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El problema del abuso sexual de menores emerge con fuerza y la sociedad va tomando conciencia de sus dimensiones y de las graves consecuencias que puede tener para las víctimas.
Recientemente ha provocado un gran escándalo en Francia la divulgación de casos de abuso intrafamiliar, a partir de la publicación de un libro de Camille Kouchner, hija del exministro de Relaciones Exteriores y Europeas Bernard Kouchner, en que se relataban los abusos que sufrió su hermano cuando tenía 14 años, cometidos por su padrastro, el famoso politólogo Olivier Duhamel. Tras el escándalo se ha abierto un encendido debate sobre lo que en muchos medios se ha denominado “incesto”.
Hablar de incesto es una mala manera de abordar la cuestión. Incesto es la relación sexual entre personas unidas por vínculos de consanguinidad, lo cual infringe un poderoso tabú, bien conocido por la antropología.
En algunas legislaciones ciertas relaciones incestuosas son definidas como delito, pero un principio básico de un derecho penal democrático establece que el Estado tan solo debe intervenir en las relaciones entre ciudadanos cuando uno de ellos ha resultado lesionado en un bien jurídico esencial.
Si dos o más sujetos practican actividades sexuales como personas libres e iguales prevalece la libertad y toda intromisión del Estado es ilegítima. La situación es bien distinta si uno fuerza a otro o bien saca ventaja de una situación de superioridad.
Esto sucede cuando alguien mantiene relaciones sexuales con una persona que no tiene las condiciones biológicas o psíquicas necesarias para comprender la trascendencia de los hechos o para decidir libremente. En tales casos nos encontramos ante un abuso sexual.
El abuso sexual es una forma de abuso de poder. Afirmaba Oscar Wilde que todo va de sexo menos el sexo, pues el sexo va de poder. La hipérbole nos ayuda a percibir el problema. En el abuso sexual lo esencial es el abuso, no el sexo.
Es el abuso lo que daña, lo que no es tolerable. A la sociedad no solo le ha costado tomar conciencia sobre la gravedad del abuso sexual a causa de la pesada herencia del puritanismo (el sexo como tabú), sino también a causa de una reacción emancipadora que a veces no ha sabido distinguir el sexo del abuso de poder.
El abuso de poder
En el poder habita el abuso como potencia. Que la potencia lleve al acto depende de las circunstancias concurrentes. La criminología estudia los factores de riesgo y los factores de protección que impiden que el poderoso dañe a otros.
Cuesta hablar de abuso sexual. Es todavía un tabú, especialmente cuando ocurre en el ámbito intrafamiliar, porque aparece asociado a otro tabú que nos resistimos a cuestionar, el mito de la familia feliz.
Queremos pensar que la familia es el oasis de paz y bienestar que nos protege de los peligros del mundo. Sin embargo, hoy la ciencia nos permite saber que la familia está lejos de esta expectativa para muchas personas. Esta constatación es especialmente dolorosa cuando pensamos en personas que se encuentran atrapadas en relaciones abusivas, como sucede con los niños víctimas de los abusos de sus padres, padrastros, abuelos, hermanos o tíos, entre otros.
Cuando no se denuncia
Para muchas personas es difícil entender por qué la mayoría de víctimas no denuncia y, si lo hace, por qué muchas luego no son capaces de mantenerse firmes. La investigación con víctimas de abuso sexual infantil ha mostrado que hay una serie de barreras que estas tienen que superar.
Ante todo están las barreras intrapersonales. Las personas abusadas pueden no recordar los hechos, a causa de amnesia disociativa, o pueden no ser capaces de reconocerlos. El carácter crónico de los abusos y la adaptación a la realidad dificulta la comprensión.
En un estudio basado en entrevistas a adultos que habían experimentado abuso sexual infantil algunos explicaron que les costó tiempo poner nombre a lo que habían vivido. Vemos de nuevo la importancia de hablar del abuso sexual y utilizar el lenguaje adecuado para elaborar y contar la experiencia.
No menos relevantes son las barreras de carácter interpersonal. El abuso sexual frecuentemente surge en un entorno familiar en que concurren otros problemas. Además de los abusadores puede haber encubridores, personas que anteponen sus necesidades y miedos al deber de proteger a sus hijos menores.
Los abusadores prohíben hablar a sus víctimas y tejen una red de manipulación y mentira en torno a ellas, en la que pueden participar otros miembros del grupo. Romper el orden familiar construido sobre esta red persistente exige una inteligencia y una valentía que pocas personas tienen en estas situaciones.
Una víctima nos contaba el conflicto de lealtad que su madre tenía entre protegerla y proteger a su hermano abusador de la justicia. Las propias víctimas pueden estar atenazadas por dilemas semejantes y sentir la necesidad de proteger a sus abusadores.
Las barreras institucionales
Finalmente, existen las barreras institucionales. El sistema de justicia penal no ha sido diseñado para hacer frente a la victimización intrafamiliar y resulta un espacio hostil para las víctimas, especialmente las menores de edad.
Son necesarias reformas y una mayor formación y sensibilización de los profesionales para proteger a las víctimas, tanto del abuso sexual y sus consecuencias como del sistema de justicia.
También hay que reclamar una mayor concienciación de todos quienes tienen contacto con los menores. La justicia penal es solo el último remedio y un mal remedio. Hay que hablar del abuso sexual, conocerlo y reconocerlo, para poder reconocer y proteger a las víctimas y diseñar intervenciones profesionales adecuadas con las familias que necesitan apoyo.
Solo detectando los casos y actuando a tiempo con mecanismos adecuados podrá impedirse que los patrones de abuso instaurados en ciertas familias se sigan reproduciendo.
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Josep-Maria Tamarit Sumalla no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.
The Conversation. Rigor académico, oficio periodístico
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