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El partido que prometía moderación ahora negocia su supervivencia con la extrema derecha
El Partido Popular ha decidido que el problema no es pactar con Vox, sino que se note demasiado. El 22 de febrero, la dirección nacional desautorizó públicamente a María Guardiola, candidata a la presidencia de Extremadura, y tomó el control directo de las negociaciones con la extrema derecha. La orden fue clara: “menos ruido y más trabajo”. Traducido al castellano político, significa silencio estratégico mientras se cocina un acuerdo que puede redefinir el mapa autonómico el 3 de marzo y desembocar en una repetición electoral conjunta el 28 de junio en Extremadura y Aragón.
No es un matiz menor. Guardiola logró el 43% de los votos el 21 de diciembre, pero no consiguió la investidura. Vox, con un respaldo cercano al 17%, decidió no apoyarla y forzar la presión. Desde entonces, la candidata extremeña ha pasado de llamar “machista” a Santiago Abascal a insinuar que comparte el mismo feminismo que defiende su partido. El zigzag no es ideológico, es aritmético.
La chispa fue una entrevista en OkDiario, donde se le atribuyó la frase “El feminismo que defiendo es el feminismo que defiende Vox”. Después se matizó la transcripción, pero el daño ya estaba hecho. En Génova entendieron que el problema no era el contenido, sino la exposición. El PP no quiere dejar de pactar con Vox, quiere dejar de parecer rehén de Vox.
El aviso lo verbalizó Carmen Fúnez, pero detrás estaban Alberto Núñez Feijóo, Miguel Tellado y el aparato completo del partido. Llamadas privadas, disciplina interna y control del mensaje. La candidata que debía liderar Extremadura quedó subordinada al cálculo nacional. La política autonómica convertida en tablero de ajedrez estatal.
CALENDARIO ELECTORAL, NORMALIZACIÓN ULTRA Y DERIVA IDEOLÓGICA
El calendario aprieta. El 3 de marzo coincidirán la primera votación de investidura en Extremadura y la constitución de las Cortes en Aragón. Si Guardiola fracasa en dos intentos, se abre un plazo de dos meses. En Aragón, los tiempos corren desde el primer día. Resultado: si no hay acuerdo, ambas comunidades podrían repetir elecciones el 28 de junio, justo después de los comicios andaluces y con Castilla y León en campaña.
El PP juega a dos bandas. En Extremadura, tensión pública. En Aragón, silencio casi absoluto alrededor de Jorge Azcón. El cálculo es claro: evitar contagios mientras se negocia con discreción. Pero la aritmética no entiende de discreciones. En Aragón, Vox rozó el 18% y el PP perdió dos escaños respecto a 2023. La dependencia es matemática.
El precio no se paga solo en escaños. Se paga en discurso. Abascal ha dejado claro que quien quiera gobernar debe asumir sus marcos: cuestionar el Pacto Verde, endurecer la política migratoria y legitimar la retórica de la “tercermundialización” de España. Ya ocurrió en la Comunitat Valenciana, donde el entonces presidente asumió públicamente postulados ultras para mantenerse en el poder. La normalización no es un accidente, es una estrategia de supervivencia.
El PP intenta equilibrar una contradicción imposible: marcar distancia simbólica sin perder liderazgo ideológico frente a Vox. Pero cada negociación deja huella. Cada cesión retórica amplía el campo de lo decible. Cuando una dirigente del PP se ve obligada a matizar qué feminismo comparte con la extrema derecha, el debate ya ha sido desplazado.
En paralelo, la dirección popular activa su mayoría absoluta en el Senado para citar a José Luis Rodríguez Zapatero el 2 de marzo en la comisión sobre el llamado “caso Koldo”. No es casualidad. Mientras negocia con Vox en los territorios, el PP intenta ocupar el espacio mediático con la confrontación nacional. Una cortina de humo para que la dependencia no monopolice la conversación.
El problema de fondo no es comunicativo, es estructural. El PP necesita a Vox para gobernar en varias comunidades. Vox necesita exhibir poder para justificar su existencia. La negociación no es solo sobre investiduras, es sobre hegemonía cultural. Y en esa pugna, la extrema derecha marca el ritmo.
La dirección popular advierte a Vox: “Si pides lo imposible, la gente tiene que decidir”. Pero quien ya ha decidido es el propio PP. Ha optado por asumir la tutela ultra antes que arriesgar el poder territorial. Ha optado por el cálculo antes que por la coherencia. Ha optado por gestionar el ruido en lugar de cuestionar la melodía.
La escena es nítida: una candidata silenciada, una dirección nacional interviniendo y un calendario que empuja hacia el 28 de junio como posible punto de inflexión. Lo que se dirime no es solo quién preside una comunidad autónoma, sino cuánto espacio político está dispuesto a ceder el principal partido conservador a la extrema derecha.
Cuando el poder depende del chantaje permanente, la moderación deja de ser una promesa y se convierte en una ficción útil para las campañas, pero irrelevante para gobernar.
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