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Una reseña del libro El Director, de David Jiménez
Por Cristina Cardín

Es uno de los primeros párrafos del capítulo Los Acuerdos, del libro El Director, que sorteamos entre las Aliadas de Spanish Revolution. Edita Libros del K.O. y está escrito por David Jiménez, quien duró un año al frente del periódico El Mundo y después decidió contar, en primera persona, las mil y una intrigas que vivió en aquella redacción.
La premisa parece sacada de una película de los 80: Un periodista curtido en el reporterismo de guerra y las corresponsalías en países lejanos es reclutado para ser el nuevo director de una de las principales cabeceras de la prensa española. Llega con ilusión y ganas de ejercer un buen periodismo, pero desde el primer minuto choca con los directivos de La Segunda, la planta donde desde los despachos lujosos y las quedadas con políticos y empresarios para comer en finos restaurantes, se dirige realmente el periódico.
Jiménez no puede dar crédito a lo que empieza a presenciar. Nos preguntamos, al leerle, si habrá vivido encerrado en una cueva (más bien en una caverna de Platón, diríamos) porque es imposible que una persona que ha dedicado su vida al periodismo sea totalmente ajena al verdadero engranaje y sistema que mueven la profesión. Ni siquiera hace falta estar dentro para sospecharlo: hace mucho que se viene destilando de las noticias y artículos. No solo de su tratamiento, sino también desde el primer momento en que se elige contar unas y no otras, cuando ya no directamente se manipulan para intentar favorecer o perjudicar determinados intereses.
En El Director encontramos esa ingenuidad y una típica equidistancia de alguien que, a pesar de ello, se esfuerza genuinamente, o eso asegura él, en actuar con rigurosidad y velar por la veracidad de las informaciones publicadas durante su mandato. El problema es que no le dejan.
Así, en un libro muy del gusto de los amantes del ‘salseo’, David sustituye los nombres de quienes le rodean en El Mundo por unos cuantos apodos: El Cardenal (quien parece su mayor obstáculo y gobierna en la sombra), La Digna, El Dos, Sillicon Valley, Woodward, La Favorita, El Señorito o Starsky y Hutch. Algún internauta ya les ha puesto cara a todos. Y no hay más que ver la deriva de alguno de ellos, incluso de la que se supone que representaba los ideales más a la izquierda de toda la plantilla (spoiler: no es de izquierdas), la misma que presentó a Jiménez como “el Adolfo Suárez del periodismo”.
Que, a día de hoy, sigamos creyendo que Adolfo Suárez era de centro, o que los medios de comunicación patrocinados por bancos y similares son sinónimo de contrapoder, es algo tan ingenuo como que El Director creyera que iban a permitirle publicar en El Mundo aquello que sus patrocinadores no quieren ver publicado. Como el viejo dicho, tanto ese diario como cualquier otro medio mainstream no hacen otra cosa que relaciones públicas, y en Jiménez vieron el títere perfecto que además les daría un plus de prestigio por provenir de una rama del periodismo muy respetada. Pero les salió rana.

El autor se queja sobre Los Acuerdos, mientras insiste en calificar a El Mundo como un “periódico combativo”. Y es esta contradicción, mientras se van descubriendo todas las intromisiones de los poderes político y empresarial, lo que nos hace indignarnos con una profesión que está secuestrada por los mismos de siempre. El capítulo Cosa Nostra cuenta cómo un gran banco le regaló un televisor a cada periodista que asistió a la rueda de prensa de sus resultados anuales. O cómo Iberdrola fletó un avión para que Carlos Herrera y otros colegas viajaran a la Eurocopa.
Escándalos de los que nadie habla y que se entierran en la nueva sociedad de la sobreinformación. Precisamente fue la irrupción arrasadora de Internet, a la que los ejecutivos de El Mundo se negaban a adaptarse, por más que El Director lo pidiera, la que comenzó a machacar el diario. De ahí se pasó a un ERE que se cebó con la redacción y que dejó intocables a los directivos de La Segunda que, como observaba Jiménez, aportaban poco trabajo al tiempo que no estaban dispuestos a renunciar a sus privilegios.
Pero qué se puede esperar de El Mundo. Alguna hemos pasado por Pradillo (ubicación anterior a su mudanza a San Luis) en el papel de Becaria Precaria y sabemos de qué pie cojean. Nada nuevo bajo el sol. Eso sí, el libro, un imprescindible si tus películas favoritas de los 80 incluyen Todos los hombres del presidente y Network. Empatizarás con el ingenuo pero aguerrido protagonista, y cerrarás las páginas finales con más ganas todavía de apoyar a los pequeños proyectos que no le deben nada a nadie más que a sus Aliadas.
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