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El régimen autoritario ya está en marcha y apunta directamente al derecho al voto
Lo que hoy ocurre en los aeropuertos de Estados Unidos no es una anécdota de seguridad ni una decisión administrativa aislada. Es un ensayo. Un banco de pruebas. Y lo dicen sin rodeos quienes están dentro del aparato ideológico que sostiene al trumpismo. Steve Bannon, exestratega de la Casa Blanca y uno de los arquitectos de la deriva autoritaria, ha defendido abiertamente que el despliegue de agentes de inmigración es una fase previa a algo mucho más grave: intervenir en los procesos electorales.
En una intervención pública que puede escucharse en un vídeo difundido en redes sociales, Bannon plantea sin ambigüedades que la presencia de agentes de ICE en infraestructuras civiles sirve como “ensayo general” para su futura participación en las elecciones legislativas de noviembre. No habla de prevención. Habla de perfeccionar un mecanismo. De probarlo. De afinarlo.
BANNON (Epstein’s PR Guy): “We can use ICE helping out at airports as a test run to really perfect ICE’s involvement in the 2026 midterms.”
— The Tennessee Holler (@TheTNHoller) March 24, 2026
P.S. — Non-citizens don’t vote and they know it pic.twitter.com/hPFaI9Ue9z
La idea es tan simple como peligrosa: trasladar el control migratorio al espacio electoral para intimidar, disuadir y condicionar el voto. No es una hipótesis conspirativa. Es una estrategia verbalizada por quienes llevan años erosionando las garantías democráticas desde dentro.
UNA AMENAZA SIN BASE REAL PERO CON CONSECUENCIAS MUY REALES
El argumento que sostiene esta deriva es conocido y profundamente tramposo: evitar que personas sin ciudadanía voten. Una narrativa repetida hasta la saciedad pese a carecer de base empírica. Porque los datos están ahí, y desmontan el relato con contundencia.
Según recoge una investigación basada en datos oficiales del Departamento de Seguridad Nacional, se revisaron aproximadamente 49,5 millones de registros electorales. De ese total, apenas 10.000 casos fueron remitidos para investigación por posible no ciudadanía. Esto equivale a un 0,02%. Una cifra marginal que, además, no demuestra que esas personas llegaran a votar.
No hay evidencia de fraude masivo. No hay crisis electoral. Lo que hay es una construcción política basada en el miedo. Y ese miedo tiene una función clara: justificar medidas excepcionales que, en cualquier otro contexto, serían consideradas incompatibles con un sistema democrático.
El problema no es solo la mentira. Es el uso de esa mentira para legitimar la presencia de fuerzas policiales en espacios donde la ciudadanía debería ejercer su derecho sin coacción. Introducir agentes de inmigración en los colegios electorales no es neutral. No es técnico. Es una forma de presión directa sobre comunidades vulnerables, especialmente personas migrantes y racializadas, independientemente de su situación administrativa.
DEL CONTROL MIGRATORIO AL CONTROL POLÍTICO
La evolución de esta estrategia no es casual. Forma parte de un proceso más amplio en el que las estructuras del Estado se utilizan para fines partidistas. La frontera entre seguridad y control político se difumina deliberadamente. Y lo que empieza en los aeropuertos puede acabar en las urnas.
En febrero, el propio Bannon ya había anticipado este escenario al afirmar que ICE podría rodear los centros de votación en noviembre. No como apoyo logístico, sino como presencia intimidatoria. Como mensaje. Como advertencia.
El objetivo no es proteger el voto. Es decidir quién se atreve a ejercerlo. Porque cuando votar implica exponerse a controles policiales, a interrogatorios o a posibles consecuencias migratorias, el derecho deja de ser universal. Se convierte en un privilegio condicionado.
La gravedad de estas declaraciones ha sido señalada por responsables políticos y organizaciones de derechos civiles. Pero el problema va más allá de una polémica puntual. Lo que está en juego es la normalización de prácticas que erosionan los principios básicos de cualquier democracia: igualdad, libertad y ausencia de coacción.
Mientras tanto, el propio Donald Trump ha ido aún más lejos al reconocer que lamenta no haber utilizado a la Guardia Nacional para intervenir en el proceso electoral de 2020. Una afirmación que no solo reescribe el pasado, sino que anticipa futuras actuaciones.
La deriva no es retórica. Es operativa. Se diseña, se prueba y se ejecuta paso a paso. Primero en los márgenes. Después en el centro.
Y cuando la maquinaria esté lista, cuando el ensayo haya terminado, ya no hablarán de pruebas. Hablarán de normalidad.
El problema no es lo que están diciendo. Es que están comprobando hasta dónde pueden llegar sin que nadie los detenga.
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