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Michael O’Leary, consejero delegado de Ryanair, vuelve a poner a prueba la paciencia de un país entero. Lo suyo ya no es estrategia empresarial, es un chantaje en toda regla. Cierra bases, cancela vuelos, recorta conexiones con aeropuertos regionales y amenaza con catástrofes turísticas mientras reparte insultos a ministros y convierte a sus trabajadores en vigilantes de maletas a comisión. Todo para seguir exprimiendo a consumidores y gobiernos.
Porque la clave está ahí: mientras acusa a Aena y al Gobierno de “arruinar” las regiones por subir 0,68 céntimos las tasas aeroportuarias, Ryanair ha subido un 21% de media el precio de sus billetes en el último año. La “catástrofe turística” que anuncia la compañía no es más que el reflejo de su propio modelo: si no recibe ayudas públicas millonarias, si no se rebajan aún más los costes que ya paga, entonces levanta el vuelo y deja tirados a trabajadores, territorios y usuarios.
Pero el chantaje no se acaba en los aeropuertos. También se libra en los bolsillos de los pasajeros. O’Leary presume de convertir a su plantilla en una policía de maletas, pagándoles 2,5 euros por cada bulto que exceda un milímetro de sus medidas absurdas. Una práctica que ya ha sido multada por más de 100 millones de euros en España y que Europa ha declarado ilegal. Ryanair convierte los derechos básicos —volar con equipaje de mano, viajar junto a una persona dependiente— en un negocio sucio y descarado.
La respuesta del Gobierno y de Aena ha sido, por una vez, clara: no ceder al chantaje, diversificar operadores y recordar que el sistema aeroportuario no puede funcionar a golpe de berrinches de un millonario desquiciado. Los sindicatos lo han dicho alto y claro: España no puede vivir sometida a esta extorsión permanente. Y aquí está el fondo del asunto: si un empresario extranjero puede poner de rodillas la conectividad de todo un país es porque se le ha dejado demasiado poder en manos privadas.
No se trata solo de aeropuertos ni de maletas. Se trata de no ceder. Porque cada vez que se agacha la cabeza ante O’Leary, el mensaje es el mismo: los derechos de la gente valen menos que los caprichos de un millonario.
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