15 Jun 2026

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Israel saboteará la paz entre Irán y EE.UU. porque necesita que la guerra no termine
DESTACADA, INTERNACIONAL

Israel saboteará la paz entre Irán y EE.UU. porque necesita que la guerra no termine 

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Netanyahu convierte Líbano, Gaza e Irán en piezas de una misma maquinaria de ocupación, mientras Washington finge descubrir ahora al monstruo que lleva décadas alimentando.

ISRAEL NO QUIERE PAZ, QUIERE IMPUNIDAD

La Casa Blanca empieza a temer algo que debería haber entendido hace mucho. El mayor obstáculo para un acuerdo entre EEUU e Irán no está necesariamente en Teherán. Está en Tel Aviv. Está en un Gobierno israelí que actúa como si Oriente Medio fuera una extensión de sus delirios territoriales y como si cada negociación internacional tuviera que pasar antes por el despacho de Benjamín Netanyahu.

El 14 de junio, mientras Washington y Teherán intentaban cerrar un memorando de paz, Israel volvió a bombardear el sur de Beirut. Hubo al menos tres muertos y seis heridos. No fue un error. No fue una operación aislada. Fue un mensaje. Israel estaba diciendo que ningún acuerdo le sirve si no responde a sus intereses, si no tumba al régimen iraní, si no le deja seguir ocupando Líbano, si no convierte cada frontera en una trinchera permanente.

Trump, que no es precisamente un militante pacifista, llegó a decir que el ataque israelí sobre Beirut “no debería haber ocurrido” y pidió a Netanyahu que detuviera los bombardeos. La escena tiene algo de grotesco. El pirómano pidiendo moderación al incendio. Pero también revela una grieta: Washington necesita ahora vender un acuerdo con Irán y Netanyahu necesita sabotearlo. Porque para el primer ministro israelí la guerra no es un accidente. Es su respirador político.

Desde abril, Israel viola una y otra vez el alto el fuego en Líbano. Hace apenas una semana se había comprometido ante Trump a frenar la escalada militar. Hizo lo contrario. Aceleró. Bombardeó. Destruyó. Enseñó los dientes. El objetivo es evidente: dejar claro que en la región manda Israel, incluso cuando EEUU intenta ordenar el tablero que él mismo ha financiado, armado y protegido durante décadas.

El precedente está en Gaza. En octubre pasado se alcanzó una especie de acuerdo de paz auspiciado por Trump. Sirvió para detener las matanzas a gran escala, pero no para acabar con el horror. Desde el inicio de la invasión israelí en octubre de 2023, la Franja acumula más de 73.000 personas muertas, entre ellas 21.000 niñas y niños. Las cifras no son contexto. Son una acusación. Y aun así, los asesinatos continúan, la destrucción continúa y la ocupación avanza. Israel ya controla aproximadamente la mitad de Gaza y aspira a llevar esa ocupación hasta el 70%.

La paz que acepta cadáveres diarios no es paz. Es administración del exterminio a baja intensidad.

La misma lógica se está aplicando en el sur del Líbano. Primero se arrasa. Luego se vacía. Después se llama “zona de protección” a lo que siempre fue una conquista. El 28 de febrero, Israel y EEUU lanzaron la guerra contra Irán. Dos días después, el 2 de marzo, Netanyahu utilizó el lanzamiento de cohetes de Hezbolá sin víctimas como coartada para intensificar la invasión del Líbano, iniciada entre octubre y noviembre de 2024. La excusa era Hezbolá. El objetivo real parece bastante más amplio.

EL GRAN ISRAEL SE CONSTRUYE CON ESCOMBROS AJENOS

La nueva ofensiva israelí en Líbano no es una operación defensiva. Es una campaña de castigo, desplazamiento y ocupación. A las tropas ya estacionadas en el sur del país se sumaron decenas de miles de soldados. El resultado es brutal: más de 1,5 millones de libanesas y libaneses obligados a abandonar amplias zonas del sur y del este, y más de 3.700 personas muertas en una guerra buscada, sostenida y ampliada por Israel.

El Gobierno de Netanyahu ya ni disimula demasiado. Sus intereses en Líbano incluyen la ocupación de hasta una quinta parte del país como “zona de protección”. La fórmula es vieja. Primero se militariza. Luego se normaliza. Más tarde llegan los colonos armados. Ya ocurrió en los Altos del Golán sirios. Ocurre en Cisjordania. Podría ocurrir en Gaza. Y ahora se proyecta sobre Líbano.

Los socios ultraderechistas de Netanyahu hablan sin filtros. Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas y colono ilegal en Cisjordania, reclamó el 14 de junio la evacuación forzosa del barrio beirutí de Dahye y el derribo de todos sus edificios. Itamar Ben Gvir, ministro de Seguridad Nacional, empujó en la misma dirección: más guerra, más castigo, más fuego. La extrema derecha israelí no está presionando al Gobierno. Es el Gobierno.

El pretexto sigue siendo Hezbolá. Israel lleva usando ese argumento desde los años ochenta, tras la invasión del Líbano de 1982, para justificar campañas destinadas a debilitar al país vecino. Pero ya cuesta mucho sostener la ficción. No se trata solo de desarmar a una milicia. Se trata de redibujar el mapa. Se trata de convertir pueblos, aldeas y ciudades en escombros para crear una barrera militar y demográfica. Se trata de fabricar una frontera hecha de ruinas.

El sábado anterior al ataque sobre Beirut, el ejército israelí destruyó 70 infraestructuras en 24 horas en el sur del Líbano, supuestamente vinculadas a Hezbolá. Al día siguiente, mientras se negociaba la paz entre EEUU e Irán, los bombarderos israelíes machacaron Dahiye. No es casualidad. Israel sabe que cada bomba complica el pacto. Y Netanyahu sabe que un acuerdo le deja con menos excusas, menos margen y menos humo para tapar sus propios frentes internos.

Ni siquiera la oposición israelí ha defendido con claridad la paz. Yair Lapid afirmó la noche del sábado que el acuerdo con Irán no lograba ninguno de los objetivos bélicos de Israel: el régimen iraní seguía vivo, su programa de misiles persistía y Teherán podía reconstruir su programa nuclear. Traducido: incluso quienes se presentan como alternativa a Netanyahu comparten el sueño de una región domesticada por la fuerza. Cambia el tono. No cambia la arquitectura.

Según Axios, Trump llamó el jueves a Netanyahu para decirle que quería ya un pacto con Irán. “Es un gran acuerdo y es hora de acabar con esta guerra”, le habría trasladado. La prisa también tiene calendario propio: el 4 de julio, EEUU celebra el 250 aniversario de su declaración de independencia de 1776. Trump quiere una foto. Netanyahu quiere una guerra. Irán exige que termine la campaña israelí en Líbano. Israel quiere que nadie le pida permiso cuando decida bombardear.

Ahí está el choque. No entre democracia y dictadura, como vende la propaganda. No entre civilización y barbarie. El choque real es entre una potencia que necesita cerrar una guerra por cálculo imperial y un aliado que ha aprendido a convertir cada crisis en cheque en blanco. Washington paga, arma, protege y luego finge sorpresa cuando Israel actúa como una potencia ocupante sin freno.

Netanyahu tiene elecciones en octubre y tres procesos por corrupción sobre la mesa. La guerra le ofrece lo único que todavía sabe vender: miedo, bandera y obediencia. Por eso el memorando de paz puede ser dinamitado más tarde o más temprano. No porque la paz sea imposible, sino porque hay gobiernos que solo sobreviven fabricando enemigos, desplazando pueblos y llamando seguridad a la ocupación.

Israel no está defendiendo la paz frente a Irán: está defendiendo su derecho a destruirla cuando deje de servirle.

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