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Es la normalización de una violencia que se presenta como inevitable cuando en realidad responde a decisiones concretas, intereses concretos y responsabilidades concretas.
¿Te imaginas que el futuro del mundo estuviera en manos de un personaje como Hannibal Lecter? La comparación se queda corta. Hoy, el rumbo de la humanidad pasa por decisiones tomadas por líderes como Benjamin Netanyahu, cuya estrategia parece orientada no a frenar la violencia, sino a perpetuarla. La escalada no es un accidente ni un error de cálculo: es una política consciente que utiliza la guerra como herramienta de poder.
Tras meses de destrucción sistemática, con miles de víctimas y una región al borde del colapso, el anuncio de un alto el fuego no supuso un alivio, sino una oportunidad para demostrar que la maquinaria bélica no se detiene. El mismo día en que se hablaba de tregua, nuevos bombardeos cayeron sobre Líbano. No como respuesta, sino como mensaje: la guerra continúa porque interesa que continúe.
En una sola jornada, más de 250 personas fueron asesinadas en ataques dirigidos contra zonas densamente pobladas. Sin aviso, sin evacuaciones, sin margen para huir. Familias enteras fueron sepultadas bajo los escombros. No fue un daño colateral: fue una decisión. Una decisión que encaja con declaraciones públicas en las que se deja claro que la violencia no es una fase, sino una constante (“estamos listos para reanudar la lucha en cualquier momento”, “nuestro dedo está en el gatillo”).
Mientras tanto, en Gaza, la ofensiva no se detiene. Civiles, sanitarios y periodistas siguen siendo objetivo. En uno de los ataques recientes, el periodista Mohammed Washah y su equipo fueron incinerados dentro de su vehículo. No es un hecho aislado. Es parte de un patrón que ha convertido a Israel en uno de los contextos más letales para el ejercicio del periodismo. Porque cuando se elimina a quienes documentan la realidad, no se combate a un enemigo militar: se combate a la verdad.
La violencia se extiende también a Cisjordania, donde continúan las detenciones de menores, muchos de ellos sometidos a un sistema judicial que organizaciones internacionales han denunciado reiteradamente por sus prácticas. La combinación de ocupación, represión y legislación punitiva configura un escenario en el que la infancia deja de ser protegida para convertirse en objetivo político.
Lejos de contener esta deriva, la comunidad internacional sigue sin imponer límites efectivos. Comunicados, declaraciones y llamamientos que no se traducen en sanciones ni en medidas reales. Esa inacción no es neutral: legitima. Permite que la lógica de la fuerza se imponga sobre cualquier intento de solución diplomática.
La narrativa dominante habla de seguridad, defensa y estabilidad. Pero sobre el terreno, lo que se observa es otra cosa: una estrategia que necesita del conflicto permanente para sostenerse. Un modelo que convierte la guerra en estructura y la destrucción en método. En ese contexto, la paz no es un objetivo, sino un obstáculo.
El resultado es un mundo cada vez más inestable, donde los equilibrios se rompen y el riesgo de escalada global deja de ser una hipótesis lejana. Porque cada bomba que cae no solo destruye vidas, también erosiona cualquier posibilidad de convivencia futura.
En este contexto, desde Spanish Revolution analizamos cómo se construye esta espiral de violencia y qué intereses la sostienen en nuestro vídeo sobre la ofensiva que mantiene la guerra como política permanente, donde se exponen las claves de una estrategia que no busca el final del conflicto, sino su perpetuación.
El problema ya no es solo regional. Es sistémico. Es la normalización de una violencia que se presenta como inevitable cuando en realidad responde a decisiones concretas, intereses concretos y responsabilidades concretas. Y mientras no se señalen, mientras no haya consecuencias, la lógica seguirá siendo la misma: más guerra, más destrucción y más silencio.
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