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Cuando la derecha empieza a hablar de “pucherazo” antes de votar, no está defendiendo la democracia: está preparando la coartada para no aceptar el resultado.
LA MENTIRA DEL PUCHERAZO YA TIENE SEDE EN GÉNOVA
Lo que está haciendo el PP con sus bulos sobre el proceso electoral no es nuevo, ni brillante, ni siquiera original. Está calcado del manual que Donald Trump activó en 2020 en Estados Unidos y que Jair Bolsonaro agitó en 2022 en Brasil: sembrar sospechas antes de que ocurra nada, convertir derechos en amenazas, presentar a quienes votan como material sospechoso y dejar flotando la idea de que solo hay democracia cuando gana la derecha.
Ahora el objetivo es el voto exterior, la llamada “ley de nietos” y el crecimiento del censo de personas españolas residentes fuera. Feijóo no necesita decir “pucherazo” con todas las letras para jugar a eso. Le basta con hablar de “ingeniería electoral”, insinuar que el Gobierno está fabricando votantes y colocar bajo sospecha a cientos de miles de personas que han recuperado la nacionalidad por vías legales. El País señala que el PP ha cuestionado el voto de más de 300.000 nuevos ciudadanos registrados al amparo de la Ley de Memoria Democrática y ha extendido dudas sobre el trabajo de funcionarias, funcionarios y personal diplomático encargado de tramitar peticiones de 2,45 millones de descendientes.
La maniobra es vieja: no se acusa con pruebas, se intoxica con sombras. No se demuestra fraude, se pronuncia la palabra “control”. No se impugna una irregularidad concreta, se ensucia el conjunto. Y luego, cuando alguien señala el parecido con Trump, fingen escándalo. Qué casualidad. Hacen trumpismo electoral de manual y se molestan cuando se les llama trumpistas.
Vox ha ido todavía más lejos y ha pedido a la Junta Electoral Central que se prive del voto por correo a las personas españolas residentes en el extranjero, lo que afectaría a 2,7 millones de ciudadanas y ciudadanos inscritos en el CERA. La alternativa sería obligarles a votar presencialmente en consulados, algo imposible para muchísima gente por distancia, costes y falta de oficinas cercanas. No quieren más garantías: quieren menos votantes.
La derecha española sabe perfectamente lo que hace. No está denunciando un agujero probado del sistema. Está construyendo una narrativa. Una historia simple, venenosa y útil: si votan personas migrantes, descendientes de exiliadas y exiliados, gente trabajadora que vive fuera o ciudadanía que no cabe en su caricatura nacional, entonces el voto ya no vale igual. Ese es el fondo. El mismo nacionalismo de siempre, pero con barniz administrativo.
Y conviene decirlo claro: atacar el voto exterior no es una defensa de España. Es una agresión contra españolas y españoles. Contra quienes tuvieron que marcharse, contra quienes nacieron fuera por la historia brutal de este país, contra descendientes de quienes huyeron de la miseria, de la represión o del exilio. La derecha que se envuelve en la bandera vuelve a usar la bandera como filtro de clase. Español, sí. Pero solo si vota como ellos quieren.
TRUMP, BOLSONARO Y EL MANUAL DEL PERDEDOR QUE ENSUCIA LAS URNAS
Trump lo hizo en 2020. Antes, durante y después. Primero cuestionó el voto por correo. Luego denunció fraude masivo sin pruebas. Después perdió. Y cuando perdió, convirtió la mentira en combustible político hasta desembocar en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. Reuters recordó que los tribunales desestimaron más de 50 demandas de Trump y sus aliados sobre supuesto fraude o irregularidades, mientras responsables de seguridad electoral de Estados Unidos calificaron aquellas elecciones como las más seguras de la historia del país.
La Associated Press revisó los seis estados que Trump puso en el centro de sus acusaciones y encontró menos de 475 posibles casos entre más de 25 millones de votos emitidos. No daba ni para cambiar un resultado menor. Mucho menos unas presidenciales. Pero la mentira no necesitaba ganar en los juzgados. Le bastaba con ganar en la cabeza de millones de personas. Ese es el truco. El bulo electoral no busca probar nada: busca que una parte del país deje de aceptar la realidad.
Bolsonaro siguió el mismo camino en Brasil en 2022. Durante meses cuestionó el sistema de voto electrónico, alimentó sospechas contra las instituciones electorales y convirtió su derrota frente a Lula en una supuesta conspiración. El Tribunal Superior Electoral certificó la victoria de Lula el 12 de diciembre de 2022, frente a los bulos que hablaban de elección anulada o fraude inexistente. Incluso el informe militar brasileño no encontró pruebas de fraude, pese a las expectativas de los sectores bolsonaristas que buscaban una excusa para desconocer el resultado.
El patrón es idéntico. Primero: se señala un mecanismo de voto como sospechoso. Allí fue el voto por correo o la urna electrónica. Aquí, el voto exterior. Segundo: se acusa sin pruebas, pero con palabras suficientemente ambiguas para no pagar el coste jurídico de una mentira directa. Tercero: se exige “más control”, que casi siempre significa menos derechos. Cuarto: se prepara a la militancia para creer que una derrota solo puede explicarse por una trampa.
Esto no es una anécdota de campaña. Es una degradación deliberada de la convivencia democrática. Las y los dirigentes del PP saben que España tiene una administración electoral garantista, con juntas electorales, interventoras e interventores, apoderadas y apoderados, mesas, escrutinio público, recursos y controles. Lo saben. Precisamente por eso no presentan una prueba sólida. Porque no están intentando corregir un fallo. Están intentando instalar una sospecha.
Hay algo especialmente miserable en todo esto. La derecha que durante años se ha llenado la boca hablando de “constitucionalismo” ahora juega a dinamitar la confianza en el proceso electoral cuando cree que puede sacar rédito. La derecha que acusa a todo el mundo de romper España está dispuesta a romper la confianza básica en las urnas si eso le sirve para movilizar miedo. Patriotas de cartón. Institucionalistas de temporada. Demócratas solo con viento a favor.
Y no, no son originales. Ni siquiera en la mentira. Importan el producto ya probado por Trump y Bolsonaro, lo traducen al castellano, le ponen tertulia, editorial, ruido en redes y cara de preocupación responsable. Pero debajo está lo mismo: si la ciudadanía no les entrega el poder, cuestionan a la ciudadanía.
Eso no es democracia vigilante. Es autoritarismo con traje de domingo.
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El PP copia el manual de Trump y Bolsonaro para ensuciar las urnas
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