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La mutilación genital femenina (MGF), también conocida como ablación, comprende todos los procedimientos consistentes en la resección o lesión de los órganos genitales femeninos por motivos no terapéuticos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) diferencia cuatro tipos:
El tipo I o clitoridectomía consiste en la resección (completa o no) del clítoris.
El tipo II o escisión incluye, además, el corte de los labios menores o pliegues internos de la vulva.
El tipo III o infibulación es el tipo más cruento: consiste en cortar y recolocar los labios menores y mayores cosiéndolos para estrechar o cerrar la abertura vaginal.
Por último, el tipo IV engloba todas las demás prácticas lesivas de los genitales femeninos con fines no médicos.
En cualquier caso, se trata de un acto de violencia de género y un problema de salud pública que afecta a más de 200 millones de mujeres y niñas en todo el mundo. Se concentra en 30 países de África y en algunos países de Asia y Oriente Medio.
En Europa, pese a que existe legislación que la prohíbe, miles de mujeres y niñas están en riesgo de mutilación genital femenina. Concretamente, el Instituto Europeo por la Equidad de Género (EIGE) estima que 39 734 menores están en riesgo de sufrirla en España, siendo el 79 % migrantes de segunda generación.
Hemorragias, dolor, depresión y complicaciones en el parto
Lejos de ser una práctica beneficiosa, como aseguran quienes la defienden, esta forma de mutilación acarrea importantes problemas para la salud. A nivel físico aparecen, entre otras, hemorragia, dolor intenso, infecciones y en algunos casos acaba produciendo la muerte.
También se han detectado entre las supervivientes residentes en España consecuencias psicológicas como miedo, dolor emocional, rabia, frustración, angustia, tristeza, depresión y trastorno de estrés postraumático.
Estas mujeres también refieren una afectación en su vida sexual, con disminución del placer o incluso dolor durante las relaciones sexuales.
La mutilación genital femenina produce asimismo complicaciones obstétricas, provocando mayor necesidad de episiotomías, tiempo prolongado durante el parto, partos instrumentados y cesáreas, pudiendo verse afectados los recién nacidos.
Aumentar el nivel de formación para detectarla
Pese a las diversas consecuencias para la salud de la mutilación genital femenina, estos casos no siempre se detectan ni reciben el acompañamiento y cuidados necesarios. Sin embargo, detectar y abordarla adecuadamente es fundamental para paliar las consecuencias para la salud física, psicológica, sexual y obstétrica con las que conviven las supervivientes en los países de acogida y que, en numerosas ocasiones, pasan inadvertidas al tratarse de un tema tabú para ellas y poco conocido entre los profesionales.
Igualmente, este abordaje resulta esencial para prevenir que más niñas sean mutiladas en Europa o, como suele ocurrir, durante un viaje de vacaciones al país de origen.
Entre los factores que perpetúan esta tradición se encuentran el desconocimiento de los problemas de salud que produce, las presiones familiares, así como los argumentos y mitos que apoyan su continuación. Dependiendo de la etnia, estos argumentos suelen ser los beneficios para la salud y prevención de la muerte del recién nacido, la creencia de que mejora la satisfacción sexual en el varón, de que protege ante la infidelidad, la asociación de la mutilación genital con un “rito de paso a la edad adulta”, la pertenencia al grupo, etc.
Por el contrario, el principal factor que promueve la oposición a la mutilación genital femenina es conocer las consecuencias para la salud que produce y las experiencias negativas cercanas con la práctica. También influye positivamente que las posibles afectadas tomen conciencia sobre sus derechos, conozcan la legislación existente y rompan el tabú relacionado con la mutilación genital femenina para cuestionar las argumentaciones que la justifican.
Una reflexión crítica de las tradiciones
Los profesionales sociosanitarios deben conocer esta práctica y brindar una adecuada atención a la salud a las mujeres supervivientes desde un abordaje holístico y una perspectiva respetuosa y transcultural. Así mismo deben conocer los argumentos a favor y las presiones sociales para trabajar en el cambio de actitudes de las familias. Hay que considerar que el propio proceso migratorio, y especialmente, la integración en el país de acogida, conducen a la reflexión crítica de las prácticas tradicionales propias del país de origen.
En este contexto, el papel de los profesionales sociosanitarios debe ser el de acompañar en el proceso de cambio y empoderamiento, proporcionar conocimientos basados en evidencia científica sobre los riesgos de la MGF desde una posición de entendimiento cultural y evitar la revictimización. Otra línea de actuación prometedora consiste en fomentar y trabajar como sociedad en la pronta integración de estas supervivientes y sus familias.
En España, para luchar contra esta lacra, es necesaria la formación de los profesionales sociosociosanitarios, la incorporación de mediadores interculturales, la creación de estructuras que doten de protección y apoyo a las mujeres y niñas supervivientes, así como la creación de un protocolo nacional que aborde integralmente la mutilación genital femenina desde la coordinación interinstitucional y multidisciplinar, tal y como explican desde la Red Estatal Libres de MGF y otras violencias machistas.
María del Mar Pastor Bravo does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.
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