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Cuando una guerra se dirige con “presentimientos”, lo que está en juego no es solo la geopolítica: es la vida de miles de personas convertida en experimento político.
Durante 10 días de bombardeos en marzo de 2026, la Administración de Donald Trump ha demostrado algo inquietante. No se trata solo de una escalada militar contra Irán. Se trata de una guerra sin un plan claro, sin objetivos definidos y con un discurso que cambia cada pocas horas.
Un día la Casa Blanca asegura que la operación está “casi completada”. Al siguiente afirma que “no ha hecho más que comenzar”. A ratos se habla de una incursión breve. En otras ocasiones, de una campaña que podría durar entre cuatro y cinco semanas, o incluso hasta ocho semanas, según palabras del propio secretario de Defensa, Pete Hegseth.
Mientras tanto, el propio Trump lanza advertencias cada vez más grandilocuentes. Ha afirmado haber destruido 10 barcos minadores en el estrecho de Ormuz y ha amenazado a Irán con “consecuencias nunca vistas” si no retira las supuestas minas colocadas en esa vía estratégica.
Pero en medio de ese lenguaje marcial hay una pregunta que sigue sin respuesta: ¿cuál es exactamente el objetivo de esta guerra?
UNA GUERRA SIN OBJETIVO CLARO
La contradicción central se hizo evidente cuando el senador demócrata Chris Murphy reveló detalles de una sesión informativa de dos horas con la Administración estadounidense.
Según Murphy, los responsables militares confirmaron algo sorprendente: destruir el programa nuclear iraní no está realmente entre los objetivos de la guerra. Algo que contradice directamente la narrativa pública de Trump.
La explicación es simple y preocupante al mismo tiempo. Los ataques aéreos no pueden eliminar el material nuclear iraní, que se encuentra en instalaciones subterráneas o dispersas. Es decir, el argumento principal utilizado para justificar los bombardeos carece de base operativa real.
El otro gran objetivo que desaparece de la lista es el cambio de régimen en Irán. En los primeros días de la ofensiva, Trump insinuó abiertamente la posibilidad de un levantamiento interno contra el gobierno de los ayatolás. Esa retórica ha ido desapareciendo de la narrativa oficial.
Queda entonces un objetivo difuso: destruir misiles, barcos y fábricas de drones.
El problema es evidente. Si Irán reconstruye esas infraestructuras, el conflicto simplemente volverá a empezar.
Murphy lo resumió con crudeza: la lógica militar planteada por la Casa Blanca apunta a bombardeos periódicos indefinidos, una fórmula que en la práctica significa una guerra sin final.
Mientras tanto, el coste humano ya empieza a aparecer. El Pentágono confirmó que 140 militares estadounidenses resultaron heridos en los primeros 10 días de ataques, aunque 108 ya se han reincorporado al servicio.
La cifra es significativa por otra razón. Durante días la Administración Trump evitó ofrecer datos oficiales, y solo confirmó las bajas después de que la agencia Reuters publicara la información.
La opacidad informativa empieza a ser parte de la estrategia de guerra.
LA GUERRA DE LOS “PRESENTIMIENTOS”
Si el caos estratégico resulta inquietante, el origen mismo del conflicto es todavía más perturbador.
La secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, reconoció que la decisión de bombardear Irán estuvo motivada por los “presentimientos” de Donald Trump.
Según explicó la portavoz, el presidente estadounidense tenía la sensación de que Irán estaba a punto de atacar intereses estadounidenses en la región. Ante esa posibilidad, decidió ordenar un ataque preventivo.
La declaración es extraordinaria por una razón evidente: no se ha presentado ningún informe de inteligencia que demuestre la existencia de una amenaza inminente.
En otras palabras, una guerra iniciada por intuición presidencial.
La improvisación también se ha reflejado en la gestión de la crisis energética global. El secretario de Energía, Chris Wright, llegó a anunciar que la Marina estadounidense había escoltado un petrolero a través del estrecho de Ormuz.
La noticia provocó una reacción inmediata en los mercados. El precio del petróleo se desplomó casi un 20%, situando el crudo estadounidense por debajo de 77 dólares por barril.
Horas después se descubrió que la afirmación era falsa. Wright borró el mensaje y la Casa Blanca confirmó que ningún petrolero había sido escoltado.
Ese episodio resume el nivel de improvisación con el que se está gestionando una crisis internacional de enorme magnitud. Un simple error de comunicación provocó una sacudida global en los mercados energéticos.
Mientras tanto, Trump continúa alternando mensajes contradictorios. En cuestión de minutos pasó de afirmar que no había informes sobre minas en Ormuz a asegurar que Estados Unidos había destruido 10 barcos minadores en la zona.
Los mercados reaccionaron con la misma confusión que la opinión pública.
En este contexto, la guerra deja de parecer una estrategia militar coherente y empieza a parecer otra cosa.
Una sucesión de decisiones tomadas sobre la marcha, guiadas por impulsos políticos y mensajes improvisados en redes sociales.
Porque cuando el comandante en jefe afirma que la operación terminará “cuando él determine que se han alcanzado los objetivos”, la estrategia deja de depender de planes militares y pasa a depender del estado de ánimo de un solo hombre.
Y cuando una guerra depende del estado de ánimo de un presidente, la política exterior deja de ser diplomacia para convertirse en una ruleta cargada con misiles.
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