Este medio se sostiene gracias a su comunidad. APOYA EL PERIODISMO INDEPENDIENTE .
Si la izquierda no vuelve a hablar de salarios, vivienda y dignidad, el fascismo seguirá llenando el silencio con odio.
EL VACÍO QUE LLENA LA EXTREMA DERECHA
La clase trabajadora mundial está huérfana de representación política. Los sindicatos se han debilitado, las socialdemocracias se han burocratizado y la izquierda institucional ha olvidado su razón de ser: organizar el poder de quienes viven de su trabajo frente a quienes viven del trabajo ajeno. En Europa, la densidad sindical ronda el 20 – 25%, en América Latina el empleo informal supera el 50%, y en Asia y África la desregulación laboral es la norma, no la excepción. La precariedad no es coyuntura: es arquitectura.
Durante décadas, las élites políticas progresistas han sustituido la política de clase por una política de consumidores y emprendedores. Se ha hablado de “competitividad”, de “transición verde” o de “resiliencia”, pero no de salarios, control de precios, o propiedad pública. Mientras tanto, la extrema derecha aprendió a hablar de los problemas reales con palabras falsas: promete protección mientras destruye derechos, agita banderas para ocultar nóminas vacías. Su éxito no es cultural, es material. Ocurre donde la gente ha perdido trabajo, vivienda o esperanza y solo escucha a quien se atreve a señalar culpables.
La crisis de 2008, la pandemia y la inflación han consolidado un nuevo régimen económico global: un capitalismo de plataformas, deuda y servidumbre tecnológica, donde la concentración de poder es obscena. En 2025, el 1% más rico posee más del 43% de la riqueza mundial, según Oxfam, y las diez mayores corporaciones tecnológicas controlan infraestructuras básicas de comunicación, energía o información. Lo llaman mercado, pero es gobierno corporativo sin urnas.
En este contexto, el sindicalismo no basta. Sin una estrategia política mayoritaria (capaz de ganar elecciones, reformar leyes laborales y recuperar soberanía económica), toda resistencia se convierte en gesto. Es lo que advierte la investigación del Center for Working-Class Politics y la evidencia empírica de la última década: sin coaliciones amplias de clase trabajadora, no hay redistribución posible.
CANDIDATURAS DE CLASE, POPULISMO ECONÓMICO Y TRABAJO DE BASE
Recomponer mayorías obreras exige tres movimientos simultáneos: hablar claro, gobernar bien y volver al territorio.
Primero, recuperar el lenguaje del conflicto. No se trata de “proteger a las familias”, sino de enfrentar a quienes producen riqueza con quienes la concentran. Las campañas que han conectado con las y los trabajadores (de Sanders a Mélenchon, de Boric a el Frente Amplio uruguayo, de el Labour de Corbyn a los comunales de Kerala) comparten un hilo: nombran al enemigo. Dicen “banqueros”, “fondos buitre”, “oligarquías energéticas”, “Amazon”, “BlackRock”. No hay proyecto transformador sin relato de poder.
Segundo, candidaturas con biografía obrera y discurso creíble. En la mayoría de parlamentos del mundo, menos del 5% de las y los representantes proviene de ocupaciones manuales, técnicas o de cuidados. Ese desequilibrio explica por qué la clase política legisla para quienes cotizan en bolsa y no para quienes trabajan a turnos. Los datos del CWCP y de Democratic Audit en Reino Unido confirman que las y los votantes de clase trabajadora confían más en candidaturas que comparten su origen social, y que esas candidaturas, una vez electas, defienden políticas más redistributivas y sindicalistas.
Tercero, una agenda económica visible, valiente y material. Subir el salario mínimo, penalizar el esquirolaje patronal, reforzar la negociación colectiva, blindar los servicios públicos, frenar la especulación inmobiliaria y crear un sistema de garantía de empleo público y transición ecológica justa. Son políticas populares, no radicales. Encuestas globales de Ipsos y Gallup en 2024 muestran que más del 70% de la población mundial apoya impuestos más altos a los ricos y un papel más fuerte del Estado en sanidad y energía. El problema no es la gente, es la cobardía política.
Además, las izquierdas deben dejar de caer en el falso dilema entre renunciar a principios o encerrarse en minorías urbanas. Ni el “Trump Lite” europeo (copiar el lenguaje de los ultras para arañar votos) ni la impotencia del “que se hunda solo”. El fascismo no se autodestruye: se combate con organización y proyecto. La estrategia no es adaptar el mensaje a las encuestas, sino moldear las encuestas con liderazgo.
En el siglo XX, los partidos obreros crecieron porque estaban presentes en los barrios, en las fábricas y en los pueblos, no porque hicieran vídeos en redes. Hoy, ese papel lo cumplen plataformas como Movimiento Sin Tierra en Brasil, France Insoumise en Francia o cooperativas municipales en Italia y España. Quien no pisa el territorio deja espacio al algoritmo, y el algoritmo siempre trabaja para los dueños del capital.
Reconstituir ese tejido no es utopía. Basta con reorientar los recursos: en 2024, los grandes partidos progresistas gastaron más de 4.500 millones de dólares en publicidad electoral. Con solo el 10% de esa cifra se podrían financiar miles de centros locales, redes de consumo, espacios sindicales o brigadas de ayuda mutua. Política no es campaña, es presencia permanente.
El reto es global, pero la respuesta también. Sindicatos del sur global, cooperativas energéticas europeas y movimientos climáticos juveniles están tejiendo una nueva Internacional de facto. Su punto en común: no esperan permiso del poder, lo disputan.
La clase trabajadora no ha desaparecido; lo que desapareció fue su representación política. Si no la reconstruimos, las próximas décadas serán un feudalismo tecnológico con rostro amable y contratos basura. No es solo una batalla por el salario o la vivienda. Es una batalla por el sentido mismo de la democracia.
Este periodismo no lo financian bancos ni partidos
Lo sostienen personas como tú. En un contexto de ruido, propaganda y desinformación, hacer periodismo crítico, independiente y sin miedo tiene un coste.
Si este artículo te ha servido, te ha informado o te ha hecho pensar, puedes ayudarnos a seguir publicando.
Cada aportación cuenta. Sin intermediarios. Sin líneas rojas impuestas. Solo periodismo sostenido por su comunidad.
Related posts
SÍGUENOS
Luciana Gatti entra en política porque el Congreso brasileño está legislando la catástrofe
Luciana Gatti lleva más de 30 años estudiando la Amazonia y los gases que aceleran el calentamiento global. Es investigadora principal del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, el INPE, y coordina su Laboratorio de Gases de Efecto Invernadero. No es una tertuliana reciclada, una celebridad buscando foco ni una profesional de la política fabricada en un despacho. Es una científica que ha dedicado décadas a medir cómo uno de los mayores reguladores climáticos del planeta está dejando de funcionar.
Ahora ha decidido presentarse al Congreso.
Gatti anunció el 13 de julio su precandidatura a diputada federal por São Paulo dentro del Partido Socialismo y Libertad, el PSOL. Las candidaturas deberán registrarse oficialmente antes del 15 de agosto y la primera vuelta de las elecciones brasileñas se celebrará el 4 de octubre. Su objetivo es llevar la ciencia al lugar donde se aprueban las leyes que están acelerando el desastre. Porque publicar investigaciones sirve de poco cuando quienes legislan las ignoran, las niegan o directamente trabajan para las empresas responsables.
Ecuador abandona la Amazonia al oro ilegal y deja solos a quienes la protegen
La Amazonia ecuatoriana está siendo devorada por la minería ilegal mientras el Estado llega tarde, responde a medias o directamente mira hacia otro lado. Retroexcavadoras, dragas, campamentos clandestinos y grupos armados avanzan sobre territorios indígenas y áreas protegidas. Frente a ellos, 598 guardaparques abandonados a su suerte, sin capacidad legal para incautar maquinaria y sin medios para enfrentarse a organizaciones que llevan fusiles.
En el Parque Nacional Sumaco Napo-Galeras, varios trabajadores fueron interceptados durante una inspección por hombres fuertemente armados que afirmaron proporcionar seguridad a los mineros. Les quitaron los teléfonos, el GPS y la cámara. Quienes debían representar la autoridad ambiental terminaron desarmados, retenidos y obligados a explicar qué hacían dentro del espacio que estaban protegiendo. Los delincuentes pedían cuentas a los guardaparques y no al revés.
Ayuso convierte la cultura madrileña en un photocall pagado con dinero público
La política cultural de Isabel Díaz Ayuso tiene una regla bastante sencilla: para las creadoras y creadores corrientes existen formularios, convocatorias, límites presupuestarios y meses de espera; para las celebridades dispuestas a promocionar Madrid y posar junto al poder aparecen patrocinios millonarios, espacios públicos y contratos diseñados específicamente para ellas.
No es mecenazgo. Tampoco es una defensa desinteresada de la cultura. Es dinero público utilizado para comprar prestigio, propaganda turística y fotografías institucionales. La obra artística queda reducida a soporte publicitario y las administraciones se comportan como una agencia de representación financiada por las y los contribuyentes.
Nacho Cano fue durante años el mejor ejemplo de este modelo. Ahora Woody Allen recoge el testigo con un proyecto que recibirá 3 millones de euros de la Comunidad y del Ayuntamiento de Madrid. Dos nombres famosos, dos operaciones presentadas como apoyo cultural y una misma lógica: socializar el coste para que el beneficio político y empresarial quede en pocas manos.
15.000 personas ya han visto cómo la fe se convierte en poder
El último ReportajeSR analiza cómo determinados sectores del evangelismo conservador dejaron de limitarse a los templos para convertirse en una maquinaria política al servicio de la extrema derecha. De Trump a Bolsonaro, de Milei a Vox: redes comunitarias, guerras culturales, dinero, medios y religión convertidos en infraestructura electoral.
Presentado por Léa Gugelmann, el reportaje ya ha superado las 15.000 visualizaciones desde su estreno. Porque para entender el auge de la extrema derecha no basta con mirar a sus candidatos: también hay que observar quién construye sus discursos, moviliza sus bases y presenta el autoritarismo como una misión divina.
Vídeo | Sadismo en primera persona
Un turista graba el encierro de San Fermín como si estuviera en una atracción. Adrenalina, golpes, risas y animales convertidos en decorado para conseguir un vídeo viral. No está viviendo una tradición: está consumiendo sufrimiento como entretenimiento.
Además, corre con una cámara cuando está prohibido hacerlo, poniendo en peligro a quienes tiene alrededor. La turistificación añade otra capa de irresponsabilidad a una barbaridad ya normalizada: venir, beber, molestar, jugar con la vida ajena y marcharse con unos cuantos clics. El sadismo también se graba en primera persona.
Seguir
Seguir
Seguir
Subscribe
Seguir