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No hace falta un dictador para que el fascismo avance. Basta con la comodidad de quienes no quieren incomodarse.
EL AUTORITARISMO QUE SE FILTRA ENTRE LOS DEDOS
El fascismo no llega marchando con botas, sino susurrando desde los rincones donde nadie mira. No irrumpe: se filtra. Entra por el algoritmo que premia el odio, por el chiste del cuñado, por la frase del jefe que se ríe del acento de una trabajadora migrante. Entra disfrazado de sentido común, de broma, de hartazgo.
La violencia ya no necesita uniformes: basta con un timeline.
Cada vez que compartimos un vídeo sin pensar en su origen, cada vez que una burla se disfraza de opinión, cada vez que el silencio sustituye al rechazo, el autoritarismo gana un pequeño terreno. No porque se imponga por la fuerza, sino porque se normaliza por inercia. El fascismo de hoy no busca convencerte, solo anestesiarte.
Las redes sociales, esos nuevos parlamentos del ruido, han convertido el pensamiento en espectáculo. Allí la mentira se propaga más rápido que la empatía. Según un estudio del MIT Media Lab de 2018, las noticias falsas se difunden un 70% más que las verdaderas, sobre todo las que apelan al miedo o al desprecio. El odio, como el fuego, necesita oxígeno; y la indiferencia se lo proporciona.
Ya no hace falta quemar libros: basta con saturar el espacio con basura emocional. La sobreinformación se ha vuelto una forma de censura. Entre tanta consigna, desaparece la verdad.
EL LENGUAJE COMO CAMPO DE BATALLA
El fascismo cotidiano también se escribe. Está en la palabra “inmigrante” usada como sinónimo de problema, en el “no soy racista, pero”, en los titulares que criminalizan la pobreza y glorifican la mano dura. Está en los debates televisivos donde la mentira y la verdad reciben el mismo tiempo de pantalla.
Cada vez que un medio habla de “tensión en las calles” cuando la policía reprime una protesta pacífica, cada vez que un político dice “orden” cuando quiere decir miedo, se fabrica un sentido común autoritario. El lenguaje se convierte en el lubricante de la obediencia.
A eso lo llamaba Orwell “neolengua”: la domesticación del pensamiento mediante palabras aparentemente neutras.
En los bares, en los taxis, en los platós, se repiten mantras como oraciones: “ya no se puede decir nada”, “esto antes no pasaba”, “lo que hace falta es mano dura”. No es que la gente se haya vuelto fascista de golpe, es que el miedo ha vuelto rentable la crueldad. Y las empresas lo saben. Los algoritmos amplifican lo que divide porque lo que indigna retiene la atención. El negocio del odio se mide en clics.
El resultado es un paisaje moral erosionado. La ironía se confunde con la crítica, la burla con el pensamiento. Nos reímos del político corrupto como quien se ríe de un personaje de serie. Se sustituye la indignación por el meme. Y así, entre risas, se desactiva el reflejo de resistencia.
LA COMODIDAD COMO CÓMPLICE
El fascismo cotidiano se alimenta del cansancio. De la idea de que “da igual lo que hagamos”. De quienes miran hacia otro lado mientras desahucian a una familia o deportan a un vecino. De las y los funcionarios que aplican órdenes injustas sin cuestionarlas. De los que dicen “yo solo cumplo mi trabajo”.
El mal, como escribió Hannah Arendt, no es monstruoso, sino banal.
No hace falta pegar a nadie ni votar a la ultraderecha para sostener su poder. Basta con reír las bromas machistas, callar ante el racismo, creer que la política es inútil. El autoritarismo se construye desde abajo, como una rutina colectiva.
La ciudadanía, reducida a clientela, ha aprendido a no molestar. Los discursos del orden prometen seguridad, pero exigen sumisión. Y en esa transacción diaria, perdemos algo más que derechos: perdemos sensibilidad.
Cuando una sociedad se acostumbra al sufrimiento ajeno, el fascismo ya ha ganado sin necesidad de golpe de Estado.
El autoritarismo no se mide en tanques, sino en la cantidad de gestos que dejamos pasar. En las risas cómplices, en los silencios que no interrumpimos. El fascismo contemporáneo no quiere mártires, quiere espectadores.
Y así, mientras miramos la pantalla, alguien cuenta los beneficios de nuestra distracción.
Los monstruos no nacen del odio ajeno, sino de nuestra pereza moral.
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