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El exmandatario francés se convertirá en el primer jefe de Estado del país que pisa la cárcel. Lo hace por financiar su campaña con dinero del dictador Muamar el Gadafi.
UN PRESIDENTE QUE COMPRÓ EL PODER CON DINERO DE UNA DICTADURA
El 21 de octubre de 2025, Nicolas Sarkozy cruzará las puertas de la prisión parisina de La Santé. No como invitado, sino como reo condenado. Será el primer expresidente de la República francesa en ingresar en la cárcel, y lo hará por uno de los mayores escándalos de corrupción política de Europa en lo que va de siglo.
El Tribunal Correccional de París le impuso cinco años de prisión el pasado 25 de septiembre por financiar ilegalmente su campaña presidencial de 2007 con dinero del régimen libio de Muamar el Gadafi. El tribunal habló de una “gravedad excepcional” en los hechos cometidos: un candidato que aspiraba a dirigir el Estado mientras pedía dinero a un dictador acusado de crímenes contra la humanidad.
A pesar de haber recurrido la sentencia, la Fiscalía Nacional Financiera ordenó su ingreso inmediato en prisión. La apelación no suspende la ejecución de la condena, y el 21 de octubre Sarkozy dormirá entre rejas. En una celda de nueve metros cuadrados, probablemente aislado del resto de presos, empezará a cumplir una pena que podría alargarse hasta 2027 si los tribunales no aceptan su recurso de libertad.
Con 70 años, el expresidente verá desde el interior del muro cómo se apaga su última red de impunidad. El mismo hombre que en 2011 ordenó bombardear Libia bajo el pretexto de “liberar al pueblo libio” fue quien había aceptado dinero de Gadafi cuatro años antes para conquistar el Elíseo. No fue una ironía de la historia, sino su demostración más obscena.
EL FRACASO MORAL DE LA REPÚBLICA FRANCESA
Sarkozy no es una excepción en la política europea. Es su síntoma más visible. La corrupción en las altas esferas se ha convertido en un idioma común del poder, y Francia, cuna autoproclamada de los valores republicanos, lleva años recitando ese idioma con fluidez.
El expresidente organizó hace pocos días una “fiesta de despedida” en un pabellón del Bosque de Boulogne. Asistieron la ministra de Cultura, Rachida Dati, y el secretario general del Elíseo, Emmanuel Moulin. La imagen fue el retrato de una élite que convierte la corrupción en convivencia. Nadie se escandaliza. Nadie se aparta. Porque en la cúspide política, la cárcel no rompe amistades, solo las aplaza.
La sentencia de 2025 no es la primera que mancha su currículum. En febrero de 2024, el Supremo francés lo condenó a un año de prisión por corrupción y tráfico de influencias, pena que cumplió en su mansión con brazalete electrónico. En noviembre, conocerá otro fallo pendiente por la financiación ilegal de su campaña de 2012, cuando gastó el doble del límite legal usando facturas falsas y doble contabilidad. Si se confirma, sumará una segunda condena definitiva.
Sarkozy entra en prisión, pero el sistema que lo engendró sigue intacto. Los mismos intereses financieros y militares que lo respaldaron siguen controlando la política francesa y europea. Las puertas giratorias siguen girando, los fondos del Golfo siguen comprando influencia, y las guerras siguen sirviendo de coartada para el saqueo.
La Francia que encarcelará a su expresidente no es más justa, solo más consciente de su propia podredumbre. Porque si un expresidente que vendió la República a un dictador puede seguir celebrando fiestas con ministros antes de entrar en prisión, entonces no hablamos de justicia: hablamos de un ajuste contable entre élites.
El 21 de octubre Sarkozy ingresará en la cárcel.
Pero el verdadero juicio aún no ha empezado: el de una Europa que perdió la vergüenza hace mucho más que un quinquenio.
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