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Cuando la equidistancia se disfraza de pluralidad y la memoria democrática se convierte en atrezzo
El aplazamiento del ciclo 1936: la guerra que todos perdimos, dentro de Letras en Sevilla, no es un accidente ni una conspiración. No es un boicot ni una censura. Es el resultado lógico de un planteamiento que vuelve a poner el foco donde no toca y que insiste en una falsa neutralidad para hablar de uno de los episodios más violentos y decisivos de la historia contemporánea de España. El ciclo, impulsado por Arturo Pérez-Reverte y el periodista Jesús Vigorra, ha sido aplazado por la Fundación Cajasol tras la renuncia de varios participantes. Entre ellos, el escritor David Uclés, el coordinador federal de Izquierda Unida Antonio Maíllo y la vicesecretaria general del PSOE-A María Márquez.
Las fechas importan. El ciclo estaba previsto del 2 al 5 de febrero de 2026. El aplazamiento se anuncia el 28 de enero de 2026, a escasos días de su inicio. El motivo oficial es la necesidad de “rearmar” el programa ante la pérdida de voces que garantizaban, según la Fundación, un equilibrio de enfoques. El problema es que ese equilibrio nunca fue real. Lo que se presentaba como pluralidad era, en la práctica, un marco narrativo que vuelve a colocar en el mismo plano a víctimas y verdugos, a un golpe de Estado y a un gobierno legítimo, a la represión planificada y a la resistencia.
LA TRAMPA DE “LA GUERRA QUE TODOS PERDIMOS”
El título del ciclo no es inocente. La guerra que todos perdimos suena conciliador, pero encierra una operación ideológica vieja y conocida. No todas las personas perdieron lo mismo en 1936. No perdieron igual quienes defendían la legalidad republicana y quienes la destruyeron a sangre y fuego. No perdieron igual quienes fueron fusiladas, exiliadas o encarceladas y quienes construyeron una dictadura de 40 años. La equidistancia, cuando se aplica a un golpe militar y a una democracia, no es neutralidad. Es blanqueamiento.
Pérez-Reverte y Vigorra pidieron al público que juzgara si el programa era “lo bastante plural”. La pluralidad no se mide por sumar apellidos conocidos, sino por asumir que hay consensos democráticos básicos que no se negocian. En 2026, seguir discutiendo si el franquismo fue una anomalía autoritaria o una “consecuencia trágica” del contexto es una forma de retrasar deliberadamente el debate. Y quienes se bajaron del ciclo no lo hicieron por miedo al debate, sino por negarse a legitimar un marco tramposo.
La renuncia de participantes clave no “rompe” el equilibrio. Revela que ese equilibrio era forzado. La Fundación Cajasol lo reconoce implícitamente cuando admite que las bajas alteran “de manera sustancial” el contenido de las jornadas. Traducido: sin voces que cuestionen el relato equidistante, el ciclo pierde la coartada de pluralidad.
PLURALIDAD NO ES PONERLO TODO AL MISMO NIVEL
La Fundación insiste en su compromiso con una reflexión “abierta, plural y respetuosa”. Nadie discute ese compromiso en abstracto. Lo que se discute es cómo se concreta. Porque no toda mesa es plural por el mero hecho de reunir perfiles distintos. Y no todo debate es honesto si parte de una premisa falseada. La Guerra Civil no fue un malentendido colectivo ni una tragedia simétrica. Fue el resultado de un golpe de Estado contra un gobierno elegido en las urnas. Ese dato no es una opinión. Es un hecho histórico.
Cuando se pide “rearmar” el programa, se está admitiendo que algo falló en el diseño inicial. No falló la izquierda por no acudir. Falló la idea de que se puede hablar de memoria democrática como si fuera una tertulia desprovista de responsabilidades históricas. Falló la tentación de convertir el conflicto en un producto cultural neutro, cómodo, apto para todos los públicos y libre de incomodidades políticas.
Letras en Sevilla aspira a ser un espacio de diálogo en tiempos difíciles. Ese objetivo solo es creíble si se asume que el respeto a los valores democráticos empieza por llamar a las cosas por su nombre. No se trata de excluir voces, sino de dejar de presentar como debate lo que es una revisión interesada del pasado. La memoria no necesita árbitros que repartan culpas de forma aritmética. Necesita rigor, contexto y una posición clara frente a la violencia política organizada.
El aplazamiento no es una derrota cultural. Es un síntoma. Mientras se siga confundiendo pluralidad con equidistancia, la memoria seguirá siendo un campo de disputa y no un suelo común. Y eso no es culpa de la izquierda. Es responsabilidad de quien insiste en mirar la historia desde un cómodo centro que nunca existió.
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