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Pretende exportar un manual de golpes teledirigidos mientras incendia Oriente Medio y juega a la ruleta con vidas ajenas
Sentado ante banderas y pantallas militares en Washington, Donald Trump supervisaba ayer, 2 de marzo, la llamada “Operación Furia Épica” contra Irán. Tres días después del asesinato del ayatolá, ya había seis soldados estadounidenses muertos, cientos de iraníes fallecidos y casi 200 niñas y niños de un colegio arrasado. Y aun así, el presidente de Estados Unidos hablaba de “una gran oleada” que todavía no había comenzado.
Dijo que no quería más guerras y ha bombardeado siete países desde su regreso a la Casa Blanca.
Prometió America First y ha convertido la Casa Blanca en un cuartel permanente.
Descartó cambios de régimen y ahora fantasea con fabricar uno a su medida en Teherán.
No es solo una deriva bélica. Es una obsesión geopolítica sin comprensión histórica. Trump cree que Irán es una ficha más en el tablero que utilizó contra Nicolás Maduro. Cree que puede repetir la jugada: presión militar, colapso interno, liderazgo domesticado y foto de victoria. Pero Irán no es Venezuela. No lo es en tamaño, ni en estructura política, ni en historia, ni en capacidad militar, ni en cohesión nacional frente a la agresión externa.
Mientras tanto, la Administración cambia de versión cada día. Primero habló de ataques de unos días. Después de cuatro o cinco semanas. Primero negó tropas terrestres. Luego abrió la puerta con un “probablemente no las necesitemos”. Primero habló de eliminar capacidades militares. Después, de cambio de régimen. La única constante es la guerra.
UNA GUERRA SIN RESPALDO NI RUMBO
Las cifras no acompañan la épica. Según una encuesta de Reuters/Ipsos publicada el 2 de marzo de 2026, solo el 27% de la población estadounidense aprueba los ataques contra Irán. El 43% los desaprueba y el 29% no sabe o no contesta. Más aún: aproximadamente la mitad, incluido uno de cada cuatro votantes republicanos, considera que Trump está demasiado dispuesto a utilizar la fuerza militar.
Es decir, ni siquiera su base está convencida.
Aun así, el presidente se jacta de haber eliminado a 49 líderes iraníes en aproximadamente una hora, cuando según sus propias palabras calculaban tardar cuatro semanas. La militarización del discurso es total. No se habla de diplomacia. No se habla de derecho internacional. No se habla de víctimas civiles. Se habla de tiempos de ejecución, de desayunos interceptados, de precisión técnica.
El jefe del Estado Mayor Conjunto, John Caine, lo admitió con frialdad: “No es una operación que se pueda llevar a cabo de la noche a la mañana. Esperamos sufrir más bajas”. Ya hay seis soldados estadounidenses muertos. Y Trump no descarta enviar tropas terrestres si lo considera necesario.
Cada frase abre una puerta que conduce a más cadáveres.
La guerra no tiene mandato del Congreso. No tiene respaldo mayoritario. No tiene objetivos claros. Solo tiene una narrativa de fuerza y una apuesta por el desgaste hasta que algo se rompa dentro de Irán.
EL ESPEJISMO DEL “MODELO VENEZOLANO”
En declaraciones a Fox, Trump llegó a sugerir que Irán podría seguir el “modelo venezolano”. Es una comparación que revela una lectura superficial del mapa.
Irán es un país con un régimen instaurado en 1979, con una arquitectura institucional diseñada precisamente para resistir golpes externos. Tras el asesinato del ayatolá, el liderazgo no colapsó. El ayatolá Alireza Arafi, de 66 años, fue designado como tercer miembro del consejo interino junto al presidente Masud Pezeshkian y el jefe del Poder Judicial Golamhosein Mohseni Eyei. El Estado iraní había previsto escenarios de sucesión, incluso la muerte del líder supremo.
No es improvisación. Es continuidad estratégica.
Pensar que la eliminación de una cúpula implica el derrumbe automático de un sistema es un error clásico de las intervenciones occidentales. Se cometió en Irak en 2003. Se repitió en Libia en 2011. Se prolongó en Afganistán durante 20 años. Y ahora vuelve a asomar bajo un nuevo eslogan.
Además, la comparación ignora la dimensión regional. Irán no está aislado en su propio continente. Tiene redes, aliados y capacidad de respuesta asimétrica. No es un país sometido únicamente a sanciones económicas. Es un actor con capacidad de proyectar influencia militar indirecta.
Reducirlo a una caricatura facilita el bombardeo, pero no resuelve la realidad.
La guerra ya ha obligado a reconfigurar posiciones internacionales. Los aviones estadounidenses abandonaron bases en España tras la negativa del Gobierno a que fueran utilizadas para atacar Irán. La escalada tiene consecuencias diplomáticas inmediatas.
Y mientras tanto, el presidente insiste en que no se aburre. Que puede ir “mucho más allá”. Que la “gran oleada” está por llegar.
No hay plan de reconstrucción. No hay hoja de ruta política. No hay garantías para la población civil. Solo una lógica de desgaste que asume que el colapso llegará por acumulación de bombas.
La historia demuestra que los pueblos no se rinden por calendario presidencial.
La guerra no es un videojuego. No es una estrategia de campaña. No es una comparación forzada entre Caracas y Teherán. Es una espiral que, una vez activada, rara vez responde a quien la inició.
Y cuando se juega a exportar modelos de derrocamiento como si fueran franquicias, lo que se globaliza no es la democracia, sino el caos.
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