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El líder del PP encalla entre su propio desconcierto y el ascenso paralelo de la extrema derecha y del PSOE.
ENTRE EL MIEDO Y LA MIMETIZACIÓN CON VOX
El Partido Popular atraviesa su peor momento desde que Alberto Núñez Feijóo asumió el liderazgo en 2022. Las encuestas le dan un 30,5% de intención de voto, su dato más bajo en más de un año, mientras el PSOE sube al 29,4% y Vox rompe su techo con un 20%, según los últimos sondeos internos y el de 40dB para El País. En apenas dos meses, la hegemonía conservadora se ha resquebrajado en feudos clave como Madrid, Galiza o Andalucía, donde los barones autonómicos arrastran escándalos y desgaste.
Feijóo se ve atrapado en una trampa que él mismo ayudó a construir: una derecha sin rumbo, dividida entre el autoritarismo de Vox y su supuesta moderación tecnocrática. Su intento por “ser todo para todos” está fracasando. A la crisis de discurso se suma la falta de liderazgo visible, el vacío ideológico y el peso muerto de sus gobiernos autonómicos. En Génova cunde el pánico: “Vox está rompiendo su techo”, reconocen incluso dirigentes populares.
Mientras tanto, Feijóo responde imitando el tono de la ultraderecha, pero sin el fanatismo que mueve a su base. El resultado es un PP desorientado, que habla como Vox pero sin convencer ni a los ultras ni al electorado moderado. En su reciente plan de inmigración, el gallego endureció el discurso hasta niveles inusitados: “La nacionalidad española no se regala, se merece”, proclamó en Barcelona, proponiendo un nivel B2 de español obligatorio, recortes en ayudas sociales y pruebas de integración cultural. Quiso parecer firme, pero sonó hueco.
Como reconocen voces internas, “la gente prefiere el original a la copia”. El votante radical se queda con Abascal. El votante de centro se aleja del ruido. Y el PP, en su deriva identitaria, se vacía por dentro.
EL DESGASTE DE LA DERECHA Y EL VACÍO DE LIDERAZGO
El derrumbe de Feijóo no se explica solo por su imitación de Vox. Hay una implosión de confianza en la marca PP. Las tramas judiciales, las guerras internas y el papelón de sus gobiernos autonómicos —de Ayuso a Mazón, pasando por Mañueco y Moreno Bonilla— han dinamitado el relato de eficacia que el partido pretendía sostener. El votante conservador percibe un liderazgo débil, sin propuestas económicas claras y sin capacidad de marcar la agenda política frente a un Gobierno que, pese a las crisis, resiste con más estabilidad de la prevista.
La encuesta de 40dB refleja un escenario compacto: 30,5% para el PP, 29,4% para el PSOE y 16,7% para Vox, aunque sondeos internos elevan este último dato hasta el 20%. La ultraderecha fagocita el desgaste del PP y se nutre del desencanto con Feijóo. En las propias filas populares lo admiten: “Se le asocia a un mensaje débil, sin contundencia. Tiene un problema de marca personal”.
Y, sin embargo, Génova se aferra a un consuelo precario: que la suma con Vox sigue superando a la izquierda. Pero ese cálculo implica aceptar la subordinación política a la extrema derecha, el mismo error que destruyó al Partido Popular Europeo en Hungría o Polonia.
Feijóo intenta ahora presentarse como “líder moderado” mientras endurece su discurso sobre inmigración y seguridad, oscilando entre dos orillas que se repelen. Pero no se puede ser centrista con palabras y reaccionario con los hechos. No se puede defender la Constitución mientras se legitima a quienes la desprecian.
Dentro del PP crece el miedo a una catástrofe electoral y a una crisis de liderazgo antes de fin de año. “El problema es que Feijóo ya no representa la alternativa. Representa la duda”, reconocen fuentes próximas a Génova.
Y el electorado no perdona la duda.
Feijóo quiso imitar a Vox para salvarse, pero acabará siendo devorado por lo que quiso parecer.
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