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Un músico en Teherán convierte la destrucción en memoria: tocar entre escombros para que el silencio no sea de guerra
Hay imágenes que no necesitan explicación. Solo un segundo. Un gesto. Y lo entiendes todo. El vídeo del intérprete iraní Hamidreza Afarideh es una de ellas. Sentado entre escombros, rodeado de lo que fue su academia de música en Teherán, toca el kamancheh —un instrumento tradicional persa— mientras el sonido de la guerra amenaza con romperlo todo. No es una escena simbólica. Es literal. Y duele.
Nuestro vídeo, grabado entre ruinas, editado por Marcel Tió y con guion y locución de Javier F. Ferrero, Afarideh explica lo que está pasando con una serenidad que desarma. Habla de despedirse. De su escuela. De su vida. Y lo hace mientras sostiene el arco, como si la música fuese lo único que todavía resiste en pie.
Un adiós que no debería existir
“Hoy fue el último día en que me despedí de mi escuela…”. Así empieza. Sin rodeos. Durante días, cuenta, se repetía una idea casi obsesiva: que el último sonido que quedara en ese lugar debía ser música, no bombas ni misiles. Es una frase sencilla, pero contiene toda la tragedia. Porque cuando alguien tiene que elegir cómo suena el final de su espacio, es que todo lo demás ya ha sido destruido.
Fue con miedo. Lo dice varias veces. Miedo real, físico, inmediato. Sabía que en cualquier momento podían escucharse explosiones o sistemas de defensa antiaérea. Y de hecho, se escuchan. Están ahí, al final del vídeo. No como fondo lejano, sino como una amenaza concreta que atraviesa la escena.
Pero aun así fue. Tenía que ir. Porque aquello no era solo un edificio. “No eran unas cuantas habitaciones”, explica. Allí había algo más difícil de nombrar: el alma de su vida y de Shida, el recuerdo de 250 estudiantes, el trabajo y la complicidad de 22 profesores y compañeros. Números que no son cifras frías. Son comunidad. Historia compartida. Todo lo que la guerra arrasa sin preguntar.
Cuando la cultura se convierte en resistencia
El gesto de Afarideh no es solo personal. Tiene algo de acto político, aunque no lo formule así. Decide que el último sonido de ese lugar sea música. Decide grabarlo. Decide compartirlo. En medio de la destrucción, opta por dejar un rastro. Algo que permanezca. Algo que contradiga el ruido de las bombas.
“Este sonido quizá sea el último sonido de esta escuela… y tal vez incluso el último sonido de mi música… quizá yo tampoco esté mañana…”. La frase corta. No dramatiza. No exagera. Simplemente expone una posibilidad que, en contextos de guerra, es cotidiana. Y aun así insiste en lo esencial: el sonido quedará. Como recuerdo. Como prueba de que hubo personas que vivieron, que enseñaron, que amaron.
Hay otro momento que golpea especialmente. Cuando menciona a las familias. A quienes han perdido a sus seres queridos. No habla desde fuera. Habla desde dentro de una realidad donde la muerte es una presencia constante. Y lo hace sin retórica grandilocuente. Apenas unas palabras: solidaridad. Dolor. Rabia contenida.
“Maldita sea la guerra… maldita sea la violencia…”. No hace falta más. No hay análisis geopolítico. No hay discurso elaborado. Solo una condena directa. Clara. Casi agotada.
Lo que no se ve, pero está
Más allá de la imagen —potente, inevitable— hay detalles que pesan. Afarideh menciona algo que suele quedar fuera del foco: las infraestructuras que pertenecen a la gente. Escuelas. Hospitales. Espacios cotidianos. Lugares donde se construye vida. No son objetivos militares, pero terminan siendo destruidos igual.
Y luego está esa frase casi susurrada, pero demoledora: cuántos pacientes dejan de respirar cuando se corta la electricidad. No es una metáfora. Es una realidad técnica. Cuando la energía falla, fallan los sistemas de soporte vital. Y eso significa muerte. Silenciosa. Sin titulares.
El vídeo no muestra eso. Pero lo contiene. Está ahí, detrás de cada palabra. En cada pausa. En cada silencio que precede a una frase.
Al final, Afarideh lanza una especie de despedida abierta: “Irán… cuídate, estemos o no estemos”. No es solo una frase emotiva. Es una forma de asumir que el futuro es incierto. Que la continuidad no está garantizada. Y que, aun así, hay algo que merece ser protegido: la memoria de quienes estuvieron.
Porque eso es lo que queda. Cuando todo cae. Cuando las paredes desaparecen. Cuando las aulas se convierten en polvo. Queda el sonido. Queda el gesto. Queda alguien que decide tocar, aunque sea por última vez.
Y ese gesto —tan pequeño, tan frágil— es lo que la guerra no consigue destruir.
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