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Cuando podíamos viajar sin trabas pandémicas, Italia y Grecia eran destinos preferidos para millones de personas, que acudíamos allí atraídos por sus museos y los recintos arqueológicos de esas dos culturas sobre las que se asienta la nuestra.
Los museos en España ven llenas sus salas cuando organizan exposiciones relacionadas con el mundo clásico: aún se recuerda el éxito de Las furias. De Tiziano a Ribera (Museo del Prado, 2014) o Alma Tadema y la pintura victoriana en la colección Pérez Simón (Museo Thyssen-Bornemizza, 2014).
Los teatros tienen el éxito asegurado cuando llevan a escena versiones de Antígona, Medea o Edipo Rey, y el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida atrae todos los años a decenas de miles de espectadores.
Fundaciones e instituciones culturales que organizan anualmente ciclos de conferencias no dejan de incluir en su programación sesiones sobre personajes, ciudades, literatura o arte del mundo grecorromano, con asistencia de público asegurada.
El auge de la novela histórica
En la última década hemos vivido lo que ha dado en llamarse “el boom” de la novela histórica, uno de cuyos autores más conocidos, con sus novelas ambientadas en la antigua Roma, es Santiago Posteguillo, Premio Plantea 2018.
La británica Mary Beard, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2016, triunfa con sus libros de alta divulgación y sus documentales de TV sobre la Antigüedad clásica.
Poetas tan reconocidos Juan Antonio González-Iglesias o Aurora Luque, por mencionar solo un par de nombres, encuentran inspiración en los clásicos, y el pasado año recibió el Premio Princesa de Asturias de las Letras la canadiense Anne Carson, traductora y estudiosa de Safo, por su capacidad para “construir una poética innovadora a partir del estudio del mundo grecolatino”.
Y qué decir de la sorpresa editorial de 2019, El infinito en un junco de Irene Vallejo, que ha merecido el Premio Ojo Crítico de Narrativa 2019 y el Premio Nacional de Ensayo 2020; una obra sobre la invención de los libros en el mundo antiguo que conecta a través de un hilo magistralmente tejido los orígenes de la literatura en Grecia y Roma con nuestro mundo contemporáneo. Este ensayo emocionante de una filóloga clásica ha sido uno de los libros más leídos en España durante el confinamiento.
Abandonadas en los currículums
Y, paradójicamente, junto a este panorama cultural que transmite un interés constante y vivo por el mundo clásico, asistimos a un incomprensible abandono, cuando no desprecio, de los estudios de latín, griego y cultura clásica en los currículos académicos del sistema educativo español.
Tal situación viene propiciada desde dos frentes que se retroalimentan: la falta de consideración social hacia las Humanidades y los sucesivos planes de estudio.
Las familias, que tienen la última palabra en la elección de las asignaturas que cursan sus hijos en la enseñanza secundaria, acogen con ilusión su voluntad de ser médicos o ingenieros, pero no hay tantas que se alegren cuando estos deciden seguir la rama de Humanidades.
Muchas veces, además, la elección de una modalidad u otra se apoya en el consejo de los orientadores de los centros, de modo que, si un estudiante de secundaria es brillante y alcanza buenas calificaciones, todos los que tienen cierto ascendiente sobre él le dejarán muy claro que “desperdiciaría” su futuro si, con su potencial, se decantara por los estudios de letras.
La crisis de las Humanidades
Un joven con una clara vocación por las Humanidades es hoy en día casi un héroe si logra su objetivo de estudiar lo que desea en la secundaria y el bachillerato, pues, además de persuadir a su familia, ha de tener la suerte de estudiar en un centro que ofrezca siquiera ese itinerario.
En efecto, en muy pocos colegios privados y concertados se enseña griego, y en una parte considerable de institutos públicos ya no existe la rama de Humanidades, de modo que solo hay dos opciones: cambiar de centro (lo que no es factible en poblaciones pequeñas) o desistir.
Y aún entra en juego otro factor: que en ese instituto haya un número suficiente de estudiantes (más de cinco, más de diez, según las comunidades o los propios centros) como para que se permita configurar un grupo, pues, de lo contrario, la asignatura se suprimirá.
Cuando una asignatura se cierra, ¿cómo se espera conseguir suficiente número de alumnos el curso siguiente? El camino para estos estudios no es fácil y todo ello ocurre ante la indiferencia más absoluta de la sociedad.
Así, cada vez que un nuevo gobierno decide promover una reforma del sistema educativo, esta pasa inexorablemente por el arrinconamiento y la asfixia de estas materias.
Desde 1970, España ha visto pasar siete leyes educativas. En todas y cada una de ellas los profesores, las sociedades científicas, asociaciones e instituciones culturales que comparten su interés por los estudios clásicos han tenido que buscar apoyos y luchar, como quien trata de robarle terreno al mar, para que el latín, el griego y la cultura clásica no perdieran su sitio en la enseñanza Secundaria y el Bachillerato.
A nadie más parecía importarle. Recientemente se ha aprobado la Ley Orgánica de Modificación de la Ley Orgánica de Educación (LOMLOE) y, como una maldición anunciada, el Latín y el Griego ni siquiera se mencionan. Y esto, pese a que la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados aprobó por unanimidad el pasado 27 de febrero de 2019 una Proposición No de Ley para instar al Gobierno a que solicite a la UNESCO la declaración del latín y el griego antiguo como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Firmas contra su desaparición
La Sociedad Española de Estudios Clásicos y la plataforma Escuela con Clásicos han promovido una campaña que está recabando miles de firmas y ha recibido el apoyo explícito, entre otras muchas y destacadas instituciones, de la RAE. De nuevo, como Sísifo, estamos empujando cuesta arriba la misma piedra.
Cabe preguntarse en qué sociedad vivimos si hemos de estar permanentemente justificando la necesidad de que nuestros jóvenes tengan, al menos, la posibilidad de formarse en Humanidades.
El estudio del latín y el griego favorece no solo el conocimiento de nuestra propia lengua, sino también el aprendizaje de otras lenguas romances, así como la adquisición del léxico de especialidades científicas.
Conforma, además, una conciencia gramatical importante para el estudio de cualquier idioma y el dominio de la escritura. El acercamiento a la literatura y la cultura clásicas nos permite entender de dónde venimos y cuánto compartimos, porque somos hijos del mundo grecolatino.
El caso de las estudiantes de Sevilla
Hemos recibido un legado común, transmitido durante siglos: ¿qué nos hace pensar que tenemos siquiera el derecho a privar a las siguientes generaciones de recibir esa herencia? Incluso los propios alumnos lo reclaman, como hicieron las estudiantes de un instituto de Sevilla recientemente a través de una petición en change.org.
La idea utilitarista de una educación que solo forma en aquello que es económicamente rentable es inaceptable. No podemos ni imaginar una sociedad cuyos ciudadanos se eduquen solo en materias “productivas”.
Los antiguos nos dieron el pensamiento filosófico, crearon la historia y las ciencias, nos enseñaron el arte de la palabra. Es difícil pensar en un aspecto de la cultura actual que no descanse de alguna forma en el mundo clásico.
Para seguir avanzando en cada una de estas disciplinas, es necesario volver constantemente sobre sus fuentes. Griegos y romanos conformaron los géneros literarios, la poesía, el teatro, la novela, componiendo las obras clásicas que nos identifican como civilización occidental.
Cada generación lee de una manera a sus clásicos y debe poder hacerlo acudiendo a los textos originales o a versiones actualizadas, sin que ello suponga un privilegio para unos pocos que puedan permitirse una educación mejor.
Hurtar a las futuras generaciones este derecho es condenarlas a no saber de dónde vienen. Y solo un sistema educativo que garantice en igualdad de oportunidades los estudios de Humanidades asegura la transmisión de este legado. Si rompemos el hilo invisible que nos une a nuestro pasado, si perdemos la perspectiva, ¿cómo vamos a entender nuestro presente y ser dueños de nuestro futuro?
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M. Dolores Jiménez López no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
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