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Una ciudad milenaria arrasada mientras gobiernos, empresas y medios miran hacia otro lado
Beirut no es solo una capital. Es historia acumulada durante más de 5.000 años. Es memoria, cultura, vida. Y ahora también es un mapa que se borra en directo. Sin pausa. Sin freno. Sin consecuencias aparentes.
Las imágenes lo muestran con crudeza, como en este vídeo que recoge el impacto de los bombardeos en pleno corazón de la ciudad. Calles enteras reducidas a escombros. Edificios abiertos en canal. Gente corriendo. Y otras personas que ya no corren. Porque no pueden.
Israel está atacando barrios completos en la capital del Líbano. No hablamos de daños colaterales ni de errores puntuales. Hablamos de destrucción sistemática. De zonas residenciales convertidas en ruinas. De familias enteras sepultadas bajo sus propias casas. Y todo ocurre mientras la ofensiva continúa, día tras día.
El patrón resulta inquietantemente familiar. Demasiado. Porque ya lo vimos. Lo vimos en Gaza. Y funcionó. Funcionó porque no hubo consecuencias reales. Porque la devastación fue retransmitida, denunciada… y aun así tolerada.
Un guion repetido, paso a paso
Primero llegan los bombardeos intensivos. Después, la destrucción progresiva. Casa a casa. Calle a calle. No queda nada. El objetivo no es solo militar. Es territorial. Vaciar. Expulsar. Impedir el regreso.
En el sur del Líbano, ese proceso ya está en marcha. Miles de familias desplazadas. Viviendas destruidas. Infraestructuras básicas inutilizadas. Lo que queda es un territorio inhabitable. Y esa no es una consecuencia accidental. Es el resultado.
Se habla poco de esto. O se habla mal. Se diluye. Se suaviza. Se esconde detrás de términos ambiguos. Pero los hechos son claros. La destrucción sistemática de hogares civiles no es una anomalía dentro de esta estrategia. Es parte de ella.
Y luego están los hospitales. Otro elemento clave en este patrón. En Gaza, al principio se negaba. Se decía que los ataques eran producto de errores o de lanzamientos fallidos. Después, que los centros médicos ocultaban bases militares. Las explicaciones cambiaban. Lo que no cambiaba era el resultado: hospitales destruidos.
En Líbano empieza a repetirse la secuencia. Instalaciones civiles bajo ataque. Espacios que deberían ser refugio convertidos en objetivo. Y el discurso, de nuevo, intenta justificar lo injustificable. Hasta que deja de hacerlo. Porque ya no hace falta.
Normalizar lo inaceptable
Lo más preocupante no es solo la violencia. Es la normalización. La capacidad de que algo así ocurra y deje de sorprender. Que deje de generar reacción política real. Que se convierta en una noticia más.
Parte de esa normalización se construye desde el relato. Desde cómo se cuentan las cosas. Desde qué se omite. Desde qué se repite. Hay una narrativa dominante que reduce, matiza o directamente justifica cada escalada. Una narrativa que evita nombrar lo que está pasando con todas sus letras.
Pero también hay responsabilidades políticas. Gobiernos que miran hacia otro lado. Que emiten comunicados. Que apelan a la “contención”. Y poco más. Sin medidas efectivas. Sin consecuencias tangibles. Sin freno.
Y hay intereses económicos. Empresas que operan, invierten o se benefician en contextos de guerra. Que encuentran oportunidad donde hay destrucción. Que siguen funcionando con normalidad mientras ciudades enteras desaparecen.
El resultado es un escenario donde la impunidad no solo existe. Se consolida. Se convierte en precedente. En mensaje. En aviso.
Porque cuando un modelo de actuación funciona sin castigo, se repite. Y cuando se repite, se expande. La pregunta ya no es solo qué está ocurriendo en Beirut. Es hasta dónde puede llegar.
Y entonces surge una duda incómoda. Difícil de esquivar. Si esto sigue así, si no hay consecuencias reales, si todo se tolera… ¿quién será el siguiente?
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Porque sí, la extrema derecha no empieza siempre gritando censura, deportaciones, recortes o mano dura. A veces empieza antes. Mucho antes. Empieza alterando el lenguaje. Empieza llamando “libertad” al privilegio de quienes más tienen. Empieza llamando “familia” a un modelo único y obediente. Empieza llamando “patria” a una frontera moral. Empieza llamando “sentido común” a una agenda profundamente reaccionaria.
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Me vais a tener que disculpar, pero llevo ya semanas dudando: ¿digo algo o no?
Me gusta mucho leeros, pero hay una palabra que de tanto verla en usos dudosos se me ha quedado atragantada. Hoy leía este post y pensaba que por fin uno sin ella, pero no, ahí en el último párrafo esperaba agazapada… y nuevamente con un uso cuestionable.
¿Por qué la duda es incómoda? ¿Para quién es incómoda esa duda? ¿Por qué todo es incómodo?
Para una persona libanesa, la duda puede ser ominosa, desalentadora. Para mí, tal vez indignante o jugando al oxímoron, esclarecedora.
No me lo tengáis muy en cuenta, pero si revisáis los posts de los últimos meses tendréis que darme la razón.
Y una vez quitada la espina de lo banal, lo realmente importante: enhorabuena y gracias por vuestro trabajo.