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Una escena en una protesta propalestina muestra cómo el relato puede construirse en segundos: provocar primero, victimizarse después.
En el vídeo que se ha hecho viral estos días se ve una escena aparentemente menor. Una protesta propalestina. Un grupo de personas manifestándose de forma pacífica. Y un hombre que llega con una intención muy clara: provocar.
No llega para dialogar. No llega para escuchar. No llega para debatir.
Llega para generar conflicto.
Se acerca al grupo. Empieza a increpar. Discute con quienes protestan. El ambiente se tensa, no por la protesta en sí, sino por su insistencia. Las personas manifestantes le piden que se marche. Él se queda. Vuelve a insistir. Sube el tono. Provoca más.
Lo que busca no es conversación. Lo que busca es reacción.
Y entonces ocurre algo revelador.
En cuanto aparece la policía cerca, la escena cambia. El provocador se tira al suelo y se presenta como víctima de una agresión que nadie ha visto. De repente, quien había llegado a generar conflicto pasa a representar el papel de agredido.
Es un giro instantáneo.
Una transformación calculada.
Una escena que, para quienes siguen la propaganda política vinculada al conflicto entre Israel y Palestina, resulta inquietantemente familiar.
Porque lo que se ve en ese vídeo no es solo un episodio aislado en una protesta. Es la reproducción en pequeño de un patrón que lleva años repitiéndose a escala internacional.
Provocar.
Responder con violencia.
Y después presentarse como víctima.
LA PROVOCACIÓN COMO HERRAMIENTA POLÍTICA
En muchas manifestaciones propalestinas celebradas en Europa y Estados Unidos desde 2023, tras el inicio de la ofensiva israelí sobre Gaza, se han documentado episodios similares. Individuos que acuden a concentraciones con el objetivo de generar confrontación directa con las y los manifestantes.
No es una estrategia nueva.
Los estudios sobre comunicación política y propaganda llevan décadas analizando esta lógica. En el campo de la sociología de los movimientos sociales se conoce como “estrategia de provocación narrativa”: generar un incidente que permita reconfigurar el relato público.
El proceso suele ser simple.
Primero se introduce tensión en un espacio de protesta. Se busca provocar a quienes participan. Se insiste hasta lograr una reacción. Y en cuanto esa reacción ocurre (aunque sea mínima), el relato se invierte.
El foco ya no está en la causa de la protesta.
El foco pasa a estar en el supuesto incidente.
De repente, el debate deja de ser el genocidio en Gaza, las decenas de miles de víctimas civiles o la destrucción masiva de infraestructuras.
El debate pasa a ser la agresividad de quienes protestan.
En ese instante, la narrativa se invierte.
Y quien había llegado a provocar se convierte en protagonista del relato mediático como víctima.
La propaganda funciona precisamente así: desplazando el centro de la historia.
LA BATALLA POR EL RELATO
En el contexto del genocidio en Gaza (que ya supera los dos años y medio de guerra y decenas de miles de víctimas civiles), la batalla por el relato se ha convertido en uno de los frentes más importantes del conflicto.
Israel ha invertido durante décadas enormes recursos en lo que en su propia estrategia institucional se denomina “hasbará”, un sistema de comunicación política diseñado para defender la narrativa del Estado en la esfera internacional.
La lógica es sencilla.
Israel se presenta sistemáticamente como una democracia asediada que responde a amenazas constantes.
Pero esa narrativa entra en crisis cada vez que la realidad contradice el relato. Cuando aparecen imágenes de barrios enteros arrasados. Hospitales bombardeados. Niñas y niños muertos bajo los escombros.
En esos momentos, el objetivo deja de ser justificar la ofensiva.
El objetivo pasa a ser desplazar la conversación.
Convertir cualquier crítica en un supuesto ataque antisemita.
O transformar cualquier protesta en una escena de agresión contra simpatizantes de Israel.
La clave no es ganar el debate moral. La clave es confundir el debate.
Y ahí es donde escenas como la del vídeo cobran sentido.
Porque permiten generar exactamente esa confusión.
Una escena breve.
Un incidente ambiguo.
Un vídeo viral.
Y un nuevo titular que desplaza la atención del conflicto real.
EL RELATO QUE SE CONSTRUYE EN SEGUNDOS
Las redes sociales han acelerado este fenómeno de forma radical.
Un vídeo de apenas 10 o 15 segundos puede cambiar completamente el sentido de una protesta. Un fragmento sacado de contexto puede convertirse en una prueba aparentemente irrefutable.
Pero lo que muestra el vídeo de esta protesta propalestina es algo distinto.
Muestra el momento previo.
Muestra la provocación.
Muestra la insistencia.
Y muestra el instante exacto en el que el provocador decide convertirse en víctima.
Es una escena pequeña.
Pero también es una metáfora política.
Porque resume en unos pocos segundos el funcionamiento de una propaganda que lleva décadas aplicándose en el escenario internacional.
Provocar.
Atacar.
Victimizarse.
Y convertir la manipulación del relato en un arma política más.
A veces los grandes mecanismos de propaganda no se ven en discursos oficiales ni en ruedas de prensa.
A veces se ven en algo mucho más simple: un hombre provocando una protesta y tirándose al suelo en cuanto aparece la policía.
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