y sometidas a la autoridad militar fueron fotografiadas, interrogadas, medidas y obligadas a realizar pruebas psicológicas. No existía consentimiento posible entre alambradas.

También seleccionó a 50 presas republicanas de la cárcel de Málaga. 30 de ellas estaban condenadas a muerte. Vallejo-Nájera las estudió para sostener que las mujeres vinculadas a la izquierda eran crueles, inestables, intelectualmente inferiores y sexualmente desviadas. Su trabajo fue publicado en mayo de 1939 bajo el título Psiquismo del fanatismo marxista. Investigaciones psicológicas en marxistas femeninos delincuentes.

No investigó para descubrir. Investigó para condenar.

Sus escritos mezclaban misoginia, militarismo, nacionalcatolicismo y eugenesia. Presentaban a las mujeres como seres próximos a la infancia y a la animalidad, defendían su sometimiento al matrimonio y reducían su función social a la reproducción. La República había ampliado derechos, presencia pública y autonomía femenina. El franquismo necesitaba convertir aquella emancipación en enfermedad.

Vallejo-Nájera aportó la bata blanca. La Iglesia, la moral. El Ejército, las cárceles.

Su eugenesia no imitaba exactamente el modelo nazi de esterilización masiva. Adaptaba la higiene racial al catolicismo español. Defendía favorecer la reproducción de quienes consideraba “selectos”, abandonar a las personas débiles y separar a las niñas y los niños de familias republicanas para evitar una supuesta contaminación ideológica.

El llamado “gen rojo” nunca existió. Las prisiones, las ejecuciones y los menores arrancados a sus familias sí.

UNA DEMOCRACIA QUE HEREDÓ TAMBIÉN LOS HONORES

Las teorías de Vallejo-Nájera contribuyeron a justificar la separación de menores de sus madres encarceladas y su reeducación en instituciones franquistas, falangistas o religiosas. El 14 de diciembre de 1941, el régimen aprobó una norma que facilitaba el cambio de apellidos de menores cuyos progenitores no podían hacerse cargo de ellos, una categoría especialmente útil cuando el propio Estado había encarcelado, ejecutado o hecho desaparecer a esas familias.

No puede atribuirse a un solo psiquiatra toda la trama de sustracción de menores desarrollada durante la dictadura. Pero tampoco puede borrarse su responsabilidad intelectual. Vallejo-Nájera proporcionó una legitimación pseudocientífica para tratar a las hijas y los hijos de las personas republicanas como material humano disponible para el Estado.

El régimen recompensó sus servicios. Ocupó posiciones centrales en la psiquiatría española, dirigió instituciones, publicó decenas de obras y se convirtió en una autoridad académica. La dictadura no lo apartó por falsear la ciencia. Lo ascendió precisamente porque sus falsedades resultaban útiles.

Después llegó la democracia y el honor permaneció.

La Ley de Memoria Democrática de 2022 obliga a revisar y retirar las distinciones incompatibles con los valores democráticos, especialmente cuando fueron concedidas a personas que formaron parte del aparato represivo franquista. Pese a ello, Vallejo-Nájera conservó hasta 2026 una Gran Cruz destinada a reconocer aportaciones relevantes o excepcionales a la sanidad.

La retirada anunciada no borra esa continuidad. La confirma.

Durante décadas, las víctimas y sus familias tuvieron que demostrar una y otra vez lo que les hicieron. Mientras tanto, el Estado seguía reconociendo al hombre que había ayudado a convertirlas en seres inferiores sobre el papel. La Transición permitió votar, pero dejó demasiadas medallas en los mismos pechos.

También conviene desconfiar de la cómoda etiqueta de “Mengele español”. La comparación ayuda a expresar la dimensión moral de sus actos, pero puede servir para presentar el franquismo como una copia menor del nazismo o a Vallejo-Nájera como un monstruo excepcional. No lo fue. Trabajó dentro de una maquinaria formada por militares, médicos, jueces, funcionarios, sacerdotes y responsables políticos.

No actuó a espaldas del Estado. Actuó porque el Estado lo autorizó, le entregó personas presas, publicó sus resultados, aplicó sus ideas y lo condecoró.

Retirar la Gran Cruz en 2026 es lo mínimo. Explicar por qué continuó vigente durante 51 años de democracia es la tarea incómoda que todavía queda pendiente.

El franquismo utilizó la medicina para perseguir a quienes pensaban diferente; la democracia utilizó el silencio para conservar intacto el prestigio de sus verdugos.

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