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La derecha repite la mentira una y otra vez: que los migrantes viven de las ayudas. La realidad demuestra lo contrario.
EL DISCURSO DEL MIEDO EN MURCIA
En Murcia, rodeado de sus barones territoriales, Alberto Núñez Feijóo volvió a desempolvar uno de los mantras preferidos de la derecha: culpar a los migrantes de las ayudas públicas. El presidente del Partido Popular afirmó que “cualquiera puede entrar ilegalmente, empadronarse, pedir el arraigo sin requisitos y cobrar el ingreso mínimo vital”. En una sola frase concentró xenofobia, desconocimiento y manipulación deliberada.
El mecanismo es conocido. Se lanza un mensaje sencillo, cargado de prejuicios, que apela al miedo y al resentimiento. Poco importa que sea falso. Lo importante es que quede grabado en la mente de quienes ya sienten que “los de fuera” les arrebatan lo poco que tienen. Esa es la trampa: desviar la frustración de las clases trabajadoras hacia un enemigo inventado, mientras los verdaderos responsables de la precariedad —los grandes empresarios, los fondos buitre, los bancos— continúan blindados.
Los bulos sobre migración no son un error, son una estrategia política. Una estrategia que, además, refuerza el marco de Vox, donde Feijóo compite por no perder terreno.
LO QUE DICEN LOS DATOS
La realidad es tozuda. El Ingreso Mínimo Vital (IMV), aprobado en 2020 como un mecanismo de protección para los hogares en situación de vulnerabilidad, llega hoy a más de 2,3 millones de personas en el Estado español. Y de ellas, según los datos del Ministerio de Inclusión, el 80% son españoles y españolas.
El IMV no se puede solicitar recién llegado en patera ni tras empadronarse. Para acceder a la prestación se exige:
- Residencia legal y efectiva en España.
- Haberla mantenido de forma continuada durante al menos un año.
- Cumplir criterios de renta y patrimonio.
Quien llega sin papeles está automáticamente excluido. Quien obtiene el arraigo social ha tenido que residir mínimo tres años en el país, demostrar un contrato de trabajo y presentar un informe de integración. El empadronamiento sirve para cuestiones administrativas básicas, como la escolarización de menores o la atención sanitaria primaria, pero no abre la puerta al IMV ni a otras ayudas estatales.
Decir lo contrario es mentir de forma consciente. Es sembrar odio a sabiendas.
EL PROBLEMA NO SON LOS MIGRANTES, ES EL SISTEMA
España tiene más de 12 millones de personas en riesgo de pobreza y exclusión social, según el INE. Esa cifra debería ser suficiente para entender que el problema es estructural. La pobreza no la generan los migrantes, sino un modelo económico basado en salarios de miseria, alquileres imposibles y beneficios empresariales desorbitados.
En lugar de señalar a quienes concentran riqueza, la derecha prefiere señalar al vecino. Prefiere decir que la culpa es de la persona migrante que cobra “ayudas” antes que reconocer que son las grandes constructoras las que inflan el precio de la vivienda, que son las eléctricas las que se enriquecen con la energía, o que son los bancos los que cobran comisiones mientras cierran oficinas en los barrios obreros.
La pobreza no se importa. La pobreza se fabrica desde arriba. Y el discurso del PP busca algo todavía más perverso: enfrentar a pobres contra pobres, dividir a la clase trabajadora entre “los de aquí” y “los de fuera” para que nadie mire hacia arriba.
Es una receta peligrosa. Ya lo hemos visto en otros países europeos: primero llega el bulo, después la política xenófoba y finalmente la normalización del odio. Feijóo juega a ese juego sucio en Murcia mientras se viste de moderado en Bruselas. La contradicción es solo aparente: se trata de consolidar el poder aunque sea a costa de dinamitar la convivencia.
Cuando los de arriba fabrican miedo, lo hacen porque temen que las de abajo descubran quiénes son sus verdaderos verdugos.
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