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La deportación como espectáculo de crueldad. La historia volverá a juzgar esto, igual que juzgó a la Alemania nazi.
LOS VUELOS DE LA VERGÜENZA
K. S., un ciudadano de Gambia, fue despertado a medianoche en un centro de detención de Luisiana. No pudo avisar a su abogada, no supo a dónde lo llevaban. Le encadenaron las manos, la cintura y los tobillos. Le pusieron una camisa de fuerza. Le subieron a un avión militar que despegó sin destino conocido. Dieciséis horas después aterrizó en Accra, Ghana, un país en el que nunca había estado. Desde entonces, nadie sabe dónde está.
No fue un caso aislado. Fue uno de los 1.563 vuelos de deportación organizados por la Administración Trump en apenas ocho meses. En seis de ellos, Estados Unidos trasladó a personas a países africanos en los que no tenían ciudadanía ni vínculos familiares.
No eran criminales peligrosos ni terroristas. Eran migrantes, solicitantes de asilo, personas que huían del hambre o de la homofobia. Entre ellas, un hombre que había escapado de Gambia por ser bisexual, país donde la ley castiga la homosexualidad con cadena perpetua. Washington lo devolvió al mismo infierno del que huyó.
Los trenes del siglo XX llevaban prisioneros. Los aviones del siglo XXI transportan personas que buscan refugio. La diferencia es que ahora la barbarie tiene contrato, cláusulas de confidencialidad y factura diplomática.
Ghana, Esuatini, Ruanda, Sudán del Sur y Uganda han aceptado recibir a deportados a cambio de dinero, favores o visados. Esuatini firmó un acuerdo por 5,1 millones de dólares para aceptar 160 migrantes. Ghana fue premiada con la eliminación de las restricciones de visado impuestas en junio. Ruanda pidió, literalmente, un “pago de 100.000 dólares por cada deportado” y una lista de “concesiones políticas”.
Lo llaman cooperación internacional. En realidad, es tráfico de seres humanos con membrete oficial.
En la práctica, Estados Unidos ha inventado una nueva forma de desaparición legal, disfrazada de política migratoria. Las víctimas no llegan a juicio, no tienen defensa, no aparecen en ningún registro público. Su rastro se pierde en campos militares, prisiones secretas o fronteras africanas donde se les abandona con cien euros y una amenaza. A algunos se les dispara si intentan escapar. A otros se les entrega documentación falsa.
No es una política improvisada. Es una estrategia de miedo.
EL MIEDO COMO HERRAMIENTA DE GOBIERNO
El investigador Muzaffar Chishti, del Migration Policy Institute, lo resume sin rodeos: “El objetivo no es deportar, es crear un ambiente de crueldad.” Se trata de infundir terror en quienes residen sin papeles, provocar autodeportaciones y disuadir a quienes intentan llegar. Es una pedagogía del castigo, un espectáculo planificado para mostrar poder.
Trump no inventó nada. Solo cambió los trenes por aviones y las alambradas por acuerdos bilaterales.
Cada vuelo, cada deportación sin nombre, cada país sobornado forma parte de un mismo mensaje: la impunidad del imperio.
Estados Unidos se proclama defensor de los derechos humanos mientras compra silencio y complicidad en los mismos países que arruinó con su geopolítica y su deuda.
Este modelo no es una excepción. Es el espejo de Occidente. La Unión Europea paga a Marruecos o Libia para que frenen migrantes a tiros. El Reino Unido quiso deportarlos a Ruanda antes de que su propio Tribunal Supremo detuviera la barbarie. Trump solo ha perfeccionado el método: la externalización del horror.
La propaganda lo disfraza de “seguridad nacional”, pero la verdad es más sencilla: el miedo se ha convertido en un instrumento de gobierno.
Los vuelos no solo trasladan cuerpos. Trasladan un mensaje: nadie está a salvo si el poder decide que no lo merece.
El discurso oficial habla de “ilegales”, “delincuentes” o “elementos peligrosos”. Pero las cifras revelan otra cosa: 400.000 deportaciones en ocho meses, la mayoría sin antecedentes penales. No hay proporcionalidad, solo espectáculo. La violencia como escenografía de autoridad.
El Gobierno de Trump no oculta sus intenciones. La vicepresidencia ultra, las leyes raciales reactivadas y los discursos sobre “pureza nacional” repiten fórmulas que la humanidad ya conoció.
Los fascismos nunca regresan con botas: regresan con corbatas, contratos y aviones militares.
Los abogados que representan a los deportados han denunciado la desaparición de decenas de personas. Algunos fueron vistos por última vez en bases militares estadounidenses en Yibuti. Otros permanecen incomunicados en prisiones africanas. Uno de ellos, el mexicano Jesús Muñoz, fue repatriado meses después en silencio. Ningún medio estadounidense lo cubrió. Ninguna institución internacional lo exigió.
El trumpismo ha convertido la deportación en castigo ejemplar, y la impunidad en espectáculo patriótico.
Cada vuelo es un recordatorio de lo que puede hacerse con un uniforme y una orden administrativa.
La historia no volverá a preguntar “cómo pudo ocurrir”. Ya lo sabe. Ocurre con formularios, con dinero y con silencio.
Y, como entonces, quienes callan también firman.
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