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El modelo económico estadounidense está construido sobre los hombros de quienes cruzan la frontera en busca de mejores oportunidades.
«Los mexicanos sostienen la economía de EE.UU.». La reciente afirmación de Claudia Sheinbaum, presidenta de México, no solo es un reconocimiento a la comunidad migrante mexicana, sino una verdad que muchos en Washington prefieren pasar por alto: sin las y los mexicanos, la economía de Estados Unidos sería insostenible. Desde los campos agrícolas hasta los sectores de servicios y construcción, el trabajo de millones de migrantes sostiene un sistema económico que se beneficia de su labor mientras los condena al desprecio político y social.
Las deportaciones masivas que ha iniciado la administración Trump son una medida populista que, lejos de solucionar problemas estructurales, los agrava. ¿Quién recolectará los alimentos que llenan las mesas estadounidenses? ¿Quién construirá las infraestructuras de sus ciudades? Según datos del Pew Research Center, los mexicanos representan el 25% de la población migrante en Estados Unidos, y en sectores como la agricultura, esta cifra asciende al 68%.
Sheinbaum defendió a la comunidad migrante, señalando que «EE.UU. no sería lo que es sin un pueblo trabajador que se va allá a ayudar». Estas palabras reflejan una realidad innegable: el modelo económico estadounidense está construido sobre los hombros de quienes cruzan la frontera en busca de mejores oportunidades.
RELACIONES BILATERALES: ENTRE LA SOBERANÍA Y LA PRAGMÁTICA
Sheinbaum también subrayó la necesidad de mantener el diálogo con Washington, incluso en medio de tensiones por las políticas migratorias de Trump. «Estamos obligados por nuestros pueblos a tener buena relación con Estados Unidos», señaló, mostrando una postura pragmática ante el desafío diplomático.
Sin embargo, ¿hasta qué punto México debe ceder ante un vecino que sistemáticamente viola los derechos de las y los migrantes? Desde la renegociación del TLCAN hasta el uso de México como «muro» para contener la migración centroamericana, el Gobierno de Trump ha demostrado su disposición a imponer su agenda sin contemplaciones.
El reciente episodio del supuesto rechazo de un avión militar estadounidense con migrantes deportados ilustra la complejidad de esta relación. Mientras Estados Unidos presiona con deportaciones masivas, Sheinbaum prometió recibir a las y los migrantes «con brazos abiertos». Pero, ¿es suficiente el discurso de solidaridad ante un sistema que los expulsa y deshumaniza?
UNA ECONOMÍA CONSTRUIDA SOBRE LA EXPLOTACIÓN
El discurso de Trump pretende ocultar lo obvio: las y los migrantes no son una carga, sino un motor esencial de la economía estadounidense. Mientras se les criminaliza, las grandes corporaciones que se benefician de su trabajo permanecen intocables. Empresas agrícolas, cadenas de restaurantes y constructoras llevan décadas llenando sus arcas gracias a la mano de obra migrante, que soporta largas jornadas por salarios irrisorios y sin derechos laborales plenos.
La retórica antiinmigrante no solo es moralmente reprochable, sino que también es un acto de hipocresía política. Estudios del Migration Policy Institute muestran que las y los migrantes aportan más de 470.000 millones de dólares al PIB de EE.UU. anualmente. El mismo sistema que los necesita para prosperar los demoniza para ganar votos.
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