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La acción sin pensamiento y el desprecio a la crítica se han convertido en las armas más eficaces del autoritarismo contemporáneo.
LA ACCIÓN SIN PENSAMIENTO COMO NUEVA RELIGIÓN
Hay una forma de barbarie que no necesita uniformes ni campos de concentración para imponerse: basta con desactivar la razón. Hannah Arendt lo explicó con lucidez en La condición humana: cuando la acción se emancipa del pensamiento, deja de ser un acto de libertad y se convierte en una reacción mecánica, una obediencia inconsciente a consignas externas. En esa grieta crece el totalitarismo. Hoy, esa grieta tiene nombre y formato: el algoritmo.
Las redes sociales han transformado la esfera pública en un laboratorio de impulsos. Se premia la inmediatez, no la reflexión. El gesto, no la idea. La frase breve sustituye al argumento; el eslogan, al razonamiento. Y así se fabrica una ciudadanía incapaz de detenerse a pensar antes de actuar. La lógica del clic se impone sobre la del criterio.
El antiintelectualismo contemporáneo no es una ausencia de conocimiento, sino una voluntad deliberada de no saber. Es la afirmación orgullosa de la ignorancia como forma de identidad. Quien piensa demasiado se convierte en sospechoso, quien duda es tildado de tibio, y quien matiza, de traidor. La política del siglo XXI no necesita ya convencer: solo activar emociones inmediatas. De ahí el éxito de las campañas que apelan a la indignación pura, sin ofrecer contexto ni complejidad.
La acción sin pensamiento se traduce en una hiperactividad vacía: publicar, comentar, reaccionar. No se busca comprender, sino participar. Una participación que no transforma nada porque carece de orientación moral o intelectual. Como señalaba el filósofo Neil Postman, “nos estamos entreteniendo hasta morir”. En el nuevo totalitarismo digital, el espectáculo ha reemplazado al dogma, pero el resultado es el mismo: masas obedientes, persuadidas de que están actuando libremente.
EL RECHAZO A LA CRÍTICA Y EL REINADO DE LOS OPINADORES
El cuarto rasgo del “fascismo eterno” que describía Umberto Eco era el desprecio hacia la crítica racional. No hay totalitarismo posible sin la eliminación simbólica de quienes piensan distinto. Y en la era de la desinformación, la crítica no se censura: se ridiculiza.
Los opinadores sin datos se han convertido en el nuevo clero del desorden. No ofrecen conocimiento, sino consuelo emocional. Sustituyen la argumentación por el tono, la veracidad por la autenticidad fingida, el análisis por la performance. Y triunfan porque el mercado de la atención premia la certeza sobre la duda, la arrogancia sobre la evidencia.
El estudio Unskilled and Unaware of It (Kruger y Dunning, 1999) lo advirtió hace un cuarto de siglo: las personas menos competentes son precisamente las que sobreestiman su capacidad, porque carecen de los recursos cognitivos necesarios para reconocer sus errores. Hoy ese fenómeno se ha institucionalizado. Millones de usuarios se informan a través de quienes confunden intuición con conocimiento, opinión con verdad, viralidad con prestigio.
Las redes no son solo el vehículo del antiintelectualismo: son su pedagogía. Enseñan a despreciar el saber, a sospechar de quien lee, a interpretar la complejidad como elitismo. La crítica se convierte en una amenaza, y la ignorancia, en un acto de resistencia. Así, los discursos totalitarios encuentran terreno fértil: un público que confunde la libertad de expresión con la equivalencia entre toda opinión.
No es casual que los líderes autoritarios de hoy —de Trump a Milei— celebren su desdén por la ciencia, el arte o la filosofía. Entienden que la razón es su enemigo natural. El pensamiento crítico no solo incomoda, sino que ralentiza, exige contexto, expone contradicciones. Y en un mundo diseñado para la inmediatez, pensar es un acto subversivo.
El rechazo a la crítica no se manifiesta solo en el ataque a los intelectuales, sino también en la autocensura de quienes aún intentan pensar. Muchos prefieren callar antes que enfrentarse a la maquinaria del linchamiento digital. El resultado es un paisaje donde la voz más fuerte sustituye a la más informada, donde el ruido aplasta al argumento, y donde el pensamiento cede ante el trending topic.
La antiintelectualidad no es un accidente del presente: es su condición estructural. Un sistema que necesita consumidores más que ciudadanos, creyentes más que lectores, no puede permitirse una sociedad que piense. Por eso, mientras el fascismo del siglo XX quemaba libros, el del XXI los convierte en irrelevantes. No necesita censurar la verdad; le basta con saturarla hasta volverla indistinguible del ruido.
El resultado no es la ausencia de pensamiento, sino su degradación: una inteligencia domesticada al servicio del algoritmo. Y en ese escenario, la única forma de resistencia es volver a pensar, aunque duela, aunque no dé likes, aunque incomode. Porque la ignorancia no es inocente: es el combustible de todos los totalitarismos.
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